REEDICIÓN. Publicado originalmente el 22/02/2011
El sábado pasado los niños se fueron de excursión con el
cole. Y se produjo un hecho
desconcertante: mi mujer y yo
estábamos sólos en la ciudad. Aparte de los planes que yo ya llevaba urdiendo desde que supe que por una noche
íbamos a ser de nuevo novios, y que no detallaré por ser obvios para los casados y
perfectamente previsibles para los solteros, decidimos darnos un homenaje y cenar en un buen restaurante.
Ahí empezaron las
dificultades: cada uno de los que yo propuse fue rechazado. Es verdad que eran todos gallegos o asturianos, que los menús siempre giraban en torno a las
fabes y al cerdo en todas sus variantes y que era previsible que
coincidiéramos con despedidas de soltero o equipos de fútbol
amateurs celebrando algo. Pero todo ello se me
representaba como positivo. La idea de mi mujer era otra. Un restaurante romántico, con velas, elegante, con platos novedosos, una experiencia de sabores y de ambientes. Y como mis planes para después de la cena podían depender de su estado anímico posterior a la velada, pues hice como con el
windows: "Sí a todo ( recomendado)".
Segunda tribulación: encontrar ese restaurante soñado por mi amada. Yo sólo como el plato del día en algún bar cerca de mi trabajo, y mi experiencia reciente en la materia se limita a la cena de compañeros en Navidad, que ya se ha
institucionalizado en uno cercano a la Plaza de Toros, donde hay carnaza y vino a discreción. Ronda de consultas. Mis amigos andan como yo en esta materia. Resultado nulo. Mi chica decide tomar los mandos y empieza a realizar llamadas a sus compañeras y amigas. Dos horas después, además de conocer el estado de salud, los problemas amorosos y familiares y los destinos turísticos de todas ellas, lo último en moda
pret a
porter, el coste de las intervenciones quirúrgicas estéticas más comunes y las novedades de los programas de mayor audiencia, mi mujer ya tiene un objetivo: el restaurante "La
petite ville de
Monfleur", en un céntrico barrio matritense.
Me pongo el único traje de chaqueta que tengo, elijo una corbata, me dice que esa no, elijo otra corbata, "no te va con los zapatos", elijo otra, la tercera y última de mi extenso repertorio, "esa peor, anda,
mejor la primera", compruebo que la visa está en la cartera y que parezco diez años más
jóven en el
DNI, la subo la cremallera del vestido, se la bajo e intento bajarle todo lo demás, soy reprendido entre risas pícaras, la vuelvo a subir la cremallera no sin
mordisquearle el cuello, vuelvo a bajársela ( siempre soy un candidato al premio a la
perseverancia en esta materia), nueva reprimenda ya más formal, y al final, ponemos pie en la calle.
Taxista de
orígen magrebí que parece no entender el
GPS y que no deja de mirarle el escote a mi princesa, y encima 30 pavos, después de
vistar el Madrid de los
Austrias, la Ciudad Universitaria, el ensanche de
Vallecas y parte de la Cañada Real. Pues empezamos bien.
En la puerta del restaurante, que visto desde fuera parece una caja de bombones diseñada para el cumpleaños de la
Barbie Pija, un cruce entre
neanderthal y
retroexcavadora, al parecer eslavo, me pregunta :" ¿Tiene
rrrrreserrrrva?", mientras me pone una mano en el pecho que parecía un manojo de bates de
beisbol. Miro desconcertado a mi mujer, y me empiezan a temblar las rodillas. Como no tengamos reserva, el primo de
Kingkong es capaz de arrancarme la cabeza. Mi mujer exhibe su mejor sonrisa y le contesta que venimos de parte de Margarita
Nosequé. El
tiranosaurio humaniza su rostro, me retira la mano del pecho, donde la corbata ha quedado convertida en un calcetín usado y empuja la puerta mientras brama con gran dulzura: "Pueden
pasarrrrrr".
En el recibidor predominan los tonos pastel ( lo se porque lo dijo mi mujer, yo solo distingo los tres colores básicos y alguna gama de gris). Pero para pastel el
maitre. Al
maitre no le dejan participar en el desfile del día del orgullo
gay por abusón. ¡ Qué manera de mover brazos y piernas, de ladear la cabeza, qué lenguaje, qué dicción y que
grititos !. El tipo hacía que
Nicole Kidman a su lado pareciese un camionero.
