domingo, 11 de noviembre de 2012

El extremo noroccidental de Guadalajara

     Buena época ahora en otoño para visitar una zona de amplios robledales, que nos ofrecerán un maravilloso espectáculo de colorido. Las distintas tonalidades de ocres, marrones y naranjas que presentan sus hojas en estas fechas, nos llenarán de alegría nuestra vista.

       Me refiero a una escarpada zona montañosa, salpicada de bonitos pueblos, situada en el noroeste de la provincia de Guadalajara, entre los pueblos negros (Campillo de Ranas, Majaelrayo, etc.) y el nordeste de la provincia de Madrid.


Cardoso de la Sierra
      Como siempre, con un mapa de carreteras podremos seguir la ruta segun la voy describiendo. Hay que tener en cuentra que esta zona solo tiene acceso por carretera asfaltada desde la provincia de Madrid, concretamente desde Montejo de la Sierra, siguiendo hacia el famoso Hayedo de Montejo, que en estas fechas estará muy concurrido, y continuando hacia Cardoso de la Sierra, ya en la provincia de Guadalajara, primera parada de nuestra ruta.


     Es Cardoso un pueblo en el que predomina la arquitectura de pizarra, que disfrutaremos dando un paseo por sus calles, y donde no dejaremos de subir al mirador que hay detrás de la iglesia, para contemplar el maravilloso entorno de montaña que nos rodea, junto con el colorido otoñal de sus extensos robledales.  

La Hiruela

       Antes de continuar al siguiente pueblo, explicaré que desde Cardoso se pueden hacer dos bonitas rutas de senderismo, muy apropiadas para esta época, ya que ambas discurren entre amplios bosques de roble. Una tiene como objetivo llegar al cercano y bello pueblo madrileño de La Hiruela, cruzando el río Jarama en su curso alto, cuya vegetación de ribera también se encuentra ahora en su máxima expresión colorista. Es una ruta fácil y corta, ida y vuelta nos llevará menos de dos horas.

     
Pico Santuy
   La otra, un poco más complicada, consiste en subir al Pico Santuy (1.930 mts.) que se encuentra al norte de Cardoso. Saliendo por la carretera hacia Bocígano, empezaremos a subir tomando el primer camino de tierra  a la izquierda y, atravesando unas naves, llegaremos a una bifurcación, donde tomaremos la pista de la derecha, la que tiene la barrera, ganando altura mientras atravesamos el robledal hasta llegar a la cuerda, la cual seguiremos, abandonando el camino, hasta la cumbre.


Cima del  Pico Santuy
          Desde aquí las vistas son maravillosas: montañas y valles por todos los lados. Pico Cebollera (o Tres Provincias), El Cerrón y el Pico del Lobo hacia el norte; el Pico Ocejón hacia el este; Cardoso, La Hiruela, Colmenar de la Sierra y la llanura alcarreña hacia el sur; y el Valle del Lozoya, Cuerda Larga y Peñalara al oeste. Y por si fuera poco, el ya referido colorido otoñal de los robledales. Todo esto se puede intentar describir con palabras pero, por supuesto, lo ideal es estar allí y verlo con tus propios ojos.

          Esta ruta de senderismo no es muy complicada ni muy larga, yo diría de dificultad media, y se pude hacer, ida y vuelta por el mismo sitio, en unas 4 horas, más el tiempo que estés en la cima disfrutando del panorama. Dos horas estuve yo arriba, y no me cansaba de mirar, y luego bajaba con pena. Increible que venga tan poca gente por aquí, aunque un poco "pateado" sí estaba.

          Hay que decir que, con lo cortos que son los días ahora, necesitaríamos una jornada solo para hacer el senderismo y otra para la ruta de pueblos en coche. Sigamos con ésta.

Colmenar de la Sierra
          Desde Cardoso continuamos por la carretera hasta Bocígano. Desde su amplia plaza salen algunas calles con buenas casas de pizarra. Gran entorno boscoso.

           Seguimos después hacia Colmenar de la Sierra, que presenta buenas casas de pizarra, rodeado de altas montañas y extensos pinares. Como curiosidad diremos que tiene una calle dedicada de manera muy graciosa a la madre de un conocido futbolista.

Corralejo
           Después volvemos sobre nuestros pasos para llegar al cruce hacia Corralejo, diminuto pero encantador pueblo típico de pastores, con buenas vistas del Pico Ocejón hacia el este. La plaza es muy bonita, formada por la pequeña iglesia, varias casas y corrales, y una fuente con merendero en medio, todo de pizarra.

