A pocos kilómetros, al oeste de Córdoba, en un lugar donde el borde montañoso de Sierra Morena se pierde en la campiña, justo donde la sierra toma contacto con el valle, se encuentran las ruinas de lo que pudo ser y fue el entramado urbano de una ciudad que los arqueólogos identificaron como Madinat-al-Zahra, (ciudad brillantísima) que el califa Abd-al-Rahman III dedicó a su favorita.
La instauración del Califato cordobés implicó entre otras cosas la aparición de un nuevo modelo oficial en la arquitectura andalusí, formando parte de un nuevo programa de ostentación adecuado a la dignidad y status del jefe de Estado. Madinat-al-Zahra es pues la representación arquitectónica del nuevo estado omeya, suponiendo una nueva concepción en las relaciones del líder con la población, el dirigente se retira, se aleja a una ciudad palatina aislándose de la ciudadanía.
Abd-al-Rahman III buscó, para su ubicación, un lugar desde donde exponer la imagen de su califato con una gradación jerárquica siguiendo la tradición islámica oriental que vinculaba a los soberanos con la construcción de grandes núcleos urbanos. No obstante, la localización no dista de Córdoba teniendo muy buena comunicación y acceso entre ambas, pues la capital del Estado seguía siendo ésta. Este proyecto califal no es novedoso, tiene su precedente en el modelo de ciudad palatina, administrativa y áulica de la Samarra abbasi en oriente, aunque en el caso cordobés no se encuentre junto a un río. Se construye aprovechando la falda de una colina disponiéndola en terrazas artificiales marcando claramente una jerarquización del espacio.
De planta rectangular y con una superficie aproximada de 112 hectáreas, su organización urbanística en torno a un eje norte-sur, exceptuando la Mezquita aljama y los oratorios menores, que como es lógico en el Islam lo hacen hacia la Meca, presenta edificios principales construidos con sillares aparejados a soga y tizón y cubiertos con enlucido de estuco o con mármoles, dependiendo de su importancia. Se aprecia el intento de su constructor de imbricar arquitectura con naturaleza cobrando especial relevancia los jardines frente a las portadas de algunas edificaciones. Son jardines de raigambre y simbología sasánida, denominados de crucero, que presentan, o lo pretenden, las cuatro partes del mundo.
La mayor parte excavada es el núcleo correspondiente al Alcázar, el cual está dividido en dos sectores casi paralelos, el sector oficial a oriente y el residencial o privado a occidente, estableciendo una separación de espacios muy clara. Estuvo dotada la ciudad de toda una infraestructura viaria, hidráulica y de abastecimiento perceptibles hoy día en los restos arqueológicos, ofreciéndonos la imagen de una urbe relativamente autónoma.
Madinat-al-Zahra no tuvo una vida muy larga, fue fundada en 936 cobrando rápidamente gran actividad, con el traslado a ella de la administración estatal. Las fuentes documentan que en 941 se terminó la Mezquita, la Ceca se puso en marcha entre 947-948 y, tanto su patrocinador Abd-al-Rahman III como su hijo y sucesor Al-Hakam II, impulsaron el poblamiento privado en la medina alentando la edificación con desgravaciones fiscales. Pero a la muerte de este último, Al-Mansur el Hayib del nuevo califa Hisham II, y verdadero hombre fuerte de todo el Estado, trasladó la administración a Córdoba utilizando la piedra, como si de una cantera se tratara, para la construcción de otra ciudad por él ideada. Poco a poco la brillantísima urbe fue perdiendo importancia, agravándose con el deterioro y el expolio de materiales que sufrió desde ese momento.
La desintegración del califato a partir de 1013 por las guerras civiles (Fitna) junto al saqueo y el olvido explica la ocultación de la mítica ciudad. Fue a final del siglo XIX cuando se identifican las ruinas de Córdoba la Vieja con las de la ciudad califal, comenzando las excavaciones a principios del XX.
