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viernes, 10 de abril de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Artículos imprescindibles


Durante el confinamiento me estoy dando cuenta de que necesitaba un montón de cosas que antes no sabía. Además, con el tiempo que tengo por no ver la televisión (con lo que eso mejora la salud) he de emplearlo en ocupaciones alternativas. Por fortuna, entre los sectores que siguen activos está el de la distribución a domicilio, que lo mismo te puede llevar unos calcetines de borrego que la colección completa de “Ligueros del mundo”.
Así, he tomado la iniciativa de utilizar esos servicios para adquirir artículos de primera (o segunda) necesidad.
He comprado en Mamazon el kit del buen deshollinador, para dejar mi chimenea tan limpia como el curriculum de un ministro, y como tengo la suscripción modalidad Primo, no me cobran los gastos de envío si la compra es superior a 2.000 €.
Además he hecho un pedido del Pandemia Pack, imprescindible, que incluye un rollo de papel higiénico de 4 capas, una correa de perro, una máquina cortapelos, un tratado de Estadística, una crema de manos, el Diccionario de insultos Mourinho, edición ampliada, una suscripción a un webinar de regañar parejas y una bicicleta estática de 25.000 velocidades. Y por si fuera poco, con el pack vienen de regalo los tres primeros volúmenes de la enciclopedia “Catalanes universales”, dedicados a Joan Lennon, Pol McCartney y Marc Twain, prologados por el MHP Txorra.
Ya seguiré contando qué más encargo.

sábado, 4 de abril de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Miedo


Toca salir ahí fuera y lidiar con el miedo.
Este jodido virus no conoce. Y la posibilidad de entregar la cuchara está siempre presente.
Pero me da por pensar que morirse no es sino una circunstancia de la vida. No es preocupante. Lo malo es morirse sin haber hecho nada bueno durante la vida. Haber vivido sin saborear la vida. Haber vivido sin sentir la pasión. Sin haber cumplido con tu deber. Sin haber reído y llorado. Sin haber besado con el alma. Sin haber pasado por los cielos y los infiernos. Sin haber soñado sueños de verdad. Sin haber parado el tiempo y el dolor entre los brazos de alguien amado. Sin haber sufrido y haber mordido la manzana del placer. Sin tener alguien a quien llamar tu amigo.
Si nos toca morir, moriremos. Pero como Neruda, confesando que hemos vivido.
No hay que tener miedo a la muerte. Hay que tener miedo a no vivir.

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. El Dr. Coyote y el confinamiento


