viernes, 12 de agosto de 2011

Especies peligrosas

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 05/04/2011

El otro día estaba caminando por la calle tan tranquilo, pegado a la reja de un parque, cuando de repente oí un rugido feroz que se acercaba a mí a toda velocidad; me di un susto de muerte cuando vi abalanzarse al animal y, idiota de mí, me puse en postura de hacerle frente o pararle con los brazos. Menos mal que no pasó de ahí; la correa le detuvo, iba tan lanzado que casi se ahorca él solo, pero si no llega a estar atado se hubiera quedado con la poca carne de mi brazo. Me debí quedar más pálido que lado derecho del barón Ashler mientras le miraba. El bicho seguía ladrando desaforadamente; era feo como un demonio, el perro, y pensé que debía pertenecer a una de esas razas que están dentro de las especies peligrosas, de esas que las hacen a propósito para despedazar a la gente o a otros animales.

Seguí andando mientras me recuperaba del susto, para reunirme con mi compadre Diogenes a través de los senderos espacio-temporales y degustar unos reconstituyentes, e iba dando vueltas a la cantidad de especies peligrosas que nos rodean sin que a veces seamos conscientes de ello. No me refiero ya a los ministros, consejeros, concejales, eurodiputados, jueces, médicos, abogados, seguratas, tertulianos, opinadores, árbitros, periodistas, inspectores de la SGAE, y no sigo porque no acabo. No.

Me refiero a otras cosas. Por ejemplo, antes de llegar a mi destino, oí a mi lado un ruido como si se hubiera chafado un tomate. Miré a mi derecha y vi un coche con el parabrisas completamente cubierto por una deyección recién caída de las alturas. Lo primero que pensé era que se trataba de un pterodáctilo; en la rama del árbol que había sobre el coche reposaba toda pancha una paloma. Debía ser una paloma mutante, o recién llegada de Japón, porque por el tamaño podía haber sido un buitre. El producto de su digestión tenía pinta de que podía empezar a disolver el cristal del coche, y me pregunté qué dieta llevaría para eliminar semejantes residuos. Si no fuera porque sé que son granívoras hubiera barruntado que se había comido una ración de berberechos corrompidos (otra especie peligrosa). Y decidí que aunque no llueva no es mala idea llevar un paraguas (de titanio contrachapado) cuando se pasea bajo los árboles.

Por fin llegué al bar, y a pesar del desaguisado intestinal de la paloma, se me había abierto el apetito, así que pregunté con qué podía acompañar la jarra de cerveza que nos habíamos pedido. Opté por unas brochetas de presunto pollo que en la foto no lucían mal. Sin embargo cuando las pusieron ante mí, y luego las probé, no hubiera puesto la mano en el fuego porque aquello en vez de pollo no fuesen unas brochetas de mofeta, comadreja, topillo o cualquier otro mustélido que prefiero ni imaginar. Cuando acabé con ellas, y ante la risa de mi socio, que me inspiró, pensé en pedirle al camarero alguna otra especialidad de la casa, como una ración de coatí chuchucho a la vinagreta, unas delicias de chacal rustido, una cazuelita de ragut de hiena del Kalahari, o una tapa de chopito ponzoñoso de Manchuria.

Lo que digo, estamos rodeados. Y otro día hablaré de las mascotas que gasta el personal.

Rick.

jueves, 11 de agosto de 2011

El sexo y la madre que lo parió.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 25/03/2011
Hace tiempo leí en cierto periódico digital un estudio realizado por un grupo de psicólogos de no recuerdo que universidad, que defendían que si al escribir un artículo, en el titular del mismo aparecía la palabra 'sexo', pasaría a ser de los tres más leídos durante ese día aunque el contenido de dicho artículo no tuviese nada que ver con el tema en cuestión.

No quiero malentendidos de ningún tipo y menos aún que nadie se sienta ofendido, pero personalmente, creo que el sexo está sobrevalorado. Vamos a ver, que está muy bien, que conoces gente, que te entra un cosquilleo por la espalda muy agradable, pero no deja de ser algo que echas de menos cuando no tienes, pero que si lo tienes, entonces pasarás a echar de menos otras cosas, leer un buen libro sentado en un cómodo sillón, ver una buena película sin que nadie te moleste, tomar un whisky de malta en compañía de un par de buenos amigos.

