lunes, 1 de septiembre de 2014

El último trago

A Hemingway

Se sienta, frente a él, sin decir una palabra. El hombre lo mira, apático: la curiosidad no le da para más. El recién llegado se sirve de la botella. Abisma el último trago en su garganta. Arruga el rostro y golpea el vaso vacío contra la madera.
—Hola Andreson. Vengo a matarte.
Ole Andreson no se inmuta. Mira con ojos tristes a su acompañante. Decide que nunca antes lo había visto. Se encoge de hombros. Luego, con gestos cansados, tantea los bolsillos del chaleco, como si buscara algo. El otro se pone en alerta. Andreson se percata y sonríe para sus adentros.
—No se preocupe, es solo un comprimido— dice. En su mano aparece un frasco; en su interior se dejan ver unas cápsulas.
—¿Estás enfermo?— pregunta el otro, que parece haber recuperado la frialdad de sus gestos.
—No, es solo este dolor de cabeza…—responde con sequedad, casi al descuido, mientras alcanza la botella vacía.
— Creo que la acabé— sonríe malicioso el asesino— mejor pedimos otra. —El hombre se voltea; y dice a un camarero que traiga otra botella.
—Está bien, pero esta la pago yo— dice Ole Andreson.
El otro lo mira extrañado. Luego muestra todos los dientes y da un golpe sobre la mesa. El camarero llega con la botella. El asesino se la arrebata de las manos y sirve dos tragos generosos. Le alcanza uno. Andreson se lleva una cápsula a la boca.
—¡Por la vida!—dice el asesino y se empina del vaso.
—Por la vida— susurra Andreson y muerde la cápsula. El trago impulsa el cianuro hacia sus entrañas.


Noel Pérez García

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