domingo, 27 de septiembre de 2020

UN PASEO POR LA MANCHA 2/3

 
     Tras terminar en las Lagunas de Ruidera, seguimos nuestro manchego paseo, pero cambiando de tercio para desplazarnos al cercano pueblo monumental de Villanueva de los Infantes, considerada por algunos historiadores como "el lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme". En la zona céntrica hay infinidad de palacetes y casas señoriales, como en las calles de Santo Tomás y la de Cervantes, y bonitas plazas como la de San Juan, la de la Santísima Trinidad o la de la Fuente Vieja, cada una con su respectiva iglesia.

       Pero lo que más queda en la memoria del visitante es su impresionante, bella y monumental Plaza Mayor, cuyos edificios que la conforman están construidos con buena sillería de piedra rojiza. En el centro de la plaza destaca un conjunto escultórico a escala natural formado por las figuras de Don Quijote con su caballo Rocinante y Sancho Panza con su asno Rucio. En un lado de la plaza está el larguísimo ayuntamiento, formado en su planta baja por soportales con arcos de medio punto; la primera altura por una hilera de ventanales coronados por sendos frontones, excepto los cuatro centrales que llevan arcos de medio punto; y la segunda por otra hilera de ventanales sin remate, formando todo ello un excelente edificio de dimensiones y características muy parecidas al de enfrente.

      El tercer lado lo forman otras dos casonas separadas por una calle, en las que resaltan sus excelentes balconadas corridas de madera, especialmente las de la planta alta, soportadas por muchas ménsulas, con buena balaustrada y columnas que sujetan su voladizo cubierto de teja.

      El último lado lo ocupa la enorme iglesia parroquial de San Andrés, con alta torre de planta cuadrada, bonita portada protegida por un gran arco de medio punto, torre-reloj con campana y capilla cubierta por un chapitel, además de tener adosado un pequeño palacete coronado por un gran frontispicio. En el interior estuvo enterrado Francisco de Quevedo, que murió en esta localidad, y destacan varias capillas, entre ellas la dedicada a Santo Tomás de Villanueva, hijo del pueblo, además de sus bóvedas de crucería con profusión de nervios que se entrelazan.

      Tras las Lagunas de Ruidera y Villanueva de los Infantes, camino de nuestra siguiente visita, pasamos por Valdepeñas donde, además de degustar alguno de sus afamados vinos, podemos ver su bonita Plaza de España, con el ayuntamiento, sus viviendas pintadas de color blanco y añil, la iglesia de la Asunción, de hermosa portada y torre de planta octogonal, y su fuente ornamental en el centro coronada por una prensa de vino de la que emana el agua, en un guiño a la tradición enóloga de la ciudad.

      Cerca de la localidad de Calzada de Calatrava, pueblo natal de Pedro Almodóvar, se encuentra el Castillo de Calatrava la Nueva, situado en una alta montaña a donde se puede subir en coche por un irregular camino empedrado que nos deja en el parkin de la puerta. Estamos ante una grandísima fortaleza que fue sede de la importante Orden de Calatrava, formada por monjes guerreros que luchaban en el medievo contra la invasión islámica, ubicándose aquí una vez que la reconquista había dejado los dominios moros aproximadamante en los límites de lo que hoy es Andalucía. El castillo está protegido con cuatro murallas, dentro de cada una de las cuales se situaba la población en función de su status social.

 
     Por una pequeña puerta ojival entramos en el primer recinto, el más amplio, ocupado por la plebe, compuesta mayoritariamente por campesinos, y donde quedan restos del poblado que habitaban. Subiendo por unas escaleras accedemos por una puerta de arco rebajado a las caballerizas, por cuyo lado opuesto salimos al segundo recinto, también llamado Calle de los Artesanos, debido a que aquí estaban instalados los que se dedicaban a diversos oficios muy necesarios en la época, como molineros, panaderos, alfareros, guarnicioneros, etc. Veremos restos de un molino de pan y de un horno de cerámica.

      Por unas escaleras y otra puerta ojival, subimos a más altura para acceder al tercer recinto, ocupado por el clero, donde se encuentra la Basílica, con su grandioso rosetón lobulado y su interior mezcla de varios estilos, un pequeño cementerio, el convento, que solo conserva restos del claustro y del edificio monacal, y la sala capitular con algunas pinturas murales.

