miércoles, 16 de abril de 2014

En el callejón

Camino desorientado por las calles de mi ciudad, el reloj de la iglesia dan las tres de la madrugada y un frío intenso cala hasta lo más profundo de mis huesos. Me adentro por un oscuro callejón y algo me deja paralizado, al fondo, entre una ligera neblina puedo vislumbrar una silueta alta que porta una gabardina negra ondeando en el viento, parece mirarme fijamente y un escalofrío recorre mi espina dorsal, cierro los ojos un momento y al abrirlos había desaparecido.
Intento dar un par de pasos pero tropiezo con un trozo de tela oscura que hay en el suelo a pocos metros de mí, la recojo y un terror sin igual se apodera de mi cuerpo al comprobar que lo que parece un retal olvidado es en realidad la gabardina del ser que he visto segundos antes y la dejo caer presa del horror. El reloj de la iglesia da las cinco de la madrugada ¿cómo es posible?, hace tan solo unos minutos eran las tres y entonces sucede algo que casi paraliza mi corazón, justo en mi oído izquierdo suena una voz que se me antoja extrañamente familiar "yo estoy en ti".
"¿Quién eres?" mi voz suena insegura, temblorosa. Nadie contesta y consigo no sé como emprender el camino hacia adelante, con manos débiles enciendo un cigarrillo y algo toca mi pierna, un grito desgarrador surge desde lo más profundo de mi garganta, pero me tranquilizo al comprobar que solo es una rata y prosigo el avance, entonces algo agarra mi muñeca izquierda, un tacto más frío que el hielo aun si cabe y esa voz, esa voz tan familiar y a la vez tan lejana vuelve a resonar en mi oído invadiendo por entero mi cabeza, "no tengas miedo". Me giro lentamente y el mundo se paraliza a mí alrededor al comprobar lo que tengo enfrente.
Es como si estuviera mirándome en el espejo, ese ser, esa criatura que me atormenta en este oscuro callejón soy yo mismo, o por lo menos tiene mi misma apariencia. Intento decir algo pero me es imposible articular palabra alguna. "Tienes que saber", y señala al suelo, justo al fondo del callejón puedo ver un bulto, me acerco despacio y me doy cuenta de que es una persona, entonces me quedo sin respiración.
Allí tirado con el cuerpo lleno de puñaladas estoy yo, es mi cuerpo y empiezo a recordar... Volvía a casa cuando en el callejón un grupo de hombres quisieron robarme y me cosieron a puñaladas... Miro mi cuerpo inerte y carente de vida y doy media vuelta alejándome del callejón con la negra gabardina ondeando en el frío viento de la noche...

Christian López

martes, 15 de abril de 2014

Campeón

-Vamos Riki, hay que prepararse.
  La voz de Marcelo me devolvió a la realidad del sórdido vestuario. Me tumbé en la misma camilla de siempre. Las expertas manos de Marcelo prepararon mis músculos para una velada más.
-Riki, ¿has pensado en lo que te dije? (Me preguntó con suavidad)
-Si, además Irene también  piensa que debo retirarme. Tengo 34 años y no quiere que acabe como Ali.
-¿Entonces te vas a retirar?
-No lo se, tengo una mujer y un hijo que mantener...
-Pero si te castigas en exceso tendrán que mantenerte ellos a ti.
-Si...
  Tras un suspiro de Riki se hizo un silencio incomodo mientras continuaban con los estiramientos.
-¿Has pensado que vas a hacer en caso de que te retires?
-Mi hermano Alberto ha dicho que puede meterme en la empresa de seguridad en que trabaja, y Javi dice que en el supermercado donde esta siempre buscan reponedores.
-Pero...
-Me conoces bien, (pareció dibujarse una sonrisa en la cara de Riki) esta noche combato por el titulo europeo. Con la bolsa de esta noche puedo pagar la hipoteca del piso, si gano... si me retiro...
-Bueno, sabes que tengo 59 años y mi hijo no quiere hacerse cargo del gimnasio. Necesitaría alguien que me ayudase. No a tiempo completo, solo después del trabajo, me estoy haciendo viejo y ya no puedo con todo. Podríamos repartir lo que sobre de los gastos.
-No digas eso hombre, aún te queda mucho para jubilarte, además estaré encantado de ayudarte.
-Ya es la hora. (Informó el utillero)
  Marcelo me puso las vendas, los guantes y la bata. En la puerta me giré y lo abracé.
-Marcelo, para mí siempre has sido más que un entrenador, has sido un padre. Me sacaste de la calle y siempre has cuidado de mí. Así que te prometo una cosa. Si gano, me retiro como campeón, pero si pierdo...
  Me giré y emboqué el pasillo camino del cuadrilátero.