          Volviendo de nuevo sobre nuestros pasos llegamos al cruce para coger la carretera de Cabida, otro diminuto pueblo pastoril, con buena iglesia y rodeado de robles. Se puede hacer una corta ruta de senderismo cogiendo la senda que sale del pueblo y se introduce en el bosque, y que va ganando altura para llevarnos al imponente espolón rocoso que hay frente a la localidad en dirección este.

Peñalba de la Sierra
          Por último, volviendo de nuevo a la carretera principal, seguiremos hacia Peñalba de la Sierra, parando antes en el alto del puerto del mismo nombre, para contemplar las increibles vistas de todo el entorno de montaña, y del precioso valle en cuyo fondo se encuentra el pueblo. Una vez en éste, dando un paseo por sus calles, volveremos a disfrutar de buenos ejemplos de arquitectura de pizarra.

         Este sería el final de la ruta. Volvemos por la misma carretera hacia Cardoso y Montejo de la Sierra, para salir de nuevo hacia la A-1.

        Hay  que decir que es ésta una ruta que discurre por pueblos muy pequeños y despoblados donde apenas hay alojamientos y restaurantes. Algo hay en La Hiruela, Montejo de la Sierra y Cardoso.

       Eso es todo. Saludos y... disfruten de nuestros pueblos y su entorno.

AOC

viernes, 9 de noviembre de 2012

El hoyo


Me contaba una amiga hace unos días unos problemas personales que no son del caso. En un momento de la conversación, utilizó la palabra “hoyo”. El “hoyo” es ese lugar al que algunos hemos viajado en ciertos momentos de nuestra vida.

Al hoyo no se llega por los asuntos externos. Hay circunstancias terribles en el desarrollo de la existencia que pueden dejarte molido, desintegrado. Hay he...
chos y situaciones que destruyen tu ánimo, que aniquilan tu autoestima, que te degradan.

De ahí se sale. Te rehaces, tus obligaciones te reclaman, retomas la marcha despacito, empiezas a caminar. Valoras lo que aún tienes y concluyes que no puedes permitirte aquello de que las lágrimas por el sol que se ha ido pueden impedirte ver las estrellas.

El hoyo es otra historia. El hoyo lo cavas tú sólo. Sin motivo. Sin razón. Nunca te parece suficientemente profundo. Escarbas compulsivamente, poseído por un afán absurdo pero imparable. Luego, también sin motivo y también sin razón, te metes dentro. Te haces un ovillo y te quedas quieto. Cuando los que se preocupan por ti te llaman y te piden que salgas fuera, refunfuñas y te encoges aún más. Buscas los motivos en la edad, en la rutina, en la falta de objetivos, en el peso insoportable de lo cotidiano. Recorres mentalmente una y otra vez ese sendero, para acabar descubriendo que es un camino circular, y te acurrucas aún más. Pruebas todo lo que te recomiendan y siempre recibes como premio la decepción. Te sigues achicando, y tus pensamientos son una pescadilla que se muerde la cola.

Un día, no sabes como, un rayo de sol llega al fondo del hoyo. Abres los ojos, te desentumeces, levantas poco a poco la cabeza. Te asomas fuera del hoyo. Y solo, igual que entraste, sales. Tu mundo sigue allí, pero no son un lastre ni tus años, ni tus rutinas, ni la búsqueda de objetivos ni lo cotidiano. Y empiezas a vivir de nuevo.

Traté de explicárselo, consciente de que, hasta que llegue el rayo de sol, de nada sirve lo que pueda decirle.