       Por una puerta, en esta ocasión con arco de medio punto, entramos en el último recinto, que es el propio castillo en sí, donde estaban los monjes calatravos que lo defendían. Aquí nos encontraremos primero con un pequeño patio de armas en parte cubierto por un soportal con arcos apuntados, junto a los cuales una escalera en caracol nos sube hasta una sala que fue biblioteca y que tiene salida a la parte más alta del castillo, un amplio terrazo que rodea la Torre del Homenaje, hoy desmochada. Las vistas que tenemos son inmensas, contemplando prácticamente todo el sur de la provincia de Ciudad Real, incluyendo la Sierra Morena, divisoria entre Castilla y Andalucía, y si estas panorámicas las vemos en primavera, cuando los campos están verdes, pues mucho mejor. 












     SALUDOS

EL RURAL

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domingo, 20 de septiembre de 2020

UN PASEO POR LA MANCHA 1/3

     Entre las numerosísimas rutas que podemos hacer por la enorme tierra manchega, nos vamos a centrar en esta ocasión en dar un paseo por la provincia de Ciudad Real visitando cuatro enclaves de gran importancia, dentro de los muchos que nos ofrece la misma, y que están más o menos próximos entre sí siguiendo el orden que vamos a describir. Se trata de visitar dos espacios naturales como son las Lagunas de Ruidera (parte de éstas pertenecen a la provincia de Albacete) y las Tablas de Daimiel, un magnífico castillo como es el de Calatrava la Nueva, y el pueblo monumental de Villanueva de los Infantes, además de alguna otra sorpresa que nos encontraremos por el camino.
     
Nos situamos en la localidad de Argamasilla de Alba, donde cogemos la carretera que nos indica hacia las Lagunas de Ruidera. Antes de llegar a ellas, hacemos una primera parada en el Castillo de Peñarroya, situado en la orilla del embalse del mismo nombre, junto a la presa que retiene las aguas del río Guadiana tras el complejo lacustre de Ruidera.

     Estamos ante un edificio de piedra clara, con muros de escasa altura, al igual que la Torre del Homenaje, pero bien arreglado, con almenas y un adarve que se puede recorrer en parte. El interior acoge la ermita de Nuestra Señora de Peñarroya, de la que también hay otra imagen en una pequeña capilla situada en la parte baja del patio de armas. Desde aquí, y desde lo alto de la muralla, tenemos magníficas vistas del pantano y de todo el entorno.

     Siguiendo la carretera hacia Ruidera, y antes de llegar a avistar la localidad del mismo nombre, nos encontramos con las primeras lagunas: la del Cenagal, de la Coladilla y la de Cueva Morenilla. Son solo 3 de las 15 que conforman el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, para cuya visita podemos documentarnos en el Centro de Información situado en el pueblo, teniendo éste una abundante oferta hostelera, dada la gran afluencia turística de la zona.
  
    Son muchos kilómetros de lagunas consecutivas y escalonadas que ya de por sí son un espectáculo natural, y más en primavera o en época de lluvias cuando cada una desborda sobre la siguiente formando infinidad de cascadas, siendo su hilo conductor el Guadiana, cuyo nacimiento se podría considerar que está en el acuífero que hay debajo de la laguna Blanca, que es la situada a mayor altura. Se pueden hacer variadas rutas de senderismo y de bicicleta que recorren sus orillas, y también una carretera bordea por la margen derecha casi todas ellas, a lo largo de la cual iremos encontrando distintas zonas habilitadas para aparcamiento junto a aquellas que tienen zonas de baño, chiringuitos, merenderos o miradores.

       Cerca del Centro de Información, cruzando el puente sobre el Guadiana, sale un camino que en unos pocos centenares de metros nos lleva a la Cascada del Hundimiento, un precioso salto de agua de unos 15 metros, cuyo abundante caudal le dota de gran espectacularidad.

      A este lado del río también tiene su inicio una de las rutas de senderismo recomendadas en el Centro de Información: la "Senda del Margen Izquierdo", lineal de 3 kmts. (6 ida y vuelta) que discurre por un cómodo camino totalmente llano, que bordea las lagunas del Rey y la Colgada, y que nos permitirá descubrir el considerable tamaño que tienen, como la mayoría de las demás, y su entorno de monte bajo con bosque de encina o de pino.

