viernes, 17 de diciembre de 2021


Como tengo a los polluelos ya revoloteando, me da por pensar en eso que los psicólogos del desarrollo denominan, entre otras zarandajas, el “síndrome del nido vacío”. Parece ser lo que les pasa a los progenitores cuando los hijos se van de casa y que desorienta y confunde y deprime. Aunque también, de mi cosecha, añadiría que desde que los cachorros se hacen adultos y siguen en casa desorientan, confunden y deprimen por lo menos lo mismo. A priori, creo que es otra demostración de que, como dice mi admirado Fernando de Castro, el cerebro es un atraso y solo sirve para enredar. Esto, en realidad, es el síndrome de Estocolmo, pero con secuestradores emocionales, que es más jodido. Los hijos nos tiramos décadas dando por culo, marcando agendas, llenando el tiempo de nuestros ascendientes de obligaciones y cuitas y protestando de paso por su incomprensión. Y no nos vamos nunca, en realidad. Porque ser padre es el oficio más difícil del mundo y, como decía el mío, “es estar preocupado por vosotros hasta que me muera”.

Otro asunto que también se ha instalado en el ideario psicológico o pseudopsicológico colectivo el “fobismo”. Una cosa es la hidrofobia, que va asociada a la infección vírica de la rabia y es un síntoma puramente biológico, o la claustrofobia, la fobia social o la agorafobia, que son patologías mentales perversas por un mal funcionamiento de la almendra, y otra cosa es la homofobia, la gordofobia, la hobofobia y demás fobias de naturaleza sociocultural. Pero en el “totum revolutum” de esta civilización de la información desinformada, parece que todo tiene la misma entidad. Esta progresión del fobismo a mi me parece un poco torticera, que a algunos les renta más que las acciones de Endesa, porque de toda la vida ha habido gordos y homosexuales y vagabundos y viejos y hasta bajitos como yo. Y cualquier característica individual ha servido de chascarrillo. Verbigracia, a mi algunos de mis amigos me llaman “el enano barbudo” y mis actuales compañeros “el viejo gruñón…y tan a gusto. Y el fanegas de mi cole respondía a las iniciales P.V., para evitar demandas, jugaba muy bien al fútbol, sudaba como un pollo y se ponía colorado como un tomate con cualquier esfuerzo. Y le queríamos porque era muy buena gente. Pienso que cuando el común de los mortales utiliza en tono despectivo una característica personal no se debe a esa particularidad, sino al desprecio, asco o ira que provoca el carácter o las actitudes de esa persona, y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Mi padre lo llamaría tener manía y a correr. A lo otro lo llamaría ser mala persona, lo que ahora diríamos patológico y que no es sino odiar específicamente por un rasgo a todos los que lo comparten. Eso ya es una forma de psicopatía, y hay que hacérselo mirar. Desgraciadamente, eso cuesta dinero, me permito añadir…

A lo que estaba… Seguro que también habrá paternofobia y filifobia, y fobias innominadas que irán surgiendo en el ámbito familiar. Igual nos hemos vuelto todos gilifílicos y amamos las gilipolleces, que también pudiera ser. El caso es que hay progenitores que odian a sus vástagos y sucesores que detestan a sus antecesores. Como toda la vida de Dios, en ocasiones con razón y en ocasiones sin ella. No hay problema. A no tardar mucho surgirá algún sesudo estudioso de la Universidad de Rascanalgas del Condado, que proliferan mucho más las universidades que los níscalos, que elaborará una compleja teoría sobre el tema. Y medios de comunicación y asociaciones de defensa de lo que sea que lo “visibilizarán”, verbo que, por deformación profesional supongo, siempre me evoca luces de emergencia y chalecos amarillos en una carretera secundaria sin iluminar. Aunque igual esto de las redes, los periodismos ideologizados y los tertulianos fanático-vociferantes no es sino un puerto de montaña con un asfaltado estrecho y en un paraje oscuro y apartado.