Juan José Santana Bernabéu

La ausencia

La profesora de Lengua ha capado mi diccionario, arrancando algunas hojas. Ha dicho que el examen es una adivinanza. He de renunciar a algunas palabras que son necesarias para resolver el enigma. Porque si no figuran en el diccionario no puedo usarlas. Y aunque las sepa no puedo nombrarlas ni escribirlas. Sin embargo, de ellas depende mi aprobado. Ayudadme, por favor, sois mis amigos y debéis hacerlo.
Por ejemplo, no puedo escribir el nombre de la ciudad donde nací. Soy aragonés, que lo sepáis. Ni zaragozano ni oscense. ¿De dónde? Es fácil: Zaragoza, Huesca y… De ahí soy yo.
Rojo, amarillo, anaranjado, verde, azul y… Un color del arco iris, sí.
En el servicio de mi casa hay un espejo, un lavabo, un bidé, una bañera, una ducha y una mampara. ¿Echáis algo de menos? Es básico, como podéis comprender.
Arroz, gambas, mejillones, chirlas, calamares, pollo, sal, azafrán. Mi paella lleva algo más. Empieza por “p” y acaba por “o”. De color rojo. ¿Qué es?
En las Navidades comemos polvorones, mazapán, peladillas y un dulce muy especial, el rey. ¿Sabéis su nombre?
Suponed que hace frío, mucho frio. Imaginad que escribo desde uno de los Polos. No es el Sur. Más fácil imposible.
Parece un juego de niños. Pero no lo es. No me abandonéis ahora.
Ya habréis observado, como os dije al principio, que mi diccionario ha sido capado. Recordad que en el examen hay una adivinanza.
Busco sinónimos que no hallo, para cubrir las ausencias.
Mirad, sobre la mesa, el folio casi en blanco. Me queda media hora. No puedo seguir. Voy a suspender aunque conozco la solución.
En las palabras escondidas os ofrezco la clave. Repasad con cuidado. Me podéis ayudar.
A la desesperada: ¿del abecedario qué echáis de menos?
Si habéis desenmarañado la madeja la profesora os escuchará. Yo conozco la solución, pero no puedo escribirla y no puedo hablar con ella, me lo ha prohibido.
Muchas gracias.


Alejo

lunes, 14 de abril de 2014

Demediado S.A.

Andrés era una de esas personas que, como se dice coloquialmente, siempre iban de frente. Cuando estaba de buen humor decía, con un criterio muy discutible, que yendo de frente no había manera de que a uno le dieran una puñalada por la espalda.
Esto, que así dicho, y de primeras, pudiera parecer una virtud, en el caso de Andrés, al aplicarse literalmente, se convirtió en algo insoportable.
En las reuniones siempre entraba el último y se iba el último, en la trainera siempre era el patrón, en la piragua el último remero…y de consumar mejor ni hablamos.
De trato afable, siempre se cuidaba de no discutir con nadie. Pero como el único modo fiable de que dos no discutan es que nunca coincidan, lo que añadido a que normalmente uno, así, discutir, lo que se dice discutir  en serio, sólo discute con aquellos que quiere, Andrés discutió una, y sólo una vez, con un amigo.
Su amigo, marinero de profesión, ya instalado en el psiquiátrico y hermético él, sólo acertaba a decir a los que le preguntaron sobre Andrés que era como si llevara aparejado a su espalda el fin del mundo.
En sus relaciones íntimas, y aunque nunca desdeñó a las mujeres, le tiraron más los hombres. Pero en lo que todos coincidieron es que siempre fue considerado aquello que eufemísticamente se conoce como el miembro activo de la relación.
Autónomo y ácrata de carácter, obviamente, nunca aceptó que le siguieran por lo que tampoco fue nunca considerado por sus compañeros como un líder.
Con el tiempo, debido a su radicalidad respecto a aquello de ir siempre de frente, y antes de la penúltima reforma laboral, debido a la mirada y a la llave de yudo, ambas demoledoras, con las que obsequió al máximo publicista de la empresa tras intentar cerrar amistosamente una aportación millonaria con una palmadita en la espalda, fue relegado al trabajo de recepcionista, ideal para él, ya que según dijo el consejero delegado de la empresa medio en broma pero muy en serio: así siempre estaría de cara al público
Así llegamos al porqué en la fachada principal de la sede de la compañía, gracias al director de márketing que por algo es el que mejor vive y el que más cobra, se puede contemplar un inmenso cartel con su rostro, en lo que a día de hoy es la imagen de Demediado S.A., empresa de contactos para casados cuyo lema reza “Según se mire”. La empresa, ni que decir tiene, se está forrando.


