viernes, 25 de julio de 2014

Chamartín

Andén 12. Llegadas: Salamanca, 18:15 horas.
Cojo mi maleta y bajo del tren. Delante, una señora cargada de kilos para adentrarse en la vida que detrás de Chamartín le aguarda.
Subo las escaleras mecánicas y se despliega ante mí el caos a hora punta. Decenas de personas transitan de un lado buscando horarios y vías que les acerquen a un momento de felicidad. Paneles informativos, cafés, maletas, máquinas expendedoras, zonas de espera, bocadillos, taxis, despedidas. Reencuentros.
Como un fin de semana más, permanezco unos segundos hasta tener valor para cruzar la entrada y salir a la calle. Se abren las puertas. Salgo. Aún es de día en pleno mes de junio. Y como un fin de semana más me siento a esperar en la terraza de enfrente. Una caña, por favor. Pronto, la misma rutina fuera de la rutina. Reencontrarte con la persona con la que llevas compartiendo media vida. La otra media se pierde en los días de diario. Sabiendo que ni entre semana ni los fines de semana vivo la vida como se merece.
Miro al frente. A través de las puertas automáticas se percibe el interior de la algarabía viajera.
Andén 14. Salidas: Córdoba, 18:35 horas. Y sin querer verle, sin querer buscarle ni querer encontrarle, aparece. Viene corriendo con una mochila, no necesita más equipaje. En menos de dos minutos sale su tren hacia el sur. Donde le espera ella. Hace un mes que le conozco. Trabaja conmigo desde entonces. Fue elegido a través de una entrevista telefónica que le dio acceso a una beca de varios meses. Una persona más en prácticas. Una persona nueva a la que enseñarle las dependencias, la organización del trabajo y su mesa. Pero desde su voz al teléfono hasta la última mirada cruzada desvelan que no. No es uno más.
Esta misma mañana, durante la primera conversación personal que teníamos los dos, coincidíamos que la distancia en medio de dos personas rompe con lo que les une. Ambos viajábamos esta tarde para impedirlo. Y ambos nos cruzamos en Chamartín. Rápidamente se pierde entre las escaleras que secundan al cartel del andén 14. El momento apenas ha durado unos segundos.
Y en ese instante, sé que no servirá de nada ni su viaje ni el mío. Las vías a veces se entrecruzan. Las vidas a veces también. En la siguiente parada, nos aguarda el mismo destino.


Mónica Gómez

jueves, 24 de julio de 2014

Arquitecturas


Cortó la cinta inaugural y el edificio se desplomó sobre ellos.


Diego Martín Píriz González

Me declaro culpable

Esta mañana dejé mi honestidad en un pasillo del supermercado. Como todos los sábados resuelvo la compra semanal a las corridas. Que los yogures, el queso, los jugos en caja. Lleno el carro a los trompicones sin esmeradas lecturas a las etiquetas. Pero mi aspecto maternal (anchas caderas, apurado moño, ropa deslavada) llevó al hombre a tocarme el brazo. Señora, me dijo con esa voz suave del que pide disculpas, ¿Usted sabe que talla sería para ella? Detrás de su dedo  índice la barriga imponente de una niña de unos ocho años llenó el espacio. Lamenté los kilos de pan y papas fritas. Miré el estante, unos simpáticos display con forma de corazón contenían tres calzones de colorido diseño. No le entra ninguno, pensé. Pero mi boca me traicionó. Esa le queda, dije señalando la talla más grande. La niña me agradeció con una sonrisa triunfal, mientras sus dedos regordetes ya hurgaban en la estantería. Empujé mi carro y me compadecí de su cara de decepción cuando abriera el display en su casa. Estaré lejos, me dije con cobardía. Y después me pregunté ¿quien soy yo para aplastarle la ilusión a una niña de ocho años? Me respondí al toque: Seré un buen chivo expiatorio, e imaginé a la gorda mordiendo ansiosa un trozo de pan, y diciendo con la boca llena: "Por culpa de la vieja del supermercado los calzones me quedaron chicos".