Dentro de la pandemia por el coronavirus, aunque parezca increíble surgen oportunidades de donde menos te lo esperas. Yo, que llevaba sin trabajar más años que el psicólogo del Joker, me encontré de repente con una oferta laboral. Mi amigo Sera, que siempre ha sido muy espabilado, montó una startup de suministros básicos a domicilio de productos de primera necesidad durante el confinamiento de la población. Y como necesitaba personal de confianza, y nula capacitación, me dijo que si quería trabajar. Así que me nombró General Manager del call center; o sea, me puso al teléfono para recoger los pedidos, y de repente me convertí en un trabajador esencial. El negocio no iba mal. Esa mañana, nada más empezar, a las 9, entró la primera llamada. Puse mi mejor entonación como siempre.
- “Tele-Serapio, le llevamos el morapio”, buenos días, dígame.
- Hola. Necesito una caja de coñac “Mango”, otra de “Anís del Moco”, doce tetrabriks de tinto “Don Simplón” y veinte litronas de cerveza “Miahou”.
- Sí, señor, cómo no. ¿Alguna otra cosa más?
- Ah, sí, un par de botellas de vodka rectificado de 96º.
- Lo siento, caballero, el vodka rectificado lo han prohibido las autoridades sanitarias. Y además se nos ha terminado.
- Maldición. Con lo que me gusta echarlo en el carajillo.
La voz ya me había sonado familiar desde el principio, pero solo conozco a una persona en el mundo que se eche esa especie de queroseno en el café.
- Perdone, ¿es usted, Dr. Coyote?
- Pues sí, ¿me conoce?
- Claro, Dr., soy yo, seguro que se acuerda de mí, me trató usted de mi adicción extrema a los escotes.
- Ah, sí, claro, claro, ¿y cómo le va?
- Estoy bien, Dr.; a veces tengo recaídas, pero los vídeos que me prescribió, de las Torrid Girls, me alivian bastante. Y ahora ya me ve, aquí, trabajando en la crisis. ¿Y usted? Hacía mucho que no le veía, antes del virus, ¿estuvo fuera?
- Eh, esto, sí, fuera, una temporada larga, tres años y un día. Unos negocios. Y ya ve, justo cuando me dan la condici…, digo, justo cuando vuelvo, me encuentro con una pandemia. En fin.
- Hay que tener paciencia, Dr., y mientras tanto, yo le mando sus pedidos, y hasta le puedo hacer un descuentillo. ¿Le interesa la tarjeta Sera-Club Premium? Acumula Serapuntos, y tendrá ofertas para clientes especiales.
- Bueno, bien, sí, hágamela.
- Perfecto, Dr., y ¿qué tal está su ayudante, la Srta. Bigmelons?
- Está tan buena…, tan bien como siempre, por aquí la tengo. El “Don Simplón” es para ella, que le priva.
- Ah, ¿pero siguen con la consulta, aun en cuarentena?
- No, no, ahora la consulta está cerrada, pero ella sigue trabajando para mí. Y no vea cómo. Bueno, entonces, ¿cuándo me envía la mercancía? El pedido, quiero decir.
- Enseguida, Dr.; ahora que es usted Premium, se lo lleva el Húngaro en un par de horas.
- ¿El Húngaro?
- Es de Trebujena, pero como no se le entiende nada le llaman así. ¿Paga con tarjeta, o cuando le llegue el pedido?
- De tarjeta nada, por favor, que no haya rastros. Con billetes.
- Ningún problema. Muy bien, Dr., ha sido un placer atenderle, cuando quiera, aquí estamos.
- De acuerdo, de acuerdo. Oye, esto, niño, ¿tenéis tabaco, y ya sabes, sustancias?
- Dr. Coyote, esta es una empresa seria. Somos un servicio público, por supuesto, lo que necesite.

jueves, 2 de abril de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Ahora


Ahora es cuando te das cuenta de que un coche es sólo un montón de hierros que te lleva de un sitio a otro. Que los vaqueros de marca te tapan el culo igual que un pijama de borra. Que el teléfono de última generación no te conecta más con los que quieres que uno de diseño prehistórico. Que las sardinas de marca blanca saben a caviar si todos los tuyos están sanos. Que el apartamento de la playa sólo es estupendo si puedes ir a la playa. Que un prominente fondo de pensiones no salva la vida.
Ahora empiezas a saber el valor que tiene la tranquilidad de tener a los que quieres a salvo. Lo que vale una risa, una conversación interesante, un baile, una cerveza rodeado de amigos. El valor de las personas anónimas que están a tu alrededor. La importancia de una limpiadora. Que a los ancianos los cuidan personas que viajan en vagones de metro atestados. Que la basura se recoge todos los días, que los periodistas te cuentan la actualidad. Que el mundo no empieza ni termina en una hipoteca, que tus impuestos sirven para pagar el salario de médicos y enfermeras. Que los policías y los soldados tienen sentido del humor y también lloran.
Los viejos, esos que se están muriendo después de dejarse la vida para traerte hasta aquí, dicen a veces que una hostia a tiempo es mano de santo. Y no les falta razón...
Ahora que duele...no lo olvides.