Desde el punto de vista masculino (el único que yo conozco) es cierto que en ocasiones el hecho de tener una relación con una persona del sexo contrario te 'obliga' a realizar una serie de sacrificios que con la edad y el tiempo ves innecesarios. Estos van desde pagar una caja de botellines a tus amiguetes (algo con poca trascendencia) a pasar a convivir con una persona que aprieta el tubo de la pasta de dientes por el medio, algo muy molesto, porque todos sabemos que se tiene que apretar por el final, e incluso puede llegar al matrimonio (lo cual tiene bastante trascendencia, porque para empezar se te acaba el sexo además de muchas otras cosas).

En el fondo creo que todo se limita a que lo que necesitamos es superar una serie de retos impuestos por nosotros mismos, solo que en el caso que nos ocupa cuando nos queremos dar cuenta nos encontramos recogiendo a la suegra en la estación sur de autobuses al regresar de un viaje del inserso o comparando folletos de ofertas de diferentes supermercados, y todo eso sin contar con la necesidad de tener descendencia para que la especie no se extinga (como si a mi me importase la especie) dando por supuesto que esa descendencia tiene que ser bilingüe, saber nadar a mariposa y tocar el clarinete, con lo que no te queda otro remedio que acompañarles a infinidad de tareas extraescolares, dejando el tiempo que puedes ocupar en ti mismo en uno o ninguno.

A pesar de todo y como decía el maestro, donde esté una buena corrida, que se quiten los toros.

Pepote

domingo, 7 de agosto de 2011

La prima de riesgo...

Abrumado por el aluvión de informaciones que nos asaltan desde los medios de comunicación, he salido de casa con la inquietud manifestándose en retortijones espasmódicos de tripas y un súbito tic que afecta al párpado de mi ojo izquierdo, y que me ha costado varias miradas sorprendidas de señoras y señoritas que, al cruzarse conmigo, han pensado que las requebraba de esta tan tradicional guisa.

Mi primera parada ha sido en el bar de Mariano, que, sin dejar de limpiar los vasos a base de salivazo y restregón con bayeta putrefacta, ha intentado convencerme de que la prima de riesgo es una que tiene su mujer, que es más fina que las gallinas, y a la que, por el peligro que tiene, la llaman así. Me he terminado el café, no sin escupir la nata y algo parecido a las patas traseras de una cucaracha, que Mariano dice que son posos pero yo no me lo creo, y he salido de nuevo a la calle con más confusión que traía y, por que no decirlo, arcadas del asco que me ha dado el "tropezón" y la oferta de presentarme a la susodicha.

Nepomuceno, el kioskero, futbolero recalcitrante, me ha ofrecido otra explicación. Esta es una chica de Donostia, hija de una hermana de la madre de Asier Riesgo, portero muchos años de la Real Sociedad y que actualmente milita en el Osasuna. Pero no ha podido explicarme en que se basa la afirmación de que está fuera de control, y lo ha resuelto diciendo que las chicas de ahora están todas disparadas y que ya no quedan hembras como las de antes.

Me he acercado a la caja de ahorros, por ver si el director, Dionisio, podía ilustrarme en la materia. De una breve entrevista con él he obtenido dos resultados: que "prima" es el femenino de "primo", que es  una de las formas en que tanto financieros como delincuentes comunes llaman a los "julais" y riesgo es el que he asumido yo al entrar tan alegre a una entidad crediticia, y la evidencia es la firma de un contrato por el que les cedo todos los intereses que genere mi cuenta corriente en los próximos setenta años a cambio de una sartén, muy bonita, eso sí. Dioni dice que eso es otro invento para acogotar al personal y que para prima la que cobra él por "asesorar" a pardillos como yo.

Así que me he quedado un rato sentado en un banco del parque pensando que quien me manda tratar de desentrañar los arcanos de la economía globalizada. Al rato, un anciano que decía llamarse Ricochet, o Pinochet, no, creo que Trichet, se ha sentado a mi lado y, sin dejar de hacer migas una barra de pan duro, me ha endiñado una conferencia sobre lo poco que le queda para jubilarse y lo que se ha divertido todos estos años haciendo declaraciones desconcertantes por el mero placer de ver como palidecían ministros de finanzas y jerifaltes de agencias de calificación. No le he entendido nada y me ha puesto la cabeza como un bombo. Y encima me ha cagado una paloma que venía a por el cuscurro de la barra.

sábado, 6 de agosto de 2011

¡ Qué han robado el Códice Calixtino!!!!!!