Nos llevo entre
zalemas a una mesa con un mantel que parecía un cuadro pintado por un
esquizoide en plena crisis, y nos acercó el menú con gran cimbreo de caderas. En la carta me resultó imposible identificar que alimentos componían los platos. Vale que yo soy un
cenutrio sin preparación, pero... "
Découvrez la
nuit"... ¿ es un potaje de garbanzos?... o "Un
plaisir occulte"... ¿ Tal vez torrijas ?. Y así
sucesivamente.
Mi mujer me miraba buscando consejo, mientras yo padecía un bloqueo cerebral casi completo. Y... ¿ qué hace un español en un caso como este ?: cualquier cosa menos pedir ayuda, por el
descrédito que eso supone para su virilidad. Así que levanté la mano con gesto de autoridad y, llegado el
maitre, le señalé cuatro de las sugerencias del
chef ( que debe ganar más que un diputado, visto el precio que cobran por lo que sugiere ) y me encomendé a todos los santos del santoral.
Pero no contaba con el vino. El
maitre me recomendó un "
blanc" para la "
Mousse,
il n'y a
mousse, j'envide" y un "
cavernnais du Platón" para el resto de las sugerencias. Sin saber que hacer,
pestañeé, lo que interpretó como un sí. El resultado, ciento cuarenta
eurazos en vino, que, dicho sea de paso, no me gusta.
Lo peor, sin embargo, estaba por llegar... Cuando
ví al camarero avanzar entre las mesas con aquellos platos descomunales, mis glándulas salivares empezaron a trabajar febrilmente. ¡ Craso error !. Al estar yo sentado y él de pie, mi visión sólo abarcaba la parte inferior del plato, no su contenido. Cuando su mano bajó para depositar el plato en la mesa, mis ojos se llenaron de lágrimas. En el centro de aquella
paellera solo un
pegotito de un picadillo
inidentificable, adornado con un chorrillo de un líquido negruzco y otro de un líquido amarillento que se entrecruzaban haciendo arabescos sobre la loza.
Y así las cuatro sugerencias. Si hubiese podido hablar con el
chef, yo le hubiese sugerido algún orificio corporal distinto a la boca por el que introducirse aquellas insignificantes porciones de plasta, de sabor, por cierto, indefinible. Por más que el
maitre, con gran atención por parte de mi mujer, se esmeró en explicarnos que los alimentos se
deconstruian, se
reconstruian, se reconquistaban, se maceraban, se
maridaban, se divorciaban, se fundían y se coloraban y decoloraban, no conseguí encontrarle la gracia a todas aquellas
perversiones que hacían con diez gramos de puerro, diez gramos de
kikos, diez gramos de pechuga de faisán y una aceituna deshuesada.
Me empezaron a rugir las tripas, furiosas ante aquella broma de mal gusto. Cuando el chaval preguntó si postre o café, le pedí la cuenta y me despedí mentalmente de las partidas económicas destinadas durante el mes a fútbol en el estadio , cañas con los del trabajo y fascículos de " El
servocroata sin esfuerzo", un curso de idiomas que sigo. Aunque cuando llegó la nota también dije adiós al tabaco ya liado y a los calcetines de felpa que
ma habían
fascinado desde el escaparate de la mercería de mi barrio.
Cuando alcanzamos la calle, yo, entre vahídos provocados por el hambre y la ruina económica, y mi mujer aliviada al comprobar que no había intentado acuchillar al personal del establecimiento, el armario ropero vestido de traje cometió el error de preguntar: " ¿ Han
disfrrrrrutado de la cena?". Me reventé la puntera de los zapatos en su bolsa
escrotal y agarré a mi mujer de la mano para emprender la más veloz de las
huídas.
Al llegar a casa, tres sanjacobos, un tazón de leche con sopas de pan, dos
sobaos pasiegos, un par de magdalenas, media tableta de chocolate, cuatro polvorones del excedente de navidad y un
kiwi de postre me devolvieron la alegría. Y le propuse a mi mujer un plan improvisado, que de improvisado no tenía nada...
Buenos días y buena estrella.
Diógenes de Sinope.