Maritza Ramírez Suárez

miércoles, 23 de julio de 2014

Amargo chupetín

Una  tarde de otoño, Mara fue a buscar a su hija de tres años al jardín de infantes. Mara  tenía la costumbre de llevarle siempre algún regalo. Ese día, le había comprado un chupetín multicolor. Entusiasmada, deseando verle la cara de emoción, apuraba su paso  para no dilatar ese momento.  Llegó al jardín,  la pequeña corrió a sus brazos y luego de un abrazo apretado partieron caminando tomadas de la mano. Sara le preguntó ¿Qué me trajiste hoy?, la mamá emocionada sacó de su cartera el chupetín y se lo mostró muy sonriente. Sara  miró la golosina, frunció el ceño  y dijo : “¡yo no quería un chupetín, yo quería un juguete!”, lo tomó en sus manos y lo apoyó en el suelo lanzándole una mirada desafiante. Mara le dijo: -“Bueno, si no querés  este chupetín que yo compré con tanto amor, pensando en vos,  se lo voy a regalar a otra niña que quizás, no tenga una mamá que la quiera tanto como yo te quiero a vos, y se lo voy a regalar”. Sara escuchó las palabras de la mamá y satisfecha por su actitud, retomó el paso. Al llegar a la esquina se encontraron con una nena de aspecto humilde, sentada en un muro.  Mara no lo podía creer,  le sonrió  extendió su mano y le ofreció el chupetín a la niña que encantada recibió y no dejaba de mirar  como el obsequio más preciado.  Fue en  ese momento cuando Sara rompió en desconsolado llanto.  Mara sintió el crujir de su corazón y sospechó que se le había partido en mil pedazos. Continuaron la marcha  caminando madre e hija.  Entre sollozos y lágrimas, Sara  levantó la cabeza y  le preguntó a su  madre: ¿y al chupetín se lo regalaste con amor?, a lo que Mara respondió: - si, con mucho amor. La pequeña no cesó de llorar hasta que llegaron a su hogar y se durmió.  Un sentimiento ambivalente oprimió el pecho de Mara;  prevaleció  el comprender que estaba educando a una niña, que debía aprender a valorar todas las acciones en la vida, desde la más insignificante a la más altruista.
Sara hoy tiene catorce años y aún recuerda  con cierta desazón lo que significó ese chupetín en su vida, el más amargo de su infancia; sintió que con aquella nena desconocida se fue su golosina y una parte del amor de su mamá.


Marcela Langenhin Vaucher

La family

Ellos, mis padres, tuvieron sus momentos. Sé que él la conquistó con poesías escritas a máquina. Ya entrados sus treinta años mi padre se enamoró. Por primera vez. Y única tal vez. Ya había tenido un hijo antes y muchas mujeres a su haber. También viajes y cuanta aventura podía albergar un tipo solitario que vivió solo desde sus dieciséis años. Sé también que mi madre ganó una apuesta a su mejor amiga de aquel entonces. ¡Qué saben de seriedad! Y dado eso, atinó con el amor de su vida. Creo. Ella tenía diecisiete, él más de treinta. Ella vivía con su familia de la cual quería escapar. Él vivía solo y también quería escapar. De él mismo quería escapar.
Asumo que fue su primer hombre. Asumo. Creo. Y luego de sentirse enamorada decidió escapar con él al norte del país. Lejos de su padre, sus hermanas, sus hermanos y su madre. Aun siendo menor de edad –para esta época y para aquella (hoy 18, antes 21 años)- escapó en bus interprovincial a la ciudad limítrofe de Arica. Donde el padre de mi padre, mi abuelo Manuel Jesús, un hilarante y bailarín buscavidas urbano, tenía un local de hierbas y artículos esotéricos. Rubro que, finalmente, se convirtió en el oficio de mi papá y en el sustento de toda mi carrera educativa.
Una vez en la nueva ciudad, mi padre consolaba la soledad de mi madre con helados de crema y chupetes de caramelo. Nadie es feliz de una con un paso del campo frondoso al desierto más seco. Pero ellos se amaban y querían una pieza pequeña para tirar[1]. Entonces quedaron de allegados en casa de la otra familia de mi abuelo Manuel (Don Manuel) y mi padre se hizo cargo del negocio. Así él tuvo mujer, techo y trabajo.
Con el tiempo arrendaron un par de piezas y un baño de madera en un patio dentro de una propiedad más grande cuyo dueño era un tal Sr. Pérez. Vecino Pérez, para ellos y los amigos. Aquel hombre era un pescador retirado que levantaba murallas en construcciones. No tomaba alcohol y hablaba muy poco. Gustaba de los perros y los gatos. Y tenía un lindo jardín bien cuidado. Que con el tiempo sería mi primer cuartel. En ese lugar fui engendrado. Con placer y amor desenfrenados.
Mi madre me contó una vez que a los ochos meses de edad tuve la ocurrencia de esbozar un ruido parecido a “mamá”. Por lo menos ella así lo escuchó. Así quiso escucharlo. Y entonces explotó de alegría con un grito y un salto de emoción. Y salió corriendo en busca de mi padre para contarle lo ocurrido. Acto seguido ellos llegaron a mi lado para oír el vocablo por segunda vez. Pero con los gritos y saltos de mi madre yo quedé choqueado. Y, según ellos, no hablé nunca más en un año. Y tuvieron que esperar para enseñarme hablar.