Por último, y por no cansar, están los psicólogos de la madurez, que enfatizan las bondades de la sabiduría viejuna y lo satisfactorio que es ser conscientes del legado que dejas. Cosas que se desarrollarán, imagino, en el espacio de tiempo que transcurre entre dejar el nido vacío, que te vacíen el nido y la cuenta corriente ya de paso, y la crianza de malvas. Con todos mis respetos, cambio la poca sabiduría que haya podido alcanzar a estas alturas por pasear sin la puta faja ortopédica, por dormir ocho horas de tirón roncando como un jabalí berraco en celo primaveral y por digerir el cocido sin más sobresaltos que los gaseosos, y eso sin entrar en más detalles por no dar lástima…

Por más que se empeñen en hacer experimentos y metaanálisis, esa psicología popular del refranero siempre acaba por parecerme más acertada. O tal vez, con el paso del tiempo, va ganando valor como las antigüedades. Aunque también me da que algunos investigadores de la psicología deberían ir al psicólogo, porque son gente que trata de explicar cualquier angustia en términos científicos por el procedimiento de encajarlos a capón en sus opiniones, y, sobre todo, dejando su impronta, como cuando los perros se mean en el árbol o cuando el personaje de Morgan Freeman en “Cadena perpetua” graba a punta de navaja que estuvo en el mismo cuartucho que Brooks. Pero será el precio que hay que pagar por el avance en el conocimiento, y, si lo que se descubre sirve para algo, bienvenidas sean las inyecciones de autoestima.

Esto no es más que otro delirio, que quede claro, por el que me disculpo. Los psicólogos de trinchera merecen todo el respeto del mundo. En una sociedad deshumanizada y alejada de lo esencial, hacen el papel de padre, de madre, de hermano, de médico de cabecera, de amigo de bar y de cura de parroquia rural. El hecho de que tengamos enfermedades de rico, que los que tienen que buscar de comer cada día no tienen tiempo para depresiones, no hace que dejen de ser enfermedades. Hacen falta, y hacen falta muchos más a tenor de las cifras, porque traducen la bioquímica a román paladino y, como modernos chamanes, devuelven la esperanza a los desesperanzados.  Lamentablemente, que hubiese los necesarios también cuesta dinero…

 

En fin, remato afirmando que yo tengo la suerte de no necesitarlos, porque cuando no sé para donde tirar, busco en el disco duro las entradas que empiezan por “Hijo…” y siempre encuentro una respuesta. Mi padre no era un elfo ni un psicólogo, era un señor bajito con bigote. Y de pocas palabras. Pero sabía lo que es la vida. Y lo corta que se hace. Allá donde ande, le pido perdón por el nido vacío, por el nido lleno, por creerme más listo que él y por si alguna vez no le di un beso o no le dije que le quería.

 

Se os quiere, por cierto. El besuqueo lo dejaremos para después de la pandemia.

 

 

 Feliz Navidad y esas cosas...


 

sábado, 16 de octubre de 2021

Posición de tiro, de Ramón Rodríguez

 


“Posición de tiro” es la primera novela del director y guionista cinematográfico Ramón Rodríguez, de origen asturiano y afincado en Bustarviejo (Madrid).

Ya había escrito Rodríguez numerosos guiones y el libro sobre cine “Sjöstrom no es un mueble de IKEA” (bajo el pseudónimo de Javier Boltaña, T&B editores, 2015), y el salto a la novela lo ha dado con un thriller que aborda un tema inquietante: los asesinos profesionales. Sabemos que existen, pero no nos imaginamos cómo son. Ramón Rodríguez nos permite introducirnos en la piel, vida y pensamientos de un asesino a sueldo en un atractivo formato de diario para revelarnos algo aterrador: que pueden ser personas aparentemente normales que a través de diferentes tapaderas camuflan su actividad. El libro no da respiro a la acción, y va preparando de manera creciente una situación asfixiante que engancha al lector, con un realismo que nos deja sin aliento y nos hará pensar si marcharnos de vacaciones en verano.