Al cardenal, a una velocidad inusual para esa hora de la noche, un taxi le acercaba a su destino.
Disfrutaba en la anticipación de lo que, como siempre, sería una gran velada.
En el chalet de tres plantas con piscina en la que le complacía tener cita con Inés, nunca le habían decepcionado.
Con la lengua paseando de un lado a otro de sus labios, recordó su última visita hace tres meses y sintió una punzada indecente. Le zarandeó entero.
Esa casa del centro de Madrid, encerraba un tesoro que nunca se cansaría de admirar.
La idea, ya se le hizo revolucionaria cuando la descubrió hace dos años de mano de uno de los feligreses de la Basílica de la Virgen del Peligro, pero, desde entonces, le acompañaba toda la confusión y la maravilla de aquel prodigio con nombre de mujer.
Nunca averiguaría donde se hundían las raíces que convencieron a estas místicas a iniciar aquel recorrido, pero los paisajes alcanzados resultaban de lo más satisfactorios.
Imitando a los Samurais, las guerreras del local conocido como "nos la dejamos meter hasta por las orejas" decidieron desarrollar su parte espiritual hasta límites insospechados, en el intento de convertirse en súper-mujeres. Objetivo que habían alcanzado con creces para su deleite personal y la del resto de la comunidad masculina que las compartía.
Permanecer en estado de semi-oscuridad durante todos estos años, además de acercarlas a un estado óptimo de relajación y comunión con el Altisísimo, había conferido a su carne una textura y un sabor distinto, que realmente constituía una exquisitez.
Las horas dedicadas a la lectura y la oración, las había elevado a la categoría de monjas- guerreras.
Todas estas extraordinarias cualidades terminaban con ese acertado éxtasis en el que conseguían entrar a voluntad. Además de dejar su cuerpo ausente de conversaciones interiores con las que siempre resulta tan molesto compartir la búsqueda de un desahogo significativo, contraían los músculos de sus vaginas hasta el punto justo de acoplamiento, lo cual resulta de una utilidad mayúscula, puesto que uno no siempre necesita el mismo espacio sensorial entre el que hacerse paso hasta encontrar la eyaculación perdida.
Es cierto que la última vez que se encontraron, Inés mostró un entusiasmo desmedido por una de esas historias con la que le deleitaba mientras tomaban juntos algún alimento y él se despedía con la majestad y la pleitesía que aquella santa merecía.
De todos modos, el francés fue el que más le sorprendió. El religioso comprendió que por afinidad profesional y continuó con la recomendación de su realización.
Le sugirió, que el fin último de cualquier orden religiosa era encontrar el Perdón Divino a todos sus pecados y que, aunque estuvieran a punto de conseguirlo por méritos propios, recorrer el Camino de Santiago resultaba una celebración definitiva de todas sus creencias  y del Poder de Dios. Él sabía que las elevaría a cotas de realización imposibles de alcanzar para el resto de los mortales y esta idea le producía tanta satisfacción que no se pudo contener.
Saberse el responsable último de la salvación del alma de estas Damas de la Caridad que tantas elevaciones le habían proporcionado en esta vida, le invitó a acariciar el manuscrito que viajaba con él en el asiento trasero del vehículo. Le atravesó una excitación tan intensa que rezó para que el Sumo Conductor no pudiera encontrar ninguna relación entre la mancha y él.
Después de todo, obedecía designios divinos cuya explicación no se encontraba a su alcance, simple pecador al servicio de los intereses inescrutables del Señor.

Publicado por Alicia.

lunes, 1 de agosto de 2011

Las tiendas de chinos.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 23/02/2011

 Tengo un amigo que dice que las tiendas de chinos hay que subvencionarlas, porque te sacan de un apuro a cualquier hora. Yo no lo tengo tan claro.

Hace tiempo fui a comprar un cepillo de uñas, porque había estado hurgando en el motor averiado del coche de una novia que tenía, y la grasa me llegaba hasta la segunda falange. Entré todo dispuesto en la tienda. El chino parecía sacado de una película de Fu-Manchú (en realidad parecía Fu-Manchú), estaba en el ordenador haciendo un solitario (en chino), y cuando le pregunté si tenía cepillos para las uñas, apartó la vista de la pantalla y me miró como si me fuera a lanzar unos cuchillos al cuello. De repente pegó un berrido tremendo y dijo algo así como “aaaahshouay changgggg xoauchong”, que por el tono furibundo parecía la traducción de “¡Nunca rendiremos la fortaleza!”, pero debía ser otra cosa, porque apareció una mujer (china, naturalmente), que me guió por el laberinto de pasillos de la tienda, y finalmente cogió unos calzoncillos de estampado indescriptible y me los ofreció diciendo “¡Eto!”.