martes, 6 de noviembre de 2012

Hace un año


Hace un año ya estábamos en crisis.
Seguramente teníamos las mismas preocupaciones que hoy, problemas económicos, laborales, de pareja, sociales.
Puede que tú estuvieras enfadada con tu amiga por algo que te parecía importante, o tú discutieses con el portero de tu casa, o tú maldijeses a tu jefe por su prepotencia; quizás tú te entristeciste pensando que un día más no habías encontrado al hombre de tu vida, o tú pensaste que tú mujer no te entendía. Tal vez tú te agobiaste por lo caro que estaba todo, tú volvieses a salir demasiado tarde de trabajar, o tú te enfadases con él porque se fue a tomar unas cervezas con sus amigos.
Un año, no es nada, parece que fue ayer, y si miras atrás las cosas apenas han cambiado, sigues con las mismas preocupaciones, sin haber puesto remedio, incluso sin haberlo intentado.
Probablemente yo mismo sentí o hice algo de eso, y seguro que me causó, como a ti, disgusto, rabia, frustración o desánimo.
Seguramente hace un año sería todo casi igual que hoy, como si el tiempo no pasara, salvo porque hoy hace un año yo no era capaz ni de imaginar que la estaba felicitando por su cumpleaños por última vez. Y ahora que me falta y la echo tanto de menos pienso en lo absurdo de seguir preocupándose demasiado por todas esas cosas, cuando la arena sigue cayendo y no se va a parar, en lugar de disfrutar de los momentos y dar a cada problema la importancia que en realidad tiene.
Dentro de un año seguramente seguiremos en crisis, pero ojalá seamos capaces de vivir un poco más tranquilos.
Hoy brindaré por ella, por sus ojos azules y su sonrisa.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Periodista

Periodistas. Hablamos de periodistas con un desparpajo que resulta insultante para los verdaderos profesionales. Ya es hora de que separemos el grano de la paja.

Un periodista es un profesional que persigue la verdad para ponerla a disposición de los ciudadanos. Que arriesga su trabajo y a veces mucho más, para informarnos a todos. Qué es capaz de enfrentarse con los poderes establecidos con la única intención de dejar al aire los hechos descarnados.

Luego están los opinadotes sectarios, afines a una determinada corriente política o económica, que se dedican a justificar lo injustificable, enturbiar la realidad cuando no favorece a sus mentores y, en último caso, si es preciso, arrojar mierda al ventilador para que salpique a todos y diluya la culpabilidad de su representado. Algunos/as llegan a convertirse en auténticos comisarios políticos accediendo a cargos públicos relacionados con la información. En España hay múltiples ejemplos, vinculados a los dos partidos políticos que detentan el poder desde hace más de veinte años. Estos no son periodistas.

Y hay una tercera categoría, la de los especuladores del morbo, esos que se dedican a traficar con las tragedias y las miserias, esos que explotan hasta el límite los hechos luctuosos o las vidas de los demás. Que encuentran su sustento en diatribas morales sobre los errores privados de los otros, o en sesudos análisis sobre las desgracias ajenas. Con el añadido de una tendencia inequívoca a convertir todo ello en un espectáculo. Esos, tampoco son periodistas.

Kostas Vaxevanis es un periodista griego al que han querido encarcelar porque ha revelado una lista de sinvergüenzas que, para enriquecerse aún más, han defraudado económicamente a un pueblo ya defraudado hasta el hastío por la golfería de sus poderes públicos. Pero, esta vez, la Justicia ha hecho bien una parte de su trabajo. Ahora sólo falta que condene a los que están en la lista. Aunque eso ya…

Kostas es un periodista. Miembro de una especie en extinción. Esa especie que se niega a permitir que la primera víctima de la guerra, hoy de la política y las finanzas, sea la verdad. Mucho respeto por ellos y nunca insultarles llamando “periodistas” a paniaguados y sátiros.

martes, 30 de octubre de 2012

Capitán Rick

- ¿Monsieur Rick?

- Oui

El camarero, solícito, le aproximó la bandeja de plata sobre la que reposaba la tarjeta. Con esa elegancia natural que tiene para todo, mi amigo se disculpó y se levantó para leerla manteniendo la discreción.

- Pas de réponse…

Volvió a sentarse y se quedó pensativo por un instante. Como le conozco, no quise entorpecer el recorrido de sus cavilaciones y apuré mi cerveza.

Con un tenue gesto de reconocimiento, volvió a la conversación, no sin antes vaciar su vaso y solicitar otras dos cervezas al camarero. El sol de invierno entibiaba el muelle del puerto de Marsella lo imprescindible para hacer grata nuestra estancia.

Un flamante Hispano-Suiza se deslizó lentamente por la calle empedrada, y me pareció ver en el rostro impasible del “chauffeur” un ápice de desprecio. Mis pensamientos volaron con una ráfaga de viento y con la llegada de nuestras cervezas, adornadas con un enorme plato de verdes olivas. Retomó la conversación después del primer sorbo.

- Quisiera explicarte…

- No es necesario, amigo mío…

- Es una larga historia…

Me atreví a interrumpirle.

- Entonces, será una historia de amor.