Son varios los aspectos que hay que destacar además de los ya mencionados. La jerarquización de los espacios importantes, como ejemplo la casa del califa (Dar-al-Mulk) situada en la parte más elevada. El sistema de control y los dispositivos de seguridad con la interrupción periódica de las calles en rampa y colocando puertas que al cerrarse forman estancos aislados. La colosal arquería de la puerta del Estado (Bab al-Sudda), verdadero telón escenográfico, su construcción solo es explicable dentro de la magnificencia con la que el soberano quiso impregnar su ciudad. Se trata de una arquería monumental que sin embargo presenta una decoración muy simple, solo las clásicas dovelas de enlucidos bicromados en piedra blanca alternada con ladrillo rojo, siendo todos los arcos de medio punto escarzados excepto el central que es de herradura. En el lado norte, más o menos en el centro de la muralla de sillares, se abre un acceso que conecta el camino pavimentado procedente de Córdoba con el mismo palacio. La Puerta Norte, como es conocida, es un acceso en recodo utilizado ya con frecuencia en la arquitectura militar islámica como sistema eficaz de defensa y control de paso al interior. Conviene mencionar que la muralla dispone en su interior de contrafuertes y en su exterior de torres rectangulares que hacen la misma función de los contrafuertes, además de la de vigilancia exterior.
Entre los magníficos edificios existentes dos sobresalen por su grandiosidad arquitectónica y por su función estatal. La Mezquita Aljama es uno de ellos, se eleva sobre una plataforma artificial en la terraza inferior donde las gentes de la medina tienen fácil el llegar a ella. Se encuentra extramuros del Alcázar porque es un espacio compartido entre la familia real, la aristocracia y las gentes del pueblo, pues la función doctrinal de un estado fuerte así lo requería. De planta rectangular y orientada al sureste se observan en las ruinas dos partes bien diferenciadas una de ellas era el patio con galería porticada en todos sus lados excepto en la fachada del oratorio. Este mismo espacio presenta en la entrada los restos del que fuera el alminar de planta cuadrada al exterior y octogonal al interior. La otra, el oratorio, de planta basilical de cinco naves separadas por arquerías de arcos de herradura perpendiculares al muro de la quibla, según las fuentes. Este muro, al igual que el de Córdoba, era doble, permitiendo un pasadizo reservado al uso exclusivo del califa para llegar a la maqsura desde el jardín alto del palacio, desde donde partía un sabat cubierto y descendente hasta un puente que salvaba el desnivel antes de introducirse en la Mezquita. Es la repetición protocolaria y de seguridad personal del príncipe que ya se efectuaba en la capital omeya y de tradición oriental sasánida, donde el alejamiento del pueblo le dotaba de cierto aire místico y divino.
El segundo edificio en cuestión constituye, sin duda, el espacio más cualificado y simbólico de todo el conjunto arqueológico. Se trata del conocido como el Salón Rico del Abd-al-Rahman III, excavado y reconstruido por Félix Hernández entre la década de los cuarenta y la de los setenta, debiéndose el nombre a su extraordinaria decoración. De planta basilical de tres naves longitudinales, siendo la central la principal, están separadas por dos baterías de arcos de herradura califales. Es aquí, según Antonio Vallejo, donde se formalizan las características del arco califal, trasdós peraltado, despiece de dovelas a la línea de imposta y sobre todo decoración asociada siempre a esa especie de envoltorio que es el alfiz. Las naves presentan al fondo, en sus cabeceras, arcos ciegos representando el de la nave central a imitación de un mihrab. Es en este lugar donde se ubicaba el califa en su estrado rodeado de los miembros de su familia y séquito gubernativo cuando recibía las embajadas o en los actos festivos y protocolarios. Estamos hablando pues de un espacio público dedicado a las recepciones y a las audiencias. Dos características son fundamentales en la técnica decorativa utilizada. La basada en la talla sobre piedra distinta a los paramentos y pegada después a ellos como una segunda piel y la nueva variedad de arco de herradura, ya comentado. En cuanto al programa decorativo de este salón también es significativo, el árbol de la vida con todos sus motivos vegetales era común en la arquitectura abbasi, señalándonos una muestra de que la realidad del califato oriental no estaba muy lejos en el califato occidental cordobés. Se completa el edificio con dos naves laterales, una a cada lado, dedicadas a usos secundarios pero necesarios como el almacenaje de toda la panoplia protocolaria, o para el descanso (alcoba) entre acto y acto de los miembros de la familia real. Siempre antes de la construcción de las habitaciones anexas que en el lado oriental se edificaron para este fin. Concluye la organización del salón un pórtico de entrada perpendicular a las naves a imagen de un iwan o nártex, y que sería copiado en futuras edificaciones palaciales islámicas como el Salón del Yeso de Sevilla o el de Comares en la Alhambra granadina.