miércoles, 1 de abril de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Más



Contra el virus buscamos tratamientos que funcionen, vacunas efectivas, medidas que reactiven la economía, nuevos métodos para mejorar la prevención. En esto andamos todos, y en ello debemos seguir, con determinación y tenacidad. Esa es la prioridad.
Pero hay otros peligros que tenemos que tratar de evitar, que sin ser de la trascendencia de la enfermedad, se encuentran en las zonas laterales de esta crisis. El mayor, seguramente, las heridas en el alma. Los primeros, los que están afectados, pero los demás también, al ver tanta desgracia, tanta preocupación, tanta incertidumbre. Nuestras cabezas no han sido preparadas para esto, así que no está de más adiestrarnos un poco. Sobre todo, para saber apreciar mejor las cosas que, de tan disponibles, hemos dejado de valorar. Algunas son universales. Otras son de cada cual. Así, que cada cual las sustituya por las que le gusten más. Algunas podemos disfrutarlas desde ya, y otras las volveremos a tener en cuanto esta situación mejore. Aprovechémoslas.
Ante la pandemia, mas chistes, más besos, mas cañas, más Van Morrison, más paseos, más abrazos, más fresas, más champán, más Alejandro Dumas, más conversaciones, más llamadas, más piel, más fiestas, más Bacall, más Bogart, más deporte, más sexo, más Mozart, más silencio, más risa, más ajedrez, más estrellas, más churros, más rock, más Sorollla, más tinto, más caricias, más poesía, más amaneceres, más barbacoas, más de todo lo que os guste.

martes, 31 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Cuando todo esto pase



Cuando todo esto pase hay algunas cosas que no debes olvidar. Porque si te falla la memoria vas a tener un problema.
Cuando todo esto pase no se te ocurra protestar en las urgencias del hospital. Ni en la farmacia. Ni en el supermercado.
Cuando todo esto pase no se te ocurra faltarle al respeto a un médico, a una enfermera, a un reponedor, a un transportista, a un limpiador, a la gente de los servicios de recogida de basura, a los que cuidan los parques y jardines, a los conductores del autobús o a los del metro.
Cuando todo esto pase no se te ocurra menospreciar a un soldado, a un policía, a un agricultor, a un ganadero, a un vigilante de seguridad, a un celador, a un repartidor.
Porque cuando todo esto pase, debes recordar que tú estabas en casa cumpliendo con tu deber pero a buen recaudo. Y ellos salían cada día a la calle a jugarse la salud para tu bienestar y seguridad.
Y porque, no es una amenaza, es sólo información, si se te ocurre maltratar a alguno esos que está dando la cara en mi presencia, te voy a dar una hostia que te van a sonar los mocos a calderilla, que diría un castizo.
Porque no te merecerás menos.
Recibe un cordial saludo y... no seas gilipollas. Ni ahora, ni después.

lunes, 30 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. El horizonte



Es curioso sentir que estamos en el centro del mundo ahora mismo. Nos ha pasado que hemos sufrido, como sociedad, tragedias, atentados, crisis económicas, pero esto es diferente; en esta ocasión todos estamos involucrados. Unos, la mayoría, porque podemos formar parte de las estadísticas de afectados, otros, porque forman parte de ese ejército de personas que desde los más variados puntos ayudan al resto. Aquí todos somos los protagonistas, sentimos como las balas silban cercanas a nosotros, con la posibilidad real de alguna nos alcance.
Y tengo la sensación de que, al margen de los actos colectivos de ánimo, de la necesidad de devorar informaciones, del impulso de buscar culpables, en el interior de cada uno anida una especie de aturdimiento causado por la incredulidad de que todo esto esté sucediendo.
Stefan Zweig describía de manera admirable la seguridad que la sociedad europea, y en particular la austriaca, a la que él pertenecía, sentía en las primeras décadas del siglo XX. Nadie podía siquiera imaginar que ese mundo pudiera sufrir tal cataclismo que le hiciera desmoronarse, y bastó un soplo de inestabilidad para que Europa cayera como un dominó.
Hace 100 años no existían los medios de ahora, científicos, sanitarios, técnicos. No existían los antibióticos, por ejemplo. Y aun así se sentían tan seguros como nosotros, que por no tener problemas verdaderos nos vemos inclinados a inventarlos; pregunten a nuestros políticos.
Nuestra sociedad está enferma, pero no de virus, sino de soberbia y prepotencia. Y nos damos cuenta en momentos como este, en los que añoramos hasta lo más sencillo. Lo importante será ver si cuando el virus se repliegue, seremos capaces de sanar la dolencia más grave. Si seremos capaces de mantener esta actitud de agradecimiento a los demás, de ayuda a los que la necesitan, de solidaridad, de comprensión. A pesar de las pérdidas, algo habremos ganado si así sucede. Necesitaremos mucha memoria colectiva, y actos que nos la estimulen para que todo esto nos fortalezca como sociedad. Seguirán emponzoñando todos los que se empeñan en enfrentarnos, pero si somos capaces de sobrevivir a la pandemia deberíamos ser capaces de enfrentarnos a los profesionales del veneno, y no permitir que nos estafen más.
Estos días escuchamos consejos de todo tipo encaminados a sonreír, ser amables con los demás, tener paciencia, empatía, asertividad. Por favor, guárdenlos y léanlos una vez al mes, como mínimo, cuando todo esto pase.
Saldremos de esta, pero salgamos con un horizonte limpio, por favor.