La complicidad brilló en su sonrisa. Treinta años hace que soy su primer oficial. Treinta años a su lado, observando como permanecía impasible en mitad del más fiero de los temporales, como desconfiaba de las calmas y que satisfacción le producían los leves vaivenes de las marejadillas.

- Los griegos siempre tan soñadores. Aunque aciertas.

Yo sabía que acertaba. Ese destello que le cruzaba los ojos al avistar el litoral marsellés. Ese regresar al barco con aire ensimismado. Ningún marino pasa tanto tiempo en tierra si no es abrazado a un salvavidas con nombre de mujer. Eso lo sé por experiencia.

- La más hermosa de las damas. La más gentil, la más apasionada, la más perfecta obra de arte que la Naturaleza haya sido capaz de esculpir.

Le gusta bromear con mi nacionalidad. Dice que se siente más seguro en el puente de mando con un descendiente de los primeros navegantes que surcaron el Mediterráneo, pero que le preocupa que yo aún crea en deidades primitivas. Él, precisamente él, que ahora definía con sus palabras a una Diosa.
- Me juró que partiría y le juré que nunca regresaría. Ninguno de los dos cumplió su palabra.

- Impropio de un norteamericano faltar a una promesa.

- Impropio, pero imprescindible.

Se hace el silencio, mientras pasea su mirada por los mástiles de la flota amarrada. Yo juego con una aceituna antes de echármela a la boca.

- Tuve que volver para no tener que cambiar de barco. Amo a la “Sonatina” mucho más de lo que creía. Ese buque es fiel, dispuesto a hacer lo que le pidas sin una queja, y sólo en sus entrañas me siento realmente seguro.

Entiendo lo que me dice, y lo que no me dice. Ese buque es un cascarón sólido, batido por mil tempestades, pero quiere decir además que no quiso cambiar de tripulación, que no pudo dejar atrás a ese grupo de hombres curtidos y taciturnos que siempre le respetaron y obedecieron con fe ciega. Hombres entre los que yo me cuento.

- Cuando regresé, se había informado de los atraques, y mandó a buscarme, con una tarjeta similar a esta. Hace ya tres años.

Vuelve a callar. No puedo eludir la pregunta.

- Pero, Capitán… ¿Qué te impide volver a encallar en su playa?

Me mira muy fijo, con sus ojos azules.

- Al entrar en la bocana, contemplando Marsella, entendí que tenía que perderla para conservarla siempre. Qué solo olvidándola podría recordarla.

Una gaviota se deja arrastrar por las corrientes de aire, inmóvil en el cielo. Nunca deja de sorprenderme el Capitán Rick.

Sonatina


El “Sonatina” atracó en el muelle 2 del puerto de Marsella la tarde del 19 de abril. Casi al pie del buque me esperaba la puerta abierta del Hispano-Suiza oscuro. A pesar de los años, Ludovic lo mantenía en perfecto estado; me saludó cortésmente y se hizo cargo de mi maletín. Me senté a popa, en el asiento de estribor, pues nunca consentía en que viajase como copiloto. Su conducción era tan elegante y educada como él, y me permitía disfrutar del reencuentro con la ciudad.
Me dejó a la puerta del Hotel Meridien, junto a la Canabiere, que conservaba el aire decadente de siempre, y pasé directamente al comedor, donde Solange ya me esperaba para cenar. Conteniendo el impulso, pospusimos las efusiones, y resolvimos el saludo con un formal besamanos. Estaba muy bella. La cena, frugal y breve, sirvió para alimentar la inminencia del encuentro, y acostumbrados al silencio de las ausencias intercambiamos más miradas que palabras. Al terminar, el ascensorista nos condujo a la quinta planta, donde nos aguardaba la misma habitación.
Nos abrazamos con avidez. La urgencia hizo el primer beso atropellado, pero el reconocimiento y la certidumbre de los labios, lo volvieron intenso y sereno. Luego ya nada fue apresurado. Solange se desnudo muy despacio para mí. Hubiera aceptado morir en ese momento con tal de contemplar aquel espectáculo si no fuera por tener la certeza de que después ella sería mía. Cuánta emoción sentí al contemplar la perfección de su espalda; cuánta al percibir el perfume de su cuerpo, generoso en hermosura y fuego. Y el seísmo interior al asir sus caderas de nuevo. Derrochamos nuestro caudal sin escatimar, empleando los cinco sentidos, abandonados al único propósito de arder por completo durante los dos días, alternando el sueño y la febril vigilia.
Por supuesto que no era nuestro primer encuentro, pero siempre me lo parecía, y en esa ocasión más que nunca. O es que tal vez la memoria me hace evocarlo así. La misma memoria que ahora me recuerda la pregunta que tantas veces me había hecho en la mar. ¿Hasta cuándo querría una mujer tan distinguida como la dulce Solange compartir su amor con un capitán de barco, de incierto futuro y oscuro pasado?
La respuesta llegó el mismo día en que mi buque debía partir. La noche había sido de nuevo cómplice callada de nuestra pasión sin tregua. Permanecíamos desnudos, tendidos sobre la cama. Solange me tomó la mano, y sin dejar de mirar al techo, pronunció lo que yo nunca hubiera deseado escuchar.
- Cuando vuelvas, no estaré aquí.
Continuamos cogidos por las manos y en silencio. Nada podía objetar, porque sabía que nada más le podía ofrecer. Sólo proferí una burda promesa, no exenta de quijotismo.
- Entonces jamás regresaré.
Aquel día nos despedimos como siempre, pero para siempre. Sin palabras y con un cálido beso. Ludovic me llevó al muelle donde descansaba el “Sonatina”, dispuesto para zarpar.
Nunca supe los motivos de la desaparición de Solange, aunque se me ocurrirían muchos. Yo no mantuve mi promesa, y regresé. Pero ella, sin saberlo, tampoco cumplió la suya, porque cada vez que volví a Marsella, allí estaba para mí, y aunque no la vi más, sentía que estaba esperándome en aquella habitación del hotel, dispuesta a desnudarse lentamente.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El elefantito de la suerte