Solórzano Héctor




[1] Tener relaciones sexuales.

martes, 22 de julio de 2014

Náufrago circular

En 1632 nace Robinson Crusoe, menor de tres hermanos. El joven estudió en el colegio de York y desde infante, se destacó por su astucia, diligencia y sus sueños de aventurero. Hasta que resueltamente, bosquejó una senda como marinero.
Las odiseas y zozobras en ultramar, cierta jornada infranqueable de yerros sempiternos, precipitaron su humanidad a la catástrofe y el naufragio. Así, fue preso de una desolada isla, de selvas laberínticas, artilugios y salvajes. Un navegante forzado a vivir veintiocho años en una patria tropical en las Costas de América, convicto ineludible de las bifurcaciones indignas del porvenir.
Al leer el relato, condenamos al hombre repetir su irremediable destino. Una suerte cíclica y perversa, de tiempo después de tiempos, de paradojas que frecuentan lo irremediable, a través de los dobleces de páginas de aquel turbio manuscrito. Un naufragio eterno, que regresa una y otra vez al pobre errante, ¡oh, desdichado mártir del océano!

Jonás

El obseso sexual

El obseso sexual aguarda su turno en la larga cola del agua, de pagar el agua. Pese a que ha madrugado mucho para acabar cuanto antes esta diligencia, ahí tenemos al obseso sexual, haciendo cola en una oficina azul y blanca, con cara de fastidio, sin desayunar, quince pagadores de agua por delante de él y un cajero lentísimo y con gafas. El obseso sexual tiene los recibos del agua domiciliados por la caja de ahorros, pero este mes ha habido un problema incomprensible y el obseso sexual se ha visto obligado a pagar el recibo directamente en la oficina azul y blanca. El obseso sexual está prejubilado, tiene cuarenta y ocho años y tuvo que prejubilarse hace dos —la salud, ay—, está casado, sin hijos, el obseso sexual no tiene hijos. Tres cuartos de hora después, el obseso sexual por fin paga su recibo. Sin problemas. El problema era de la caja de ahorros, que no está a lo que está. Sale de la oficina del agua, de la oficina de la compañía del agua en la que se pagan los recibos, y se mete en la primera cafetería que encuentra, hambriento, ansioso de café, no ha desayunado, ya se ha dicho. Una vez desayunado, el obseso sexual se da un paseo por el parque, un parque que tiene nombre de mujer antigua, un paseo de media hora, paseando, pasea, el obseso sexual pasea. Ya se solucionó lo del agua, menos mal, qué alivio, sólo hubiera faltado que le cortaran el agua por una tontería. A la hora de comer, el obseso sexual llega a casa y celebra con alborozo las migas que su mujer ha cocinado. ¡Hombre, hombre, migas, migas!, exclama y le da un sonoro beso en la mejilla a su mujer. ¡Migas, migas!, corrobora ella y le devuelve el beso. El obseso sexual y su mujer se comen las migas mientras charlan de lo del recibo del agua, que ya está arreglado, menos mal, y consideran la posibilidad de cambiar de caja de ahorros. Su mujer, la mujer del obseso sexual, se llama Pili.


Jesús Tíscar Jandra
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