viernes, 27 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Esperanza


Empieza a haber bajas en mis filas. Era previsible. Y es jodido bailar con la certeza de que nos van a dar hostias de todos los colores.
Preocupación por todos los que quieres y por los que no conoces. Un cielo que nunca había sido tan plomizo. Una amargura densa, algo así como la nada de “La historia interminable”. Es la tristeza, con toda su panoplia, y amenazando con más tristeza.
Y un fondo de ansiedad, una línea base de angustia que se mantiene en todo momento. Me despierto antes del amanecer para mirar el teléfono, a la espera de noticias. Más malas que buenas.
Pero, mientras fumo un cigarrillo en la ventana de mi habitación, Lorena, mi vecina del cuarto, de unos siete u ocho años, se pone a saludar a gritos a una compañera del colegio que vive al otro lado del patio. Le cuenta que sus gusanos de seda ya han hecho sus capullos. Que le quedan deberes de ayer, pero que hoy los terminará. Y que está haciendo un dibujo para su abuela.
Y esa voz cristalina le cruza la cara a la tristeza, y me llena los ojos de lágrimas, y me viste con una coraza invisible y me levanta la barbilla.
En un rato volveré a mi puesto. Preparado para derrotar a un virus que utiliza como artillería el desánimo, antes de intentar aplastarnos con su infantería. Hoy, a cubierto en un parapeto de voces infantiles. Un escudo de esperanza.

martes, 24 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Aplausos


Otro aplauso. A las ocho. Con la inestimable colaboración del conductor del 41, que hace sonar la bocina y levanta gritos de ánimo.
Y se me saltan las lágrimas. Hay una elemental inocencia, un deseo irreprimible de hacer algo, por poco que sea, en todas esas personas. Gente que conozco de vista, que han sido, como yo para ellos, figurantes en un decorado vital lleno de absurdas obligaciones innecesarias.
Cada cara revela ahora que hay un ser humano detrás de cada figura de mi cuadro existencial. Con sus historias, sus penas, sus glorias y sus vacíos. Cada cual en su ventana, aplaudiendo a nada para que el aplauso se convierta en todo. Empujando el aire. Parece inútil, pero hoy le voy a llevar la contraria a Einstein. La energía se crea. Y se transforma en más energía.
Mañana toca volver al campo de batalla. El miedo de tener que salir ahí fuera desaparece entre ecos de aplausos.
Aplaudid, aplaudid, malditos. De eso también depende nuestro éxito. Y gracias.