      De vuelta al pueblo es imprescindible subir, andando o en coche, al Mirador del Rey, que nos ofrece unas hermosas vistas de las lagunas cercanas y sus alrededores.
 
     Ahora vamos a recorrer en vehículo la kilométrica carretera que recorre el complejo lacustre por su margen derecha. Unos pocos kilómetros después de salir del pueblo llegamos al área recreativa del Mirador de las Cascadas del Lago Batanas, situado sobre el salto de agua que se produce entre las lagunas Santos Morcillo y Batanas. Aquí encontramos también bonitas playas sombreadas por pinos y árboles de ribera y un chiringuito, además de algunas pequeñas cascadas más de desborde entre la laguna Salvadora y Santos Morcillo.

      Siguiendo la carretera, a poco más de un kilómetro, podemos parar de nuevo en el mirador sobre la laguna de la Lengua, donde observaremos con claridad lo que es una barrera tobácea, que son las que se forman por acumulación de sedimentos formando diques entre unas lagunas y otras, y por cuyos huecos, o bien por desborde, el agua pasa de unas a otras formando las cascadas.

     Continuamos en coche, sobrepasamos la larguísima laguna de la Lengua y la pequeña Redondilla, tras la que la carretera pasa a la margen izquierda, bordea parte de la de San Pedro y la Tinaja y, siguiendo los indicadores de rutas, llegaremos hasta el parkin del restaurante Montesol, donde tiene su inicio la "Senda del Pie de Enmedio". Aquí estamos junto a la laguna Tomilla, que tiene una piscina natural muy bien arreglada.

      La ruta es circular de 6 kmts., y empieza recorriendo el tramo del río que hay entre la Tomilla y la Tinaja, una zona llena de rápidos, cascadas y charcas con sus aguas color turquesa. El camino bordea después la Tinaja y llega a la San Pedro, donde se convierte en una senda que va por su alargada orilla hasta llegar a un antiguo molino, desde donde podemos seguir las indicaciones de la ruta, o bien desviarnos un poco para visitar dos interesantes lugares también indicados en el folleto de rutas de senderismo del Centro de Información y que, por tanto, están bien señalizadas.

      Tras el molino está la ermita de San Pedro de Verona, y de aquí parte una senda en cuesta que en un kilómetro nos deja en la Cueva de Montesinos, famosa porque en El Quijote Cervantes nos describe como el Hidalgo Caballero tiene que luchar dentro de ella contra las "aves nocturnas" que la habitan. Y es que en la cueva realmente viven infinidad de murciélagos de distintas clases, los cuales podemos observar ya que la misma está abierta a visitas, para lo cual debemos informarnos de los días y horas de apertura.

      De vuelta a la ermita de San Pedro, seguimos ahora andando por la carretera de Ossa de Montiel (de poco tráfico y por la que también se accede a la Cueva de Montesinos), desviándonos poco después por un camino de tierra para llegar al Castillo de Rochafrida (1,5 kmts. desde la ermita), también nombrado en El Quijote y escenario de diversos romances medievales. Cierto es que se encuentra en ruina, pero bien merece una visita por su ubicación en lo alto de una muela, donde tenemos excelentes vistas del valle del Arroyo Alarconcillo, que más abajo forma la laguna de San Pedro. Una senda recorre todo el perímetro del castillo, discurriendo por su frondoso entorno y pudiéndose observar cómo la roca hace de defensa natural del mismo.

      Tras regresar al molino por el mismo camino, retomamos la ruta de la "Senda del Pie de Enmedio", y siguiendo las indicaciones nos toca subir el monte que separa la laguna de San Pedro de la Conceja, la cual avistaremos al coronar el alto, descubriendo sus grandes dimensiones. La senda desciende hasta llegar a sus orillas, donde tomamos el camino que la bordea y que nos devuelve de nuevo al parkin que está junto a la Tomilla, donde habíamos empezado.