Me viene hoy a la cabeza una mañana en que tomando un reconstituyente con el gran Diógenes y el ilustre Estanlei Cubric llegó al establecimiento un chaval subsahariano (uno de los eufemismos que suelen emplearse en la jerga de lo políticamente correcto para decir una verdad tan incontestable como que era negro) vendiendo todo tipo de baratijas, relojes, DVD’s, y otros objetos. Le hubiéramos invitado a una caña, pero no teníamos mucho interés en comprarle nada de aquello. El pobre chico, en un afán por sacarse algo nos ofreció el “elefantito de la suerte”. El proboscidio en cuestión mide unos 6 centímetros, está hecho en una especie de resina (probablemente tóxica) de color granate oscuro, y representa al animalillo sentado sobre su trasero, pero con las patas delanteras también apoyadas, y la trompa rampante, y casi parece que hasta sonriendo.
El precio del elefantito de la suerte era 1 euro. Cuando alguien va por ahí vendiendo cualquier cosa que tras su fabricación, transporte, intermediación y comercialización, cuesta 1 euro, sabiendo que al vendedor le pueden quedar apenas unos céntimos, mientras tú estás tomándote tan ricamente unas cervezas, parece que la conciencia se agita un poco, y sin decir nada sacamos cada uno una moneda del bolsillo. Al final le compramos una manada de elefantitos de la suerte, 5 o 6. Nos quedamos uno cada uno, y los que sobraban los guardó Diógenes, que dijo que se los iba a dar a nosequién. El mío está desde entonces en mi mesa de trabajo, junto a un calendario y el bote de los lapiceros.
El muchacho nos podía haber dicho que era el elefantito de su pueblo, o el símbolo nacional de cualquier país africano, pero no, nos lo vendió como un amuleto de buena suerte, de los que tanto se ven, como una herradura o una pata de conejo. Y es que las supersticiones, cuando son así de inofensivas, abundan, tanto las positivas como las negras. ¿Por qué sentimos la necesidad de confiar nuestra fortuna a gestos, actos, o visiones que, en apariencia son producto del azar y de nuestras mentes calenturientas?
Me pregunto, ¿qué culpa tienen los gatos negros de que se nos pinche una rueda, de que nuestro día de trabajo sea un desastre (como lo son muchos, sin gatos negros ni nada), o de que no nos comamos una rosca (como suele ser habitual)? ¿Qué maléfica influencia tiene un pobre animal, un gato, un cuervo o un mirlo por el hecho de ser negro, más que tener la desgracia de que los humanos hayamos decidido que el color negro es de mal agüero, o de luto?
Los supersticiosos extremos, por ejemplo, ejercen las 24 horas. Para empezar el día no puede uno levantarse con el pie izquierdo. Lo que pasa es que si te levantas de la cama por ese lado, plantar primero el derecho no es fácil, y menos cuando aún estás medio dormido. Eso sí, si no te das cuenta y pisas, con santiguarte tres veces se anula el efecto del mal fario; y si no te quedas tranquilo, te puedes santiguar trescientas, que es gratis. En el día a día estamos en un continuo riesgo de que nos veamos sometidos a terribles maldiciones por las circunstancias más variadas. Si desayunas tostadas con aceite y sal, que ésta no se te derrame, porque eso es mala suerte segura, salvo que luego eches una pizca por encima de tu hombro izquierdo, para contrarrestar; todo muy lógico. Más mala suerte me parece a mí que se te derrame el aceite, que eso sí que mancha. Un amigo mío se tropezó en el cuarto de baño, y de un cabezazo rompió el espejo; su novia no hacía más que lamentarse de que eso significaba que tendrían siete años de mala suerte, pero yo creo que la mala suerte fue la de mi amigo, al que tuvieron que darle diecisiete puntos en la frente.
