jueves, 11 de septiembre de 2014

Tryst

Titánica lid, subyugante. Contrito, enarbola su arma, la punta esmeralda al cenit. Inerme, anegada en lágrimas de sangre, aguarda su fin. Absortas las legiones, pactan tregua efímera. Mutismo absoluto. La hoja riela fatal sobre su enemiga. De súbito, ella profiere sollozando: “¡Hazlo ya!... Fui tuya… ya nada importa”. La réplica desgarra los corazones mortales: “¡No!”, espléndido, herético proclama, “¡Nunca lo haré! Así caído te amaré aunque el Infierno y el Empíreo extingan nuestro idilio… nuestras alas…”. Revelación Ahé.


MiA Y. Rziel

miércoles, 10 de septiembre de 2014

San Fermín

Más de seis meses tengo hecha reserva para el chupinazo del viernes seis, hasta el lunes nueve ¡Buen puente! Iré a ver a San Fermín. De este año no ha pasado. Soy estudiante…  y   ahorrador, un héroe vamos,  para estas fiestas que según profetizaron los mayas  pueden ser las últimas. Desde cientos de kilómetros de  distancia, seré  un meteorito más volando hacia Pamplona el próximo fin de semana.
Tengo aprendido el recorrido de Santo Domingo y la Estafeta por dos compañeros  de carrera. Me explico; de carrera de Derecho. Hermanos de los carniceros de la plaza; los “del delantal blanco”. Y ya me veo con mi camiseta de Kukuxumusu. Faltan seis días  pero no vivo. -Kiliki- Cara Vinagre, preside mi habitación. He conseguido su poster; el  ganador de este San Fermín. El muñeco se ve muy vasco… aunque su autor, sé que es muy manchego como yo. Desde su sonrisa de papel  me recuerda constantemente la cita, pero a mí no se me olvida.
Lo tengo todo en la cabeza. Me volveré  salvaje; sin tomar hierbas.   Reventaré, si es preciso. Iré a la precesión. A alguna “corrida”. Escucharé música, Riau, Riau. Conoceré comparsas. Ya soy de una  peña. Beberé Patxaran. Protagonizaré alguna foto erótica; para el concurso del año que viene,  ¡si vivimos!… Seguiré usos costumbres y horarios locales. Claro, todo esto  lo pienso hacer de viernes a lunes ¡Espero!  He pensado que… si me compro el kit de primeros auxilios, y hago buenos quites  en los encierros ¡Cómo no me va a echar un capotico San Fermín…!


Cala

Miedo, parálisis, rebeldía y victoria

Enredado me encuentro, perdido sin remedio en la tela de araña en la cual estoy, inmóvil para no delatarme, perdiendo fuerzas por el tiempo de inmovilidad, asustado pero no resignado. Pero yo no me suicidio, en la próxima ronda de la araña le salto a la prosoma y le clavo uno de sus propios colmillos que me había dejado para hacerle el trabajo sucio y morirá víctima de su propio veneno, después de desmembrarla y liberar a otras víctimas nos daremos un festín para reposar luego y a la mañana siguiente cazaremos a sus crías.
Finalmente las hormiguitas seremos libres.


El Coronel

martes, 9 de septiembre de 2014

La cama

Desde que me divorcié, mi cama se había vuelto más cómoda sin tropezarme con ninguna pierna o con algún codo que se introdujese en mi ojo. Pero hoy he dormido fatal. Un muelle del colchón se ha rebelado contra mi espalda. En cuanto el reloj marca las diez horas, decido perder el tiempo paseando por las calles de la ciudad. Necesito estirarme para que el esqueleto y los músculos vuelvan a su sitio.
En el escaparate de una tienda de muebles observo las últimas novedades. Las camas parecen confortables. Los precios asequibles, buenos detalles, buenos acabados, incluso se integra el conjunto con una mujer de carne y hueso bajo la colcha.
Leo el eslogan: "Ponga una cama con mujer en su vida y sea feliz. Dos por uno."
Traspaso la puerta hipnotizado por la oferta a pesar de mi reciente divorcio. Enseguida doy marcha atrás, por ningún lado aprecio entre las características que anuncian, el hecho de que las camas no sean carnívoras.


Eugenio Barragán Fuentes

lunes, 8 de septiembre de 2014

Si gano yo pago las primeras 7


Tenía demasiadas deudas, agobiado.  El día que este  infortunado dio con el billete ganador de la lotería, fue el mismo en el que un meteoro, a pesar de las peripecias de las naciones y de Bruce Willis, impactó la tierra destruyéndola suave y terriblemente.