El Andalusí
domingo, 9 de diciembre de 2012
Medina Zahara
viernes, 7 de diciembre de 2012
La duda
Me gusta mucho ver a la gente contenta. Pero tengo que reconocer que tampoco me incomoda ver a mi gente sumida en la duda. La duda es la prueba más evidente de que no has dejado de crecer. La duda se empecina en dejar patente que quieres seguir avanzando. La duda es ese desierto que separa dos oasis, un valle entre dos cumbres.
Nos enseñan que todo hay que tenerlo claro siempre. Nos enseñan que hay blanco y negro, luz y oscuridad, suerte y desgracia, vida y muerte. Pero tenemos que descubrir nosotros solos que también hay grises y penumbras, que demasiada suerte es una desgracia y que la muerte, cuando has querido y te han querido, es una vida en los recuerdos.
La duda es un examen, una reválida, una oposición. Hay que superarla para volver a la certeza. Queremos aprobar a toda costa, sin darnos cuenta que, una vez reinstalados en nuestras cómodas ideas preconcebidas, nos quedamos estáticos en un mundo en constante movimiento. Y camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.
De la duda nace el progreso. No solo el material, también el personal. Junto con la curiosidad, son dos potencias que nos hacen asumir riesgos y reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia. En ese proceso siempre hay sufrimiento, algo parecido al dolor que siente un adolescente mientras su cuerpo crece y cambia, mientras se transforma en adulto. Pero todos recordamos la adolescencia como un período mágico, el más apasionado de todos, unas etapas que se viven y se queman vertiginosamente. De aquellas dudas y de aquella curiosidad somos fruto.
Las dudas son peligrosas si se convierten en un modo de vida. Aquí si pueden llegar a inmovilizarte. Pero las dudas se atraviesan despacito y con buena letra o cayéndose de un caballo como San Pablo. Y al otro lado está una nueva verdad. Al menos, hasta la siguiente duda.
Hoy no ha sido un buen día. Solo en un autobús vacío, camino de casa, tenía la sensación de que mi vida se ha convertido en una moviola en la que se repiten ad nauseam las liturgias. Las risas de unos adolescentes que se han subido en Plaza de España me han dado aire. Luego mi hijo me ha dado un beso de buenas noches. Y aquí si que no cabe la duda: cada vez que tu hijo te de un beso de buenas noches, serán unas buenas, muy, muy buenas noches.
Eres una gran mujer. Sin duda. Hazme caso.
martes, 4 de diciembre de 2012
La obsolescencia programada
En el parque de bomberos de Livermore, California, hay una bombilla que lleva
encendida 110 años de forma ininterrumpida. El segundo coche de mi padre va camino
de los 50 años, y mi primer teléfono móvil aún funciona.
¿Por qué las bombillas de mi casa pegan un petardazo y las tengo que cambiar cada poco tiempo, un coche a los 10 años es prácticamente una tartana y los móviles se cascan en menos de una legislatura? ¿Nunca oyó que las cintas de vídeo caducaban, y a los 10 años dejaban de verse?
¿No ha pensado nunca aquello de 'las cosas duraban más antes'? ¿Y no se ha preguntado
nunca por qué, con los avances tecnológicos cada vez más impresionantes, los objetos,
en especial los aparatuquis, tienen una vida demasiado corta?