lunes, 23 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Oportunidades



Llevamos ya más días de los que querríamos, y muchos menos de los que nos esperan, de confinamiento por la pandemia, y cada vez nos vamos dando cuenta de lo felices que éramos antes de ello. El aislamiento, aunque sea en condiciones confortables y con la mayoría de las comodidades que necesitamos, nos genera un estado de inquietud comprensible por no poder elegir nosotros el no poder salir de casa, sino que nos venga impuesto. No importa que entendamos el motivo, y que compartamos la necesidad del confinamiento, lo que nos genera esa sensación de opresión es lo que se parece a un cautiverio.
De repente nos necesitamos mucho más los unos a los otros, si ya no puede ser el contacto físico, los abrazos, los apretones de manos o los besos (de todo tipo, casta, pelaje y condición), nos buscamos en chats, multichats, llamadas, multillamadas, mensajes, instagrams, o cualquier medio que nos conecte. Enviamos fotos, vídeos, mensajes de ánimo. Y nos preocupamos de los demás; aparte de nuestros más cercanos, también de aquellos a los que no frecuentamos tanto, y ahora nos damos cuenta de que deberíamos hacerlo más.
Muchas desgracias llevan aparejadas oportunidades. Casi ninguna de las generaciones que ahora poblamos este país vivimos la última gran catástrofe que fue la Guerra Civil, y la mayoría de los que la vivieron no la recuerdan con nitidez. Recuerdan la carestía, las mañas para sobrevivir en la posguerra, la ausencia de casi todo, y la ilusión por salir de ahí. Son nuestro mejor ejemplo para este momento, la cultura del esfuerzo, la sobriedad y la tenacidad. Y lo estamos viendo reflejado en todas las personas dedicadas ahora mismo a garantizar que nuestra vida sigue, confinada pero confortable, y si caemos, que nos ayudarán en los centros sanitarios.
Luchemos, y aprovechemos la oportunidad desde ahora mismo. Puede hacerse de muchas maneras. Ya hablaremos de ello.

domingo, 22 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónica epidémicas. ¡Esto es Esparta!



El puto virus nos sigue dando hostias sin descanso. Parece como si la Naturaleza hubiese decidido ajustar cuentas con la especie que la amenaza. Sin recurrir a grandes cataclismos. Por el sencillo procedimiento de seguir al pie de la letra aquello de “no hay enemigo pequeño”. Y nos sacude con el más ínfimo de los enemigos,…que nos está dando la del pulpo.
 No puedo dejar de pensar en el personal de urgencias. Me recuerdan a esos 300 espartanos en el paso de las Termópilas. Contra la avalancha, con los pocos escudos de que disponen en alto, resistiendo una acometida brutal de una fuerza mil veces superior. Con mascarillas en vez de cascos, con guantes en lugar de sarisas. Con alguien que, desde alguna parte, les grita “aguantad”. Y sus pies con esos patucos aislantes resbalan por los pasillos de los boxes, en un esfuerzo inhumano por detener el empuje.
 Y nos toca a nosotros no dejarles solos, y formar una retaguardia silenciosa, no combatiente pero presente, que, con la disciplina de seguir las normas, forme un muro en el que ellos puedan apoyarse para seguir empujando.
 Leí una vez que hay una inscripción en el lugar de la batalla que reza que “Aquí combatieron los Trescientos. No fueron derrotados. Simplemente murieron”. Pues, contra la opinión de mi admirado José Mota, no basta con igualarlo. Hay que mejorarlo.
Para que dentro de unas semanas podamos colgar una placa en cada urgencia en la que sea que allí combatieron nuestros sanitarios. Y vencieron y sobrevivieron, y nos regalaron la supervivencia a los demás.

jueves, 19 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Al tercer día



Y al tercer día, resucité. Bueno, no exactamente. Al tercer día tuve que ir a trabajar. Una obligación para romper esta insólita rutina con la rutina por antonomasia.
Y me esperaba el miedo. El mío propio y el del resto. No sé cuál de los dos más intenso. Guardando la distancia. Mirándonos de reojo. Apartándote disimuladamente de un compañero que se te acerca demasiado y percibiendo como se aparta de ti otro al que te has aproximado sin darte cuenta.
Las filas de uno cada dos metros adornando las aceras. Los guantes y las mascarillas.
Un carnaval de Venecia en el que todos hemos elegido el mismo disfraz, Polichinela de aislamiento multiplicado por mil. Un carnaval sin charangas ni chirigotas, sin alegrías, sin picardías, que nunca un carnaval fue tanto una fiesta del absurdo. El absurdo de la tristeza y de la desconfianza.
Los días se han pintado de gris para hacer juego con los hombres.