      Aún queda una laguna más: la Blanca. Está varios kilómetros más arriba de la Conceja y la carretera no llega hasta allí, pero sí lo hace una pista forestal por la que se puede ir andando o en bicicleta haciendo otra de las rutas recomendadas. Eso sí, conviene decir que esta laguna es muy estacional, por lo que, en función de las lluvias, podemos encontrarla seca en muchos períodos de tiempo a lo largo del año.




     SALUDOS

EL RURAL

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viernes, 18 de septiembre de 2020

Metamorfosis

 


Le pedí al dios que fuere, una y otra vez, que me devolviese el contrato de alquiler de mi caldera en el infierno, aún perdiendo la fianza, para volver a jugar con mis ángeles ataviados de diablos.

Le pedí un descontrol agitado, no batido, con una aceituna ensartada en un palillo. Le pedí las noches que se llevó a hurtadillas, con sus decorados de calles de Madrid y sus bandas sonoras de taxista flamenquito y devoto de nuestra señora de radiolé.

Le pedí cervezas que sudan en su piel de cristal gotas frías, esas que empiezan a caer con pereza y aceleran al llegar al pie de la copa, y jotabés con cocacola con mucho hielo, servidos en esas lentes de aumento con la graduación para miopes de corazón que sólo los vasos de tubo esconden en el fondo.

Le pedí bailar "If you leave now", y "Moonshadow", y "Stay". Le pedí penumbras de soportales y farolas fundidas a la puerta del portal. Le pedí mi antigua hambre de risas y la carta de bromas que mis amigos me presentaban cada vez que pasábamos por las inmediaciones de un bar abierto.

Le pedí mi pasado, en una palabra.

Pero ese dios que fuere ha dado positivo en los test. Y todo lo que me ha mandado es un instante de tormenta y un imsomnio vacío de sueños y plagado de pesadillas sobre imbéciles que quieren cambiar el mundo y a los que el mundo les cambia con treinta monedas de plata, sobre pérfidos y mezquinos ególatras adoradores del poder y sobre la ceremonia de la estupidez convertida en rito sagrado. Pandemia rima con anemia. En consonante. Sólo hay excedente de carencias.

Estos tiempos me han metamorfoseado de ciego murciélago, buscador de vida en las oscuridades, en rata despeinada que se asoma al borde de los desagües a plena luz del día, buscando migajas de mohosas pasiones.

Puto virus. Puto tiempo.

domingo, 16 de agosto de 2020

Reencuentro

 Bañarse desnudo en el río de los sentimientos. Nada más rebasar el umbral. Menos mal que te toman la temperatura antes...

Eva. Y Adán. Hijos de Durero. Ahijados de mis damas. Separados y anhelándose. Me dan el alto. En el registro me hurgan los recovecos del alma y me sacan recuerdos de bellezas, de risas, de una hija a la altura de su madre y de personas puras, purísimas, transparentes, que dan abrazos y susurran "no me olvides", y te condenan a no olvidar nunca. Una pureza escondida en la Anunciación, que Fra Angélico parecía conocer mi historia y mi itinerario.

El viejo flamenco espera con su triunfo de la muerte, un poco más allá. A falta del jardín de Hieronymus, ese Los Ángeles del siglo XVI sin música de Coltrane, el mayor de los Brueghel me agita los más oscuros rincones de lo más oscuro de mi cerebro con ese caos apocalíptico del final de los tiempos en tiempo presente, en riguroso directo. Me mareo. Y no es la mascarilla.

Los cuerpos de Rubens. La plegaria a la voluptuosidad rotunda. Para que me descuide. Porque Rubens me espera con Goya y le dan de comer, casi hombro con hombro, hijos a Saturno, como si la digestión del goce no pudiera ser otra que la crueldad más infinita. 

Ya voy como un boxeador aturdido por los golpes. Y llega el gancho que me manda a la lona. Diego. Como mi hijo. Rindiendo Breda, pintándose en un espejo o con un Baco rodeado de mis retratos. Porque Velázquez es sinónimo de mi tío Santiago. Su pintor favorito. Ese repertorio de sutiles descripciones y de anécdotas sobre cada cuadro, esas conclusiones sobre lo visto, lo entrevisto, lo soñado. Ese "Luisito", antes de cada pregunta y esa forma de enseñar a mirar lo que no se ve mientras se mira. Entre las gafas y el cubrebocas no creo que se notasen mucho las lágrimas. Tampoco me importa. Porque el bufón el Primo me busca los ojos. Y siento que está vivo. He revivido a alguien querido por un instante, pero el enano no deja de anotarme, desde el negro carbón de sus pupilas, que a él Don Diego le regaló la vida eterna con un pincel. 