“No, yo lo que quiero es un cepillo para las uñas”, dije, haciendo el gesto de limpiarme las uñas. “¡Aaaahhhhh!”, exclamó la buena mujer con satisfacción por haberme comprendido. Hicimos los 400 metros-tienda de chinos en tiempo de record olímpico y llegamos al siguiente paso del via crucis; “¡Eto!”, repitió sonriente, mientras me señalaba una caja llena de pelapatatas ergonómicos. Traté de hacer el gesto más preciso, me arranqué una uña que parecía la hoja de una guadaña y se la puse ante su cara de espanto, diciendo en voz muy alta “¡Limpiar, uñas!”. El chino cantonés siempre se me ha dado peor que el mongol periférico, y empezaba a encontrarme más agitado que el cerebro de los hermanos Coen.

La siguiente parada de la chinese-gymkhana fue en la sección de cosméticos. “Vaya, nos vamos acercando”, pensé. A todo esto, tres o cuatro chinos nos seguían y observaban discretamente ante mi creciente desasosiego. “¡Eto sí!”. Cuando, riéndose, me alargó un frasquito de esmalte para las uñas color “Verde primavera en un lupanar de Nankín” noté como se me hinchaban las venas del cuello y sentí ganas de volverme verde yo y tirar las estanterías; miré a todos los sitios, por si me estaban filmando en una secuela de “La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos”, versión oriental y con cámara oculta, pero nada. La pobre señora no sabía qué hacer para calmarme.

Al final no encontré lo que buscaba, pero me llevé otros utilísimos artículos, como los post-it de Bob Esponja, el gato chino que saluda, y un cenicero que parecía decorado por la cuñada psicópata de Charles Manson, eso sí, con mis uñas más negras que la sentina de un buque y mi neurosis bailando la lambada siberiana.

Lo peor de todo es que el motor no arrancó y aquella novia me dejó.

Rick.

viernes, 29 de julio de 2011

De cena...

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 22/02/2011


El sábado pasado los niños se fueron de excursión con el cole. Y se produjo un hecho desconcertante: mi mujer y yo estábamos sólos en la ciudad. Aparte de los planes que yo ya llevaba urdiendo desde que supe que por una noche íbamos a ser de nuevo novios, y que no detallaré por ser obvios para los casados y perfectamente previsibles para los solteros, decidimos darnos un homenaje y cenar en un buen restaurante.

Ahí empezaron las dificultades: cada uno de los que yo propuse fue rechazado. Es verdad que eran todos gallegos o asturianos, que los menús siempre giraban en torno a las fabes y al cerdo en todas sus variantes y que era previsible que coincidiéramos con despedidas de soltero o equipos de fútbol amateurs celebrando algo. Pero todo ello se me representaba como positivo. La idea de mi mujer era otra. Un restaurante romántico, con velas, elegante, con platos novedosos, una experiencia de sabores y de ambientes. Y como mis planes para después de la cena podían depender de su estado anímico posterior a la velada, pues hice como con el windows: "Sí a todo ( recomendado)".

Segunda tribulación: encontrar ese restaurante soñado por mi amada. Yo sólo como el plato del día en algún bar cerca de mi trabajo, y mi experiencia reciente en la materia se limita a la cena de compañeros en Navidad, que ya se ha institucionalizado en uno cercano a la Plaza de Toros, donde hay carnaza y vino a discreción. Ronda de consultas. Mis amigos andan como yo en esta materia. Resultado nulo. Mi chica decide tomar los mandos y empieza a realizar llamadas a sus compañeras y amigas. Dos horas después, además de conocer el estado de salud, los problemas amorosos y familiares y los destinos turísticos de todas ellas, lo último en moda pret a porter, el coste de las intervenciones quirúrgicas estéticas más comunes y las novedades de los programas de mayor audiencia, mi mujer ya tiene un objetivo: el restaurante "La petite ville de Monfleur", en un céntrico barrio matritense.

Me pongo el único traje de chaqueta que tengo, elijo una corbata, me dice que esa no, elijo otra corbata, "no te va con los zapatos", elijo otra, la tercera y última de mi extenso repertorio, "esa peor, anda, mejor la primera", compruebo que la visa está en la cartera y que parezco diez años más jóven en el DNI, la subo la cremallera del vestido, se la bajo e intento bajarle todo lo demás, soy reprendido entre risas pícaras, la vuelvo a subir la cremallera no sin mordisquearle el cuello, vuelvo a bajársela ( siempre soy un candidato al premio a la perseverancia en esta materia), nueva reprimenda ya más formal, y al final, ponemos pie en la calle.