Esta cuestión gira en torno al concepto denominado 'obsolescencia programada'. Podría ser el título de una película de los hermanos Coen o Wachowski, pero no. La obsolescencia programada consiste en fabricar productos con intención de que tengan una duración limitada, no de que resistan el mayor tiempo posible. Esto, desde el punto de vista del consumidor es algo extraño, pues uno siempre piensa que las cosas duren mucho, sin embargo la o.p. (que también es casi una marca de productos de higiene íntima femenina) se emplea por los fabricantes como un método para asegurarse, por ejemplo, de que una lavadora pete en unos 8 años como promedio, un televisor se vea de color verde antes de que pasen dos olimpiadas o un teléfono ni siquiera se encienda cuando casi no hemos aprendido a usarlo del todo.
Los humanos somos una buena muestra de obsolescencia programada; si antes no hemos sucumbido víctimas de alguna toxicomanía, accidente de tranvía o de una sobredosis de telebasura, al llegar a una edad provecta nuestro mecanismo echa el cierre, y a otra cosa.
Pero todo esto me hace pensar en si la o.p. no podría tener algunas aplicaciones de lo más prácticas. Por ejemplo, los políticos. ¿No estaría bien que nuestros queridos representantes, pasado un tiempo prudencial y de forma automática, se volvieran inútiles? Bueno, en realidad eso ya lo parecen desde el principio; me refiero a que podría ser que cuando un político llevase un tiempo máximo en su cargo, directamente quedase anulado para seguir ejerciendo, sin necesidad de elecciones, y sin riesgo de que él mismo se considerase tan imprescindible que sufriese la tentación de repetir. Lo malo es que algún listo inventaría algún tipo de sistema de reciclaje por el que los políticos obsoletos tuviesen algún retiro cómodo y bien remunerado. Tengo la sensación de que esto ya existe, me parece que el europarlamento es algo así, y los eurodiputados son políticos que han llegado a su obsolescencia y ya que no sirven para nada se lo llevan crudo en Bruselas. Mejor sería que reventasen, como las lavadoras.Y digo yo, ¿las agencias de rating no tendrán caducidad??
Lo que representa un ejemplo claro de obsolescencia programada es el amor. Al principio es todo lustroso, brillante, como un coche nuevo, con una línea moderna, y da gusto conducirlo. Pero según vas haciendo kilómetros, va perdiendo reprise, brío, la tapicería se desgasta, y cuando llega a un determinado tiempo de vida útil, se acabó; y vete a pedirle la garantía al fabricante. Esto es también aplicable al sexo, por supuesto, el aparato tiene su vida útil y luego no sirve para nada, al menos el masculino. Cuando después de un gatillazo ella dice '¿pero qué te pasa hoy?', es una respuesta razonable 'cariño, es la obsolescencia programada'. Ahí hay que hacer algún apaño, quizás con alguna reparación pueda estirarse (con perdón) la vida útil, por la cuenta que nos tiene.
A lo que voy es a que la obsolescencia programada no es más que la aplicación a la tecnología de lo que es en realidad la vida: las cosas se gastan, y hay que aprovecharlas antes de que se fundan, como las bombillas. Es decir, hay que usar los aparatos mientras funcionen. Hasta el mejor vino se estropea si se guarda demasiado tiempo, por eso hay que soplárselo en cuanto se tenga una ocasión adecuada, que puede ser, por ejemplo, que es martes, o que ha dejado de llover. Y si no le gusta el vino, una buena cerveza sirve igual, pero no la deje mucho rato, que se le va la espuma. Como decía Joan Manuel, 'no dosifiques los placeres, si puedes derróchalos'.
domingo, 25 de noviembre de 2012
La comedia salvaje
Un relojero, un cliente y una Guerra Civil.