Hay supersticiones clásicas, como pasar por debajo de una escalera, o derramar el vino. Si abres un paraguas bajo techo recibirás algunas miradas recriminatorias, mejor que se te pudra el paraguas empapado, antes que se seque pero te arriesgues a las calamidades. Y si toca que sea martes y 13, no te libras, pero de ningún modo, ya no sólo si te embarcas o te casas. Y ya que hablamos de bodas, éstas son un campo de cultivo de supersticiones magnífico, de forma que debes realizar toda una serie de pequeños rituales para que no salga mal; esto es un intento de ocultar lo evidente, que es que el matrimonio puede salir mal por muchísimos motivos antes que por que no te tiren arroz (ya no dejan en muchas iglesias, qué desalmados). Pero bueno, que aun así, si se te ocurre pasar a ver a la novia antes de la boda (si eres el novio, claro) porque te apetece darle un pellizco o un achuchón (si se deja), y te pillan, oirás unas voces desaforadas que te echarán con cajas destempladas y te dirán que si estás loco. Ya se sabe que toda novia en sus cabales (aunque si estuviera en sus cabales tal vez se lo pensaría lo de casarse) debe llevar algo nuevo, algo azul y algo viejo. Lo nuevo, es bastante fácil; para lo viejo y lo azul, dejamos volar la imaginación de los lectores. Acerca del novio no se especifica nada, se supone que con que lleve algo limpio y algo planchado se considera suficiente.
Lo de llevar alguna prenda para que dé suerte también se estila en la Nochevieja, donde se ruega encarecidamente llevar algo rojo, lo que hace que se disparen las ventas de calzoncillos y tangas baratos de dicho color; y luego, si se puede enseñar, pues tan ricamente. Sin embargo, en algunos gremios, la ropa amarilla se considera de mal fario; no sabemos que opinan los empleados de correos al respecto, probablemente en el uniforme vaya incluido algún amuleto, como un trébol de cuatro hojas o la manida herradura. O tal vez les recomienden pisar todos los días una caca de pero, que eso dicen que da buena suerte, y además abundan. La última que pisé yo sí que me dio muy buena suerte: pegué un resbalón tremendo y tuve la suerte de no romperme la cabeza, sólo un cardenal en la nalga derecha, y la mano toda pringada del residuo canino.
Pasar un billete de lotería o de los ciegos por una espalda notablemente prominente (otro eufemismo para no decir chepa) también es otro clásico, y si yo fuera el propietario de dicha espalda cobraría por ello, pero no a comisión de los premios, que igual no salía muy bien, sino un fijo por billete restregado. Y lo que me hace mucha gracia es la necesidad que siente mucha gente de tirar monedas a cualquier fuente, charca o receptáculo que contenga agua; siempre tengo la curiosidad de saber quién es el que de verdad tiene la suerte al recoger la pasta.
Yo no soy nada supersticioso, aunque el elefantito de la suerte me hace sospechar, porque desde que lo tengo en mi mesa me ha pasado de todo lo malo que se me ocurra, me han bajado el sueldo, no ligo ni a tiros y pillo todos los semáforos en rojo. Me parece que debe ser un anti-amuleto, pero me da miedo tirarlo a la basura por si toma represalias. Para neutralizarlo empezaré a tocar madera, le pondré perejil a San Pancracio y me arrancaré media docena de pestañas para soplarlas.
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