viernes, 18 de septiembre de 2020

Metamorfosis

 


Le pedí al dios que fuere, una y otra vez, que me devolviese el contrato de alquiler de mi caldera en el infierno, aún perdiendo la fianza, para volver a jugar con mis ángeles ataviados de diablos.

Le pedí un descontrol agitado, no batido, con una aceituna ensartada en un palillo. Le pedí las noches que se llevó a hurtadillas, con sus decorados de calles de Madrid y sus bandas sonoras de taxista flamenquito y devoto de nuestra señora de radiolé.

Le pedí cervezas que sudan en su piel de cristal gotas frías, esas que empiezan a caer con pereza y aceleran al llegar al pie de la copa, y jotabés con cocacola con mucho hielo, servidos en esas lentes de aumento con la graduación para miopes de corazón que sólo los vasos de tubo esconden en el fondo.

Le pedí bailar "If you leave now", y "Moonshadow", y "Stay". Le pedí penumbras de soportales y farolas fundidas a la puerta del portal. Le pedí mi antigua hambre de risas y la carta de bromas que mis amigos me presentaban cada vez que pasábamos por las inmediaciones de un bar abierto.

Le pedí mi pasado, en una palabra.

Pero ese dios que fuere ha dado positivo en los test. Y todo lo que me ha mandado es un instante de tormenta y un imsomnio vacío de sueños y plagado de pesadillas sobre imbéciles que quieren cambiar el mundo y a los que el mundo les cambia con treinta monedas de plata, sobre pérfidos y mezquinos ególatras adoradores del poder y sobre la ceremonia de la estupidez convertida en rito sagrado. Pandemia rima con anemia. En consonante. Sólo hay excedente de carencias.

Estos tiempos me han metamorfoseado de ciego murciélago, buscador de vida en las oscuridades, en rata despeinada que se asoma al borde de los desagües a plena luz del día, buscando migajas de mohosas pasiones.

Puto virus. Puto tiempo.

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