Taxista de orígen magrebí que parece no entender el GPS y que no deja de mirarle el escote a mi princesa, y encima 30 pavos, después de vistar el Madrid de los Austrias, la Ciudad Universitaria, el ensanche de Vallecas y parte de la Cañada Real. Pues empezamos bien.

En la puerta del restaurante, que visto desde fuera parece una caja de bombones diseñada para el cumpleaños de la Barbie Pija, un cruce entre neanderthal y retroexcavadora, al parecer eslavo, me pregunta :" ¿Tiene rrrrreserrrrva?", mientras me pone una mano en el pecho que parecía un manojo de bates de beisbol. Miro desconcertado a mi mujer, y me empiezan a temblar las rodillas. Como no tengamos reserva, el primo de Kingkong es capaz de arrancarme la cabeza. Mi mujer exhibe su mejor sonrisa y le contesta que venimos de parte de Margarita Nosequé. El tiranosaurio humaniza su rostro, me retira la mano del pecho, donde la corbata ha quedado convertida en un calcetín usado y empuja la puerta mientras brama con gran dulzura: "Pueden pasarrrrrr".

En el recibidor predominan los tonos pastel ( lo se porque lo dijo mi mujer, yo solo distingo los tres colores básicos y alguna gama de gris). Pero para pastel el maitre. Al maitre no le dejan participar en el desfile del día del orgullo gay por abusón. ¡ Qué manera de mover brazos y piernas, de ladear la cabeza, qué lenguaje, qué dicción y que grititos !. El tipo hacía que Nicole Kidman a su lado pareciese un camionero.

Nos llevo entre zalemas a una mesa con un mantel que parecía un cuadro pintado por un esquizoide en plena crisis, y nos acercó el menú con gran cimbreo de caderas. En la carta me resultó imposible identificar que alimentos componían los platos. Vale que yo soy un cenutrio sin preparación, pero... "Découvrez la nuit"... ¿ es un potaje de garbanzos?... o "Un plaisir occulte"... ¿ Tal vez torrijas ?. Y así sucesivamente.

Mi mujer me miraba buscando consejo, mientras yo padecía un bloqueo cerebral casi completo. Y... ¿ qué hace un español en un caso como este ?: cualquier cosa menos pedir ayuda, por el descrédito que eso supone para su virilidad. Así que levanté la mano con gesto de autoridad y, llegado el maitre, le señalé cuatro de las sugerencias del chef ( que debe ganar más que un diputado, visto el precio que cobran por lo que sugiere ) y me encomendé a todos los santos del santoral.

Pero no contaba con el vino. El maitre me recomendó un "blanc" para la "Mousse, il n'y a mousse, j'envide" y un "cavernnais du Platón" para el resto de las sugerencias. Sin saber que hacer, pestañeé, lo que interpretó como un sí. El resultado, ciento cuarenta eurazos en vino, que, dicho sea de paso, no me gusta.

Lo peor, sin embargo, estaba por llegar... Cuando ví al camarero avanzar entre las mesas con aquellos platos descomunales, mis glándulas salivares empezaron a trabajar febrilmente. ¡ Craso error !. Al estar yo sentado y él de pie, mi visión sólo abarcaba la parte inferior del plato, no su contenido. Cuando su mano bajó para depositar el plato en la mesa, mis ojos se llenaron de lágrimas. En el centro de aquella paellera solo un pegotito de un picadillo inidentificable, adornado con un chorrillo de un líquido negruzco y otro de un líquido amarillento que se entrecruzaban haciendo arabescos sobre la loza.

Y así las cuatro sugerencias. Si hubiese podido hablar con el chef, yo le hubiese sugerido algún orificio corporal distinto a la boca por el que introducirse aquellas insignificantes porciones de plasta, de sabor, por cierto, indefinible. Por más que el maitre, con gran atención por parte de mi mujer, se esmeró en explicarnos que los alimentos se deconstruian, se reconstruian, se reconquistaban, se maceraban, se maridaban, se divorciaban, se fundían y se coloraban y decoloraban, no conseguí encontrarle la gracia a todas aquellas perversiones que hacían con diez gramos de puerro, diez gramos de kikos, diez gramos de pechuga de faisán y una aceituna deshuesada.