Carlos Enrique Rodrigo López

El cielo ya no es lo que era

Dimito. Esto es ya inviable. Se ha perdido el respeto y hasta las formas. Donde antaño hubo devoción ahora hay solo abuso. Las manos ya no se entrelazan para rogar piedad. Ya no hay arrodillamientos ni súplicas. Todo son exigencias. ¡Ni siquiera tienen fe! No hay ofrendas ni sacrificios. No hay mandamientos que subordinen. Ni el Mar Rojo se abre ni es ya, tan siquiera, Rojo. Sinceramente, se me han quitado las ganas de hacer milagros.
A lo largo de estos últimos siglos me he planteado seriamente diferentes alternativas: envío de plagas apocalípticas, un nuevo Cordero, algún profeta tal vez… pero tras mucha meditación taciturna he llegado a la conclusión de que no valgo para el puesto. Sencillamente, el cielo me queda grande. Ser Dios ya no compensa.
No es fácil encontrar sustituto que esté a la altura, especialmente a estas alturas (todo sea dicho) así que, sintiéndolo mucho, el puesto queda vacante. A pesar de todo, me voy con la cabeza bien alta, orgulloso de haber sido capaz de aguantar aquí arriba tanto tiempo, viendo cómo mis hijos, cada uno de ellos tan perfectos en su original creación, han ido convirtiendo su también perfecto planeta e incluso a sí mismos, en la más absurda existencia, y todo ello sin bajar yo mismo en persona a darles cuatro voces bien dadas. También por aquello de que si me vieran, una de dos, o morían del susto o ni me tomaban en cuenta…
Y es que, como dijo Sazatornil “―¡Esto es un SinDios!”
Imaginando que candidatos no faltarán, he nombrado Responsable de Recursos Humanos a Jesús, que tras un merecido descanso celestial de más de dos mil años, ha vuelto al servicio activo con la frescura que el puesto requiere. Se ha hecho un llamamiento al conjunto angelical, actualmente todos en expediente de regulación de empleo, para que le ayuden en la ardua tarea de reclutamiento de Todopoderosos. No se puede dejar en manos de cualquiera un encargo de semejante envergadura.
Y dicho todo esto, parto con destino desconocido hacia algún paraíso en el que pueda descansar en paz haciendo buen uso de mi merecida pensión vitalicia eterna y, aviso, con el móvil desconectado. Saludos cordiales de un ex – Dios.