martes, 17 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Memoria



- Tenía cita con el médico a las 11, pasan 20 minutos y aquí sigo. Así funciona la sanidad pública, menudo desastre.
- ¿Hay alguien en la caja para cobrar? Ya está bien, no tenemos todo el día.
- Maldito camión, qué manera de entorpecer el tráfico.
- La policía nunca está donde hace falta, a saber a qué se dedican.
- Qué asco de taxistas, no saben conducir.
- Los picoletos siempre fastidiando a todo el mundo.
- La enfermera qué seca es. Ya podía sonreír, que yo le pago su sueldo.
- Estos mensajeros con las bicis son un peligro público, deberían suprimirlos.
- Los seguratas son unos matones, parece mentira que les paguen por eso.
- Las farmacias no hacen más que ganar dinero a costa de todos.
- Qué sucia está la calle, por aquí no pasan nunca a limpiar.
- ¿Los funcionarios?, unos vagos que no dan un palo al agua.
- El ejército es una institución anacrónica, no vale para nada.
- El metro y el autobús cada vez van peor, lentos, a golpes. Y qué antipáticos son algunos conductores.
Estas son escenas y comentarios frecuentes en muchas personas de las que ahora estamos metidas en casa esperando que la pandemia comience a remitir. Y a pesar de que todo el mundo siente incertidumbre, contamos con servicios básicos porque hay mucha gente que preferiría estar también en casa pero está trabajando. Ahora aplaudimos todas las tardes a las ocho, a los sanitarios, a los transportistas, a los perros o a los Vengadores. Pero cuando todo esto pase, o al menos se atenúe, deberíamos ser un poco más pacientes con tantas personas que ahora está dedicada a los demás; por altruismo o porque no tiene más remedio, pero lo está haciendo.
Todo puede funcionar mejor, la sanidad, los transportes, el tráfico, la limpieza. Y debemos hacer lo posible porque mejoren, podemos quejarnos, sugerir cambios. Pero además de tratar de que todo mejore, cuando nos veamos afectados por algún retraso o molestia deberíamos recordar este estado de alerta, y cuantas personas han colaborado en el bien de la comunidad. Y tener presente que aunque lo cotidiano en ocasiones sea incómodo, en los apuros nos ayudamos. Con paciencia y comprensión se vive mejor. Ánimo a todos, y gracias a los que trabajan para los demás. Y tengamos memoria.

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. El silencio



El silencio. El silencio se ha apoderado de Madrid. Quizá era hora de callar. Porque sólo así se puede pensar con lucidez.
La voz se queda en las redes. Con el sentido del humor, con la responsabilidad, con el agradecimiento. Con un amigo que canta el "Pongamos que hablo de Madrid" como un himno de la resistencia, acompañado de su guitarra. Con una imagen refrescante, un video solidario, una broma o un inédito paisaje urbano.
Y querrías estar en el parapeto, codo con codo con los trabajadores de la sanidad, desde el que vacía las papeleras hasta el más reputado especialista, con el personal de servicios que mantiene el pulso de la ciudad, con los camioneros, los almacenistas y los dependientes de la cadena de distribución de alimentos.
Aunque permaneciendo en casa ya estás en la trinchera.

lunes, 16 de marzo de 2020

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Día primero


Jugando con el sentido del humor y con el miedo, y con la sensación de aislamiento, y con la indignación por la estupidez humana y el orgullo por la grandeza humana, desde un cuarto que había planeado ordenar un millón de veces “cuando tenga unos días para estar tranquilo en casa” y que no me veo con ánimos de atacar.
Rozando con la familia, esa que echo de menos a diario porque lo cotidiano me la secuestra. Bebiendo una cerveza que no termina de saberme bien, será porque no tengo a mis amigos alrededor y el silencio y la birra no hacen buenas migas.
Repasando el catálogo de películas de esas plataformas que prometen la felicidad, desechando unas por antiguas y sin apetencia de otras por lo novedoso. Aunque sirve