Como es esperable conociendo la trayectoria de su autor la novela contiene muchas referencias cinéfilas (La ventana indiscreta, Casablanca, Fargo, y más) y literarias (con un guiño al cuento Emma Zunz de Borges). “Posición de tiro” es todo un descubrimiento en el género negro nacional, original y altamente recomendable.

Posición de tiro

Ramón Rodríguez

Autoedición, 2020, 268 páginas

Disponible en Amazon (9,99 € versión impresa y 2,99 € versión electrónica):

https://www.amazon.es/Posici%C3%B3n-tiro-Ram%C3%B3n-Rodr%C3%ADguez/dp/B086PRLXLK/ref=tmm_pap_swatch_0?_encoding=UTF8&qid=&sr=


martes, 5 de octubre de 2021

Fonda de la confianza


 

No es la confianza algo de lo que andemos muy sobrados en estos tiempos de distancia social, fake news y política-basura, en los que las redes sociales y las relaciones virtuales suplantan a las verdaderas relaciones.

Por eso es importante celebrar lo real, y pocas cosas más reales que sentarse en torno a una mesa con gente querida en un lugar estimulante. Como la Fonda de la confianza, que abre sus puertas para traer, a decir de sus gestores, "una cocina de oficio, sabrosa y reconocible pero actualizada bajo una visión contemporánea del comer clásico de Madrid". Y es que detrás de la Fonda de la confianza hay un equipo de primer nivel, con trayectoria, prestigio, ilusión y vocación, que garantiza que la experiencia de comer se va a tornar en un placer. Con la falta que nos hace.

También da confianza leer la carta, equilibrada, personal y original, que combina escabeches, arroces, guisos y otros platos fuertes, con la opción en muchos de sus platos de optar por la media ración. Al lado de una buena pitanza, que no falte una buena botella del que Don Pío Baroja decía que era el mejor camarada para el camino. Una carta de vinos adecuada a cada gusto y elección. Y para prolongar el disfrute (que diría el anuncio de geles de placer) nos proponen una carta de cócteles variados con vinos generosos de Jerez.

En definitiva, celebremos la llegada de la Fonda de la confianza, celebrar, confiar y disfrutar. Valores seguros.

Fonda de la confianza

Calle del Gral. Gallegos, 1, 28036 Madrid

91 561 33 65

info@fondalaconfianza.com

https://www.fondalaconfianza.com/

miércoles, 9 de junio de 2021

Primer Premio del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo”

 


LA CITA

 Él

La cita ha sido un desastre.

Es más guapa en persona que en las fotos y me ha parecido simpática.

Y el caso es que al principio todo ha ido bien: nos hemos saludado cordialmente con un par de besos y nuestras miradas se han encontrado. Pero luego, en el bar…

Creo que no le he gustado nada, nada en absoluto. Rehuía mi mirada, no hablaba, no sonreía y ni siquiera abría la boca.

¿Pero qué es lo que no le ha gustado? ¿Mi ropa?, ¿mi altura?, ¿mi aliento? No lo sé, pero ha sido algo. Está claro que soy un desastre y jamás tendré una relación en condiciones.

 

Ella

Ya es mala suerte, con lo que me gustaba… En la primera cerveza me he tragado el diente.


viernes, 4 de junio de 2021

Segundo Premio del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo”


 

                                                                ELISA

Quieto en una esquina, tras el telón y a oscuras, escucho cómo el murmullo de la multitud se hace cada vez más intenso. Ya es la hora.

Mientras vuelvo a repasar en mi mente la primera estrofa, me pregunto si todavía llevará flequillo. Si aún le darán miedo las avispas. Si seguirá viviendo en Madrid. Si esta noche habrá venido al concierto.

Suenan las primeras notas de la canción, se encienden las luces y explota el rugido de más de 60.000 personas que saltan con los brazos en alto y hacen temblar el estadio.

Más de ocho años después, mi pasado desnuda un caramelo cuyo sabor nadie imagina tan amargo.