Hualpen Suárez

La Mujer Pez

Juana tiene cada vez más cara de pez, no se explica por qué ni desde cuando, su piel ha comenzado a cubrirse de unos pequeños, casi imperceptibles relieves con reflejos plateados, son los reflejos de la realidad.
Lo mismo ocurre con  su andar cada vez más…marino. Le cuesta calzarse, atravesar la acera, subir a un autobús, ni que hablar a la hora de vestirse, la ropa le queda rara, no es que le sea grande ni pequeña, es como si no encajara en ella, por eso solo le apetece sumergirse desnuda, en la bañera de su casa. Al principio frecuentaba la piscina, pero luego empezó a notar esos bordes relevantes, ese aullido sordo deteniéndose en mueca en su boca al zambullirse y un extraño y dislocado movimiento de su espina  y dejó de acudir, por no llamar la atención.
Así las cosas, cada vez sale menos, sólo lo imprescindible para aprovisionarse o comprar el periódico  los viernes y domingos, más que nada  por las películas que traen en promoción.
Por otro lado está ese despertar húmedo, inundado, como recién  desembarcado de una chalupa vulnerada y frágil. Al principio creyó que era el sudor  de los eternos sofocos que la mojaban de pies a cabeza por las noches desde que la naturaleza y el amor le indicaron que podía jubilar parte de sus encantos. Es lo que tiene la edad, de pronto irrumpe ese ardor por cada poro, sin aviso ni permiso, pero no parece que sea eso.
Otra cosa es la sed, un ansia de beber y beber, sobre todo por los ojos, eso también es curioso: Juana tiene sed por los ojos, y es en ellos, alrededor de cada uno de ellos que esta mañana descubrió las primeras y plateadas escamillas, nueve en total contando la más incipiente, rodeando cada uno de sus desecados y entristecidos ojos. Juana no sabe que le pasa, se duerme sola y sola se despierta, empapada, flotando y cada vez más plateada.
Alguna noche sin embargo, de ningún modo todas, el enigma se descubre por un pálido y soñado momento: Juana llora y llora, copiosa, abundante, caudalosamente mientras duerme y nada sin cesar en sus lágrimas saladas.
Por suerte vive cerca del mar, aunque prefiere los ríos plateados de lágrimas dulces.


Ana María Vittone Chala

viernes, 5 de septiembre de 2014

La partida infinita

El crupier repartió las cartas, y el jugador del traje oscuro, la camisa abierta y arrugada, el pelo despeinado y la barba sin afeitar sintió cómo un furor cocainómano le ardía las entrañas. No recordaba otra cosa que haber jugado toda su vida (toda su vida abriéndose paso entre rivales a puñetazos y mordiscos sin tregua), preparándose para ese momento; y sabía muy bien lo que se jugaba. Ahora que había llegado al campo de sangre de la última mesa, y definitivamente, al mano a mano final, estaba a un último paso de ser coronado campeón... o de hundirse avergonzado entre la nada. Era el sentido de toda su vida, lo que se jugaba.
Las fichas comenzaron a volar de mano en mano, totalmente desinteresadas a pesar de que, alzando torres que constituían castillos donde refugiarse del agotamiento, eran su única arma; la única para acabar lo que algún día había comenzado. Cuando el juego empezó a ser más agresivo, su volar se hizo pesado, y los castillos se hincharon y deshincharon durante horas como pulmones en asfixia. El jugador empezó a sentir más fuerte que nunca su hambruna histórica, su sed desértica, su sueño de insomnio que se había convertido en compañero inseparable. ¡Pero faltaba tan poco! ¡Ya casi ganaba!, ¡ya casi! Y de nuevo cada vez, un golpe de mala suerte acababa arrojándolo a la gravilla del tajo del abismo. A él o a su rival. Y en esto los marcadores, enemistados a muerte, se devoraban siempre para ser devorados, y se separaban e igualaban siempre.
Con el tiempo, el peso de la arcilla de las fichas al arrojarlas acabó por entumecer los músculos del jugador; los bordes de plástico de las cartas, al gastarse, cortaron pequeñas heridas en sus manos. El hambre se comió su carne, la sed chupó su piel. Finalmente, bajo el peso del sueño atroz, el jugador llegó a olvidarse de qué era lo que tenía en juego, de por qué estaba jugando; sus movimientos dejaron entonces de ser fruto del cálculo para pasar inevitablemente a puro fruto de la intuición, y de ahí primero al azar y por último al movimiento mecánico. Hasta que los cuerpos humanos de los dos últimos jugadores (el jugador del traje oscuro, la camisa abierta y arrugada, el pelo despeinado y la barba sin afeitar y el jugador del traje oscuro, la camisa abierta y arrugada, el pelo despeinado y la barba sin afeitar), chupados hasta los huesos, no pudieron seguir aguantando, y desfallecieron y murieron, y sus cabezas cayeron sobre el tapete, y sus castillos de fichas.
El crupier recogió entonces las cartas y ordenó las fichas.


Raül Martínez
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