Un seminario, falangistas y requetés, pilotos y milicianos, presidentes, generales, filósofos, un pelotón que vota democráticamente si ataca o retrocede, un ciego visionario, un comando plurinacional de libertadores sudamericanos dispuestos a conquistar España, crueldad sin límites, más crueldad absurda, independentistas que no saben que es la independencia y anarquistas enamorados de los coches de lujo, entre otros, protagonizan esta historia tan descabellada como su escenario.
A mí me ha gustado mucho. Pero mucho.
La comedia salvaje
José Ovejero 2009
385 páginas
Alfaguara
miércoles, 21 de noviembre de 2012
En la peluquería
Así que me armo de valor y me bajo a la peluquería.
En vez de salir a recibirme Antonio, mi peluquero de toda la vida, aparece una señorita de entre treinta y cuarenta años, con una cara que me recuerda a Anita Ekberg, y me dice que se llama Marga, que es prima de Antonio y que él ha sufrido un pequeño accidente y tiene que reposar unos días con un collarín cervical. Le digo que lo siento y hago ademán de marcharme. Me dice que espere, que ella misma me cortará el pelo, que es peluquera de señoras y de caballeros.
Si yo tuviese una cabellera difícil, seguramente le habría dicho que no, por desconocimiento de su pericia. Pero lo mío es fácil. Maquinilla al dos por detrás y por los lados y al cuatro por arriba, un par de retoques en el frontal y un rasurado en la nuca me dejan listo para el servicio. Me dice que en dos minutos está conmigo. Me siento y, sin gafas de ver, le echo un vistazo a la prensa. Se me juntan las letras y no llego a saber si Messi se pasa al cine porno, Nacho Vidal ha dado a luz en su casa o Sánchez Dragó se ha llevado la “Bota de Oro”.
Aparece la señorita y, hasta sin gafas de ver, me fijo en que no sólo se parece a la protagonista de “La dolce vita” en la cara: su anatomía también es muy semejante. Me siento en el sillón, me coloca la toalla y esa especie de mandil huertano que hace las veces de sobrecapa y me sujeta la cabeza con las dos manos frente al espejo, como valorando el material de trabajo. Yo miro también al espejo y no se me pasa el detalle de que el botón que cierra su bata a la altura del escote está pugnando por salir despedido ante la presión de tanta carne y tan bien distribuida. Empiezo a sudar levemente, por la imagen que compone mi cara bajo sus encantos y por la sospecha de que se ha dado cuenta de que a los ojos, precisamente, no la estaba mirando.
- ¿A navaja?
- No, no. Maquinilla.
- Vale.
No cuenta chistes. No habla de fútbol. Ni siquiera comentamos nada sobre los asuntos del barrio. Hay un silencio incómodo. Se agacha para alcanzar el enchufe de la afeitadora y saco dos conclusiones: que la bata va corta de tela y que se lleva otra vez el negro en materia de lencería. Ya sudo copiosamente, por los malos pensamientos y porque no sé si, a través de los espejos, se está percatando de mi turbación. Trago saliva y trato de distraerme repitiendo mentalmente la letra de las canciones de mi infancia.
Estoy con lo de “Mazinger es fuerte, es bravo, es una furia” cuando se produce la primera colisión. Ha topado su parachoques contra mi oreja. Doy un respingo y empiezo a respirar por la boca.
Los siguientes quince minutos son de pánico. Cada vez que se mueve hay alguna parte de su espléndida carrocería que me roza. Si sigo sudando así, en otros quince estaré deshidratado. Encima me sonríe constantemente, que otra cosa tendrá, pero amable es un rato.
Llega un momento que no aguanto más.