Marta Martín Morales

viernes, 11 de abril de 2014

Un día en el pueblo

Es una mañana de verano. Despierto. Pero no es un despertar cualquiera. La agradable sinfonía del canto de los pajarillos lo convierte en un "dulce despertar".
Desayuno y salgo al mirador a echar la primera mirada del día al valle. Los sotos del río, las tierras de labranza y los montes se van iluminando según se eleva el sol.
Parece que el día va a ser caluroso, por lo que decido dar un paseo por las arboledas del río. Una vez aquí, las sombras de los álamos y el frescor del agua me hacen olvidar las altas temperaturas. Solo escucho el agradable sonido de las hojas de los árboles al moverlas el viento, el canto de los pájaros y el rumor del agua del río. Me tumbo en el césped de la orilla, y la sensación de paz y tranquilidad me invade, hasta el punto de quedarme dormido.
Al rato, un sonido de cascabeles y un sinfín de balidos me despiertan. Un rebaño de ovejas se acerca por la otra orilla para saciar su sed.
Me pongo en pie y sigo mi tranquilo paseo. Se ha hecho mañana avanzada, el sol aprieta y es hora de recogerse en casa para comer. Después subo al torreón que hay en la cima de la montaña de detrás de la casa, me siento a la sombra y me sumerjo en la lectura, no sin levantar la vista de vez en cuando para contemplar las impresionantes vistas que desde allí tengo.
A media tarde, cuando el sol ya no calienta tanto, me dirijo a dar un paseo por el monte. Me introduzco en los encinares, donde todo es belleza y silencio. En medio de esta tranquilidad me sobresalto al cruzarse delante mío una corza con su cría. Me encaramo a unos riscos, desde donde veo sin ser visto, y en las esparcetas del vallejo colindante veo un grupo numeroso de corzos, a los que observo un buen rato con mis prismáticos.
Desde allí arriba también puedo ver la puesta de sol: las nubes altas se van tiñendo de colores anaranjados y marrones, formando un maravilloso espectáculo de luz.
Bajo rápidamente de regreso al pueblo mientras anochece, y me encuentro con que tengo chuletada familiar en la bodega. Bajo a la cueva excavada en la roca de la ladera del castillo, y echo un trago de vino de la gran barrica, lleno el porrón y subo, que ya huele a carne recién asada.
Termino el día contemplando el precioso cielo, limpio de contaminación luminosa, cargadísimo de estrellas, mientras pasan por encima de mi cabeza las lechuzas que tienen su guarida en las rocas de detrás de la casa, y en el suelo las luciérnagas exhiben altivas sus faros de color verdoso.
Me acuesto satisfecho. El día ha sido maravilloso. El silencio es impresionante. Enseguida me duermo...


El rural

jueves, 10 de abril de 2014

Los maniquíes

La gente pasa. A veces nos miran, a veces no. No todo el mundo conoce la diferencia entre ver y mirar: vernos es casi inevitable, porque casi siempre –salvo los días en que nos castigan en el trastero, o esperamos un arreglo o sustitución de una pierna o un brazo rotos-- nos colocan en el escaparate, de modo que los transeúntes nos adviertan, aunque vayan con prisas y sea por el rabillo del ojo. Es todo un arte, ya lo creo, no demasiado diferente al ikebana.
Aunque hay que reconocer que no somos flores y que en esta tienda nadie domina la técnica del escaparatismo, ni siquiera el encargado que viene una vez al mes y nos mira como si quisiera calcarnos. Se sienta y contempla la plataforma donde exponemos las espaldas, vestidos o desnudos, y recapacita, abre un cuaderno y escribe o dibuja algo. Aparte de sus visitas y las de la mujer de la limpieza, estamos solos, día y noche. Mientras la gente pasa. Aquí estamos, sin envejecer, aunque nos cambian la ropa, las pelucas y el calzado, según la estación o las fechas del calendario comercial. En realidad, el encargado no tiene la menor idea ni de la estructura ni del ritmo o el color. Nos hubiera gustado instruirle, al principio, cuando con muchos espectadores más acudió a la gala organizada por Fix Street, de Valencia.
Nos consuela recordarlo. Allí desfilamos modelos nacionales y extranjeros, los más prestigiosos. Lucimos trajes de baño, ropa sport y accesorios que luego, inmovilizados por la parálisis, soportaríamos durante semanas ... Y también prendas más elegantes, en géneros nobles como la alpaca, gasas, tules y cadenas de plata y oro. Hasta cuatro orquestas tocaban en aquella mansión, ante una concurrencia de políticos, periodistas, tiburones de las finanzas…
-¿Crees que desfilar para Fix Street supondrá un antes y despues en tu carrera? ¿Por qué?
Recuerdo haber respondido a la pregunta de la entrevistadora algo así como “Sí, estoy encantado, porque es un desfile con mucho poder mediático”. Cómo podíamos imaginar lo que iba a sucedernos. Y lo que sí puedo ahora afirmar, lo que le respondería -- si pudiese volver a hablar-- a esa mujer de carne y hueso, sería que de momento mi carrera dentro del mundo de la moda ha sido breve pero intensa.
Mi campo visual abarca las piernas cruzadas de Hernán, cinco dedos con uñas pintadas de Claudia y la espalda descubierta de Marcela. A ellas – asegura el encargado-- les sienta muy bien el profundo escote en V, y Hernán tampoco desmerece, con sus pantalones de lino, en tono beige, y una camisa sencilla pero de seda.
Si al menos nos pusieran otra vez el hilo musical…


Evangelina Salazar
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