viernes, 19 de agosto de 2011

El sexo y la madre que lo parió 2

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 07/04/2011

Profundizando en el estudio sociológico que tan brillantemente elaboró el gran Pepe días atrás, a cuenta de que una Universidad de Dios sabe donde se había pulido un pastizal en una investigación para demostrar que la palabra “sexo” en un titular atrae a los lectores, y fruto de una profunda introspección realizada en los dos minutos que, a las siete y media de la mañana,  me dejan mis hijos sólo en el cuarto de baño (“jornada de reflexión” es como denomino a ese tiempo), antes de ser interrumpido en tan esenciales quehaceres por gritos como “¿Papá, donde está la camiseta de balonmano, que hoy tengo gimnasia rítmica?” o “¿Puedo rebozar en nocilla los copos de maíz?”, he llegado a algunas conclusiones que paso a exponer.

En primer lugar, el sexo, como el continuo espacio-tiempo, es relativo. Para algunos, acariciarse las mejillas es sexo. Para otros, mirar como su pareja se ducha, es sexo. Otro segmento poblacional solo considera sexo el coito. Hay quien considera sexo un beso y quien considera sexo un azote en las posaderas. Y así podríamos encontrar tantas definiciones de sexo como individuos entrevistemos. Al objeto de homogeneizar la consulta, establezcamos un estándar de sexo que pueda ser comúnmente aceptado: digamos que acto sexual es aquel que, protagonizado por dos adultos, como las novelas, consta de planteamiento, nudo y desenlace (y que cada uno decida lo que se plantea, si el nudo es gordiano o marinero y si desenlaza aquí o más para allá, y ya voy adelantando que el nudo y el desenlace suelen quedar por debajo del planteamiento, que la imaginación es más poderosa que el vigor).

A partir de aquí es donde la relatividad del sexo se manifiesta, desde mi punto de vista, en relación con dos factores esenciales: la edad y la disponibilidad.

En el vértice de la pirámide nos encontraríamos con dos adultos jóvenes, sin cargas económicas ni familiares y con espacio y tiempo disponibles permanentemente. Dado este supuesto, ancha es Castilla y dale que te pego, y hoy por ti y mañana por mí, y viva España, viva el Rey, viva el orden y la ley…. Campeones, campeones, oé,oé,oé.

Un escalón por debajo estarían dos adultos jóvenes, sin ataduras, pero sin un “nido de amor” estable. Podríamos denominar este estrato como el de “aquí te pillo, aquí te mato” y vale un turismo estacionado en lo oscuro, una tapia recóndita o un banco de parque solitario. Algún optimista dirá que le añade morbo. Le añadirá morbo la primera vez; luego lo que añade son restos de tierra en la ropa y contracturas variadas a causa de posturas insólitas. Pero como la juventud todo lo puede, medalla de plata y vas que te pierdes.

En el siguiente piso están los que ya son más maduritos, y por madurez se entiende tener un trabajo, ser titular de una hipoteca y, en su caso, haberse reproducido. En el factor tiempo ya sufres una reducción de importancia. Aquí ya hay una cierta disminución del ímpetu por causas físicas y, especialmente, por causas psicológicas. A diario llegas del curro a las diez de la noche y después de haberte comido una bronca del copón de la baraja, con más hambre que el perro del afilador y levantado desde las seis de la mañana, y hay que convenir que para farolillos no tienes la cuestión. El viernes y el sábado, con la ilusión de no madrugar al día siguiente, quieres recuperar el brío de los veinte y te esmeras, pero no mucho más. Y la situación se deteriora notablemente si has alcanzado el estatus de padre/madre. Cuando no lloran se ponen malos, tienen pesadillas, o sed, o pis, o no se pueden dormir. Las interrupciones constantes y esa forma de hacer el amor mientras mantienes una oreja levantada como si fueras un podenco rastreando perdices, deterioran la calidad del producto. Hasta los cuarenta, se te puede conceder un tercer puesto en el cajón del podio, como mucho.

De aquí para abajo, todo tiende a empeorar. Te quedas sopa en el sofá viendo la película. No sexo. Los niños, que ya han alcanzado el segundo estrato, salen de jarana y no te relajas hasta que no los oyes entrar en casa a las siete de la mañana golpeándose con los muebles y visitando el cuarto de baño con acompañamiento sonoro. No sexo. Cuando no te duele la cabeza, el lumbago no te deja vivir. No sexo. Y si, por casualidad y de manera sorprendente, estás hecho un chaval, tranquilo y con ganas, tu pareja no se siente igual y el resultado es no sexo y sí frustración. Y más adelante hay más.

Siguiendo el razonamiento de mi docto Pepote, esto no pasa con las cañas con los amigos. Con veinte, soltero, sin trabajo y sin hijos, me las tomaba con ellos y me lo pasaba como un enano. Con treinta, casado, con trabajo, con hipoteca y con hijos, me las seguía tomando con ellos y me lo pasaba de escándalo. Con cuarenta, con todo lo anterior y los primeros achaques, me las tomo con ellos y me lo sigo pasando de lujo. Y no se me representa ningún motivo para que esto no continúe con cincuenta, sesenta y los que vengan. Es posible que me tenga que tomar menos cañas, pero reírme me pienso reír igual.

Y podría seguir, pero el pequeño me está llamando, que no encuentra las botas de escalar, que hoy tiene partido de fútbol. Y, no obstante todo lo anterior, a pesar de mi edad, mis cuitas y mis dolencias, como mi mujer se despiste esta noche la pienso tirar los tejos, por si cuela.

Buena jornada y a disfrutar, que son cuatro días y tres llueve.

Diógenes de Sinope.

2 comentarios:

  1. Jo pe. ¿Y a mí que nunca me ha gustado la cerveza, que me queda..?

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  2. Una cocacola para el caballero!!!!!

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