Cruzo el escenario con paso firme, mi voz se abraza a una melodía que comienza a recordar el día que la conocí y por dentro no dejo de repetirme que debería salir a buscarla y pedirle perdón.

martes, 1 de junio de 2021

Tercer Premio del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo”



EL PELIGROSO USO DEL SOMBRERO

 

Estornudó con fuerza y en el pañuelo quedó su nariz.

Debió correr hacia el espejo del baño para poder acomodarla en su exacto lugar, no fue sencillo pero logró adherirla con presteza.

Ese fue el primero de los indicios de que algo no andaba del todo bien.

Al mes siguiente, con el episodio superado por la contingencia diaria, al descalzarse, su pie izquierdo quedó atrapado dentro del zapato acordonado marrón. La reinserción a la pierna fue menos trabajosa que la incrustación de la nariz. Por las dudas aquella noche durmió con los zapatos puestos.

Comenzó a meditar cada acción que desarrollaba para impedir desacoples y temiendo por la pérdida de algún fragmento de su anatomía. Pero era imposible controlar todo, empezó a tomar conciencia de la cantidad de movimientos diarios que se realizan automáticamente sin previa reflexión. Para evitar males mayores consideró fundamental dejar de usar sombrero.

Cada día el problema tendía a agravarse.

Doble esfuerzo le costó encontrar los anteojos que se llevaron pegados los dos ojos, y no fue fácil recuperar los dedos que salidos del guante repiqueteaban en el piso del autobús.

El peine se quería quedar con todo su pelo y los dientes se fijaban a las cerdas del

cepillo.

Al intentar saludar al médico notó que su brazo derecho había quedado colgado, junto con su saco, en el perchero de la sala de espera.

Un extraño virus, opinó el doctor y le recetó goma de mascar y bebidas cola.

El episodio más desagradable lo llevó a la cárcel al ser acusado de exhibición obscena al salir de un baño público. Luego de este bochornoso incidente se volvió radicalmente obsesivo en el control de cada una de sus acciones. Sin embargo, a pesar de sus precauciones, nunca pudo saber en qué imperceptible movimiento perdió la cordura.

 

lunes, 31 de mayo de 2021

Fallo del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo”

Todos los santos tienen octava, más vale tarde que nunca, no por mucho madrugar amanece más temprano, no hay mal que cien años dure, estación perezosa nunca fue viciosa, quien buen ajo planta, buen ajo arranca. Gracias por la paciencia.

Después de esta temporada extraña y trabajosa, el Ilustre Jurado del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo” ha fallado. Tomad esta afirmación como queráis.

Lo que es seguro es que ha decidido los premios del concurso, que han recaído en los siguientes relatos y autores:

1er  Premio del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo” para el relato titulado La cita, escrito por Mari Luz Sánchez Pareja.

2o Premio del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo” para el relato titulado Elisa, escrito por Jorge Cappa Fernández.

3er Premio del VII Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo” para el relato titulado El peligroso uso del sombrero, escrito por Gustavo Eduardo Green.

Enhorabuena a los agraciados. Sus relatos serán publicados en estos días para que todo el mundo pueda disfrutar de ellos.

Agradecemos infinitamente a todos los participantes su generosidad por compartir sus trabajos en este humilde concurso, y animamos a los que no han ganado a que sigan escribiendo, que es una de las cosas que dan sentido a la vida.

Muy a nuestro pesar esta edición no haremos acto de entrega de premios. Aunque la situación pandémica a día de hoy es esperanzadora a pesar de tanto incapaz, creemos que no merece la pena exponer a nadie a ningún riesgo. Ojalá que la próxima edición podamos volver a hacer lo que más nos gusta, además de leer y escribir, que es compartir unas cervezas con nuestros amigos mientras entregamos los premios y leemos los relatos. Entretanto, leed, escribid, bebed, amad, vivid.

 

Licencia Creative Commons
La siguiente la pago yo por Rick, Diógenes de Sinope y Albert se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.