Ya viajo por las salas como un fantasma. Hacia volátiles puntos de fuga, los púrpuras, los turquesas, los ocres, los grises que estallan en verdes, los negros, siempre los negros, mates y brillos y ni mates ni brillos. Se me ocurre que Mondrian era el Greco con las retinas cuadradas.

Y llega el sordo. Como mi padre. Ser sordo debe servir para taladrar las profundidades del espíritu y encontrar en lo inexplorado la esencia de lo humano. Los dos, testigos de atrocidades de mamelucos, de ejecuciones en Madrid, de bailes castizos y majas vestidas que se quedan desnudas. Los dos doloridos por las heridas de las furias y enredados en sus silencios. Los dos siempre sumidos en el fragor de sociedades que contemplaron como una película muda, sin pianista que acompañase los fotogramas. Los dos, por delante de su tiempo, uno pintando perros impresionistas y pinturas negras y el otro coloreando lo anodino con su entereza y su risa sincopada. Antes "Luisito" y ahora "Luis, hijo". 

A llorar otra vez. Huyendo de las salas de mi pasado, me encuentro cara a cara con  el pintor Martin Ryckaert pensando que es un espejo. 

Salgo y me siento en la verja del Botánico. Puta vida. Bendita vida. Reencontrarse es fascinante. También por lo que duele.




viernes, 14 de agosto de 2020

Derrota

 

En un bar de copas de barrio, en la periferia de Madrid, a las tantas de la noche, todo es mentira. Como en todas partes, por otra parte. Las historias de los clientes, las sonrisas de las camareras, los ensayados rictus torvos de los solitarios, hasta las canciones de los ochenta que unos bafles mugrientos escupen con carraspera. Todo son pálidas siluetas de los destellos de un tiempo tan muerto como los sueños de la clientela.

 

Un viejo medio desdentado es el tenor de la ópera de los perdidos y el coro de los perdedores le arropa. Las máscaras de los actores están hechas de arrugas, la amistad es impostura y el amor, desesperación. Cada uno mira de reojo el temporizador que recorre la cuenta atrás para el juicio final, sabiendo que puede cortar el cable rojo o el azul, o los dos, sin que la secuencia alocada de números decrecientes se detenga nunca. 

 

Hay más viejos que jóvenes, pero los jóvenes son casi más viejos que los viejos. Los desafíos, las complicidades y los deseos que aparentan viajar en las miradas son un puro paripé. Es de esos lugares donde lo que da miedo no es la muerte, sino la vida.

 

Hay discursos de política, opiniones deportivas, biografías en primera persona,  diccionarios médicos de enfermedades propias y ajenas, aunque todo suena igual, como si el parloteo fuese la base rítmica de la banda sonora de la sinfonía de los abandonados. Hasta el último fanfarrón ebrio que quedaba proclamando que reconquistaría a una mujer, que ganaría de nuevo un combate de boxeo o que tenía un soplo sobre las apuestas que le haría rico guardaba silencio, mirando un cubo de hielo que se deshacía en su vaso como la esperanza en su corazón.

 

Las luces se ven cansadas. Las cicatrices de los parroquianos parecen el reflejo de los descosidos de la tapicería de los asientos, y unas y otros tienen un color indefinido, pero siempre sucio.

 

Le pido otra copa a una camarera que es la viva imagen de la derrota. Hasta que veo mi cara en el espejo.

lunes, 10 de agosto de 2020

Calor, ruido y desesperanza

 El calor, el ruido y la desesperanza. Un buen cóctel. Ventanas abiertas en las noches, que no servían para mitigar el sofoco, pero que invitaban al escándalo a una fiesta hasta el alba. Los gritos de las manadas de adolescentes, la insoportable música ratonera de los altavoces de un coche, las discusiones familiares con improperios a gritos, un ciclomotor sin silencioso en tubo de escape, esa vecina que golpea el suelo rítmicamente con un objeto indeterminado, un perro que ladra sin motivo...y treinta grados en el salón de su casa, donde era imposible seguir el diálogo de una película. Una botella de whisky casi vacía en una existencia casi vacía.