- Así, así está bien…
Me incorporo, me pongo perdido de pelos, saco con mis temblorosas manos el primer billete que alcanzo, uno de veinte, lo dejo sobre la repisa y sólo alcanzo a decir:
- Muchas gracias, quédate el cambio, que se mejore Antonio, buenos días…
Salgo a la carrera de la peluquería. Cuando recupero el ritmo cardiaco, me fijo en un escaparate que llevo el mismo look que el malo de “El último mohicano”. Verás cunado me vea mi mujer. Y cuando la diga que este corte de pelo me ha costado el doble de lo normal. A la próxima, me afeito la cabeza en casa y santas pascuas.
sábado, 17 de noviembre de 2012
La noticia del día: Se opera 90 veces para parecerse a Ken, el novio de Barbie
LA RAZÓN,
22 de octubre de 2012
Bíceps,
tríceps, nalgas, abdomen y, sobre todo, el rostro. Justin Jedlica, un
estadounidense de 32 años, se ha operado en noventa ocasiones para poner de un
lado, quitar de otro, con una obsesión: parecerse a Ken, el novio de la muñeca
Barbie.
Semejante
excentricidad le ha costado a Jedlica, por el momento, 100.000 dólares, una cifra
que no es definitiva porque ya ha anunciado que no ha quedado satisfecho con el
resultado y que está dispuesto a pasar de nuevo por el quirófano.
Según
explicó el joven en una entrevista con la cadena de televisión ABC News, su
frenética actividad en el quirófano responde no sólo a su pasión por el juguete
de la infancia de tantas mujeres, el novio de la mítica Barbie, sino porque
ante todo ama la posibilidad de “transformarse continuamente”.
Podía ser peor, y haber
querido parecerse a Bob Esponja, Mr. Potato o a la rana Gustavo.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Cicatrices
Cada mañana, al mirarme al espejo, tengo la esperanza de encontrarme con el rostro hidratado de Georges Clooney. Ya, ya sé que es pedir demasiado, pero puestos a soñar…
Lo cierto es que, cada mañana, me encuentro con mi propia cara, más bien hinchada, dicho sea de paso…Esos ojillos pequeños, la nariz carnosa, la barba desordenada, los dientes grises de bristaciclina y tabaco. La jeta de todos los días, un día más vieja.
Cada mañana, indefectiblemente, se me va la mirada a un pequeño cráter horadado en la prominencia que hace las veces de la punta de mi nariz. Es una cicatriz pequeñita, redondita, nada del otro mundo, que combina con un juego completo de cicatrices, de diferentes formas y tamaños, que me decoran la cara y otras partes de mi desastrosa anatomía.
Podría ponerme triste al contemplar la desolación que han dejado a su paso las batallas de esa guerra que llamamos vida. Sin embargo, como mis esquemas mentales se corresponden aproximadamente a los de un berberecho atlántico y consta por certificación médica que tengo un cable pelado en el cerebro que de vez en cuando hace cortocircuito, la verdad es que cuando veo mi boquete facial favorito, me pongo contento. Por dos motivos.
El primero, evidente, es que el hecho de mirarme el hoyuelo constata que estoy vivo. En presente. Feo como un orangután con sarampión, pero vivo. Y me consuelo pensando que igual es cierto eso de que el hombre y el oso…Aunque si fuera cierto, yo sería modelo de pasarela.
El segundo, que cada surco repujado en mi curtido pellejo es una prueba irrefutable de que he vivido. En pasado. He ido y he vuelto, he estado, he querido y me han querido, he odiado nada y no creo haber hecho méritos para que me hayan odiado, he disfrutado, he sufrido, he plantado un árbol, he escrito un libro y he tenido dos hijos, que lo realmente importante mejor por duplicado, me he bebido el Manzanares hecho cerveza, me he reído de mi sombra y de las de Grey, he abrazado a mis amigos y he amado a una mujer como solo un loco desesperado puede amar a una mujer.
Mientras me cepillo, pienso en el plan para ese día. No se me ocurre ninguno mejor que volver a poner en presente lo que he vivido en pasado (menos lo de tener hijos, que ya no está uno para trotes).
Y le doy las gracias más sinceras a esa diminuta cicatriz que me devuelve a la realidad mediante una auditoria de mi vida sin números en rojo. Bueno, salvo los del banco, pero… ¿He dicho acaso que el banco esté entre mis amigos, forme parte de mi prole o me enamore? Pues eso.
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