Me empezaron a rugir las tripas, furiosas ante aquella broma de mal gusto. Cuando el chaval preguntó si postre o café, le pedí la cuenta y me despedí mentalmente de las partidas económicas destinadas durante el mes a fútbol en el estadio , cañas con los del trabajo y fascículos de " El servocroata sin esfuerzo", un curso de idiomas que sigo. Aunque cuando llegó la nota también dije adiós al tabaco ya liado y a los calcetines de felpa que ma habían fascinado desde el escaparate de la mercería de mi barrio.

Cuando alcanzamos la calle, yo, entre vahídos provocados por el hambre y la ruina económica, y mi mujer aliviada al comprobar que no había intentado acuchillar al personal del establecimiento, el armario ropero vestido de traje cometió el error de preguntar: " ¿ Han disfrrrrrutado de la cena?". Me reventé la puntera de los zapatos en su bolsa escrotal y agarré a mi mujer de la mano para emprender la más veloz de las huídas.

Al llegar a casa, tres sanjacobos, un tazón de leche con sopas de pan, dos sobaos pasiegos, un par de magdalenas, media tableta de chocolate, cuatro polvorones del excedente de navidad y un kiwi de postre me devolvieron la alegría. Y le propuse a mi mujer un plan improvisado, que de improvisado no tenía nada...



 Buenos días y buena estrella.

Diógenes de Sinope.

martes, 26 de julio de 2011

Mercaderes de soledad.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 17/02/2011

El otro día hablaba de los que trafican con la compañía. Para que seamos capaces de apreciar hasta que punto la habilidad del mercado nos excede, también la necesidad de soledad se convierte en un artículo de comercio.

En el metro, muchos leemos con la cabeza baja, tratando de abstraernos de la presencia del resto de usuarios. Se evitan las miradas, para que el contacto no sea siquiera visual. Los brillantes cazadores de ideas ya han reparado en ello. Y se dispara el consumo de mp3, mp4, y mp elevado a la enésima potencia. Unos auriculares son el camino más directo hacia el aislamiento. La música que nos invade nos separa de los demás, de manera que se convierte en una forma de rito privado, exclusivo y excluyente. Sólo yo viajo en mi música, de manera que estoy sólo.

Proliferan los desarrollos de la estrategia comercial, hasta el extremo que hay quien combina la música con la PSP, y el juego le transporta a un mundo virtual en el que vive sin más compañías. Y en casa, conectando el ordenador personal (y, por lo tanto, propio e individual) nos desconectamos de la familia. O con el portátil, en sus infinitas versiones, levantando un muro con quienes ocupan el espacio contiguo.

Hay ahora mismo un anuncio de un coche en el que, después de un frenesí de imágenes atropelladas, el protagonista se sienta al volante y el habitáculo del vehículo es un remanso de paz personal e intransferible.

También turismo de soledad. Recuerdo que, hace años, el Padre Hospedero del Monasterio de Samos nos explicó que había celdas para visitantes, personas que se alojaban en la abadía, regidos por las normas de silencio y recogimiento del establecimiento. Pagaban por pasar unos días solos, retirados del mundanal ruido. Sin la obligación/necesidad de comunicarse con nadie.

Valoramos las viviendas aisladas, para evitar la incomodidad de la relación vecinal o los deportes individuales, en los que tú único rival y tú único compañero eres tú mismo.

Y no se trata de esa necesidad que, en determinados momentos, todo ser humano percibe y que le lleva a deambular por un lugar solitario, con los pensamientos puestos en sus circunstancias o sin pensamiento alguno, simplemente dejando que el viento le acaricie la cara y el silencio le sosiegue. Llega a ser una apetencia casi enfermiza, que nuestra mente nos impone para compensar el caos de vínculos obligados e impuestos a que este modo de vida nos aboca.

Es posible que el genial Lord Byron tuviese razón cuando decía que cuanto más conocía a los hombres, más quería a su perro. Pero también dijo Aristóteles que el hombre solitario es una bestia o un dios. Esa soledad que nos venden me temo que nos acerca más a la bestia que al dios.

Como plan alternativo, me permito proponer un buen rato en una buena compañía y un garbeo privado y tranquilo, deleitándose en el callejeo y la caminata, hasta llegar a casa.

En cualquier caso, buenas noches, y que quien quiera estar sólo pueda y quien quiera estar en compañía la encuentre. 

Diógenes de Sinope.
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La siguiente la pago yo por Rick, Diógenes de Sinope y Albert se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.