Así noche tras noche. Y en la pantalla del televisor la presentadora del noticiario augurando otra ola de calor. Otra más.


En la duermevela bañada en sudor se le aparecían ensueños de unos pasados entre frescos pinares, cazando al rececho corzos o jabalíes, con su perro, y con el canto de los pájaros y el del viento convertido en arco haciendo vibrar las hojas de los árboles como diminutos violines.


Sueños rotos. Los que se sueñan despierto, por la vida. Los que se sueñan dormidos, por el paso del camión de la basura o la sensación de ahogo. 


Se quedó traspuesto al amanecer. Le despertaron unos obreros descargando materiales de obra. El despertador marcaba las ocho menos cinco.


Los tres obreros fueron los primeros en caer. Junto a los palés de azulejos. Luego en conductor del autobús que tenía su recorrido por aquella calle estrecha. La dependienta de la tiendecita de alimentación que hablaba a gritos con las vecinas fue la siguiente. Dos jardineros que arrancaron una sopladora, un conductor con la música alta y las ventanillas bajadas y tres jóvenes borrachos que volvían de un after. A los policías les disparó por el estruendo de la sirena del coche patrulla. Y sólo fue abatido cuando ya no le quedaban cartuchos. 


Casi inconsciente, maldecía a los sanitarios que trataban de parar su hemorragia en una ambulancia que atronaba. Llegando al hospital perdió el conocimiento.


Le despertó el persistente pitido agudo de la máquina que controlaba sus constantes vitales. Le volvía loco. Pero estaba esposado a las barras de la cama. 


Empezó a gritar. El policía que custodiaba su habitación abrió la puerta y le dijo que dejase de molestar y se callase. Que no soportaba el ruido. 


Todavía no se explican como consiguió con las manos trabadas por los grilletes, arrancar el trozo de cable del escáner con el que se estranguló.


Murió en silencio.


martes, 21 de julio de 2020

Uno y Trino

Todo es naturalmente artificial. Y dulcemente peligroso. Vivimos a  brincos sin levantar el culo de nuestro sofá. Descendemos y ascendemos. Sin dejar rastros, borrando huellas. Sin ningún interés y permanentemente ansiosos. Celos del viento. Atardeceres perdidos. Sin respeto a las proporciones. Pasados destruidos, tierras saladas para que todo se pudra. Parques temáticos. Hijos de la supervivencia, náufragos en el desierto. Víctimas de las mentiras que nos inventamos, culpables de caminar sin rumbo y sin límites. Sabios de nada. Ignorantes altivos. Conocimientos que son llaves que no encajan en las cerraduras de las nubes. Utopías carroñeras rebañando los huesos de los más sagrados juramentos. Incomunicados, ratas en un laberinto espiral. Vendiendo nuestras herramientas emocionales de segunda mano a precio de saldo por internet. Generaciones que ya nacen enterradas.

No tocarse, no abrazarse, no besarse. Sexo en línea. Perversiones neutras. Apuntillando las últimas creencias, para poder creer lo increíble. Las búsquedas interrumpidas, las sensaciones desterradas, los arcoiris utilizados para lanzar dardos envenenados.

Contratando seguros de vida para tener la tranquilidad de que no puedan hurtarnos nuestras no vidas. Todas las horas son la hora en que todas las visitas son inoportunas.

Pero nada ha de preocuparnos, porque brotan de los bancales gurús de novísimas realidades y adivinos de futuros paradisíacos. Nada nos falta en ese spot comercial de la sociedad venidera. Y el guionista, otro primate antropomorfo, aprovecha las luces destellantes para robarnos los cacahuetes. Pero nos reímos y saludamos al sol y a las estrellas.
El sombrío sigue sentado en la penumbra afilando el cuchillo. Y sonríe esperando su momento. Cuando todas las manadas huyan despavoridas, las presas serán infinitas.
Soñad, soñad, malditos...Más madera!!! Es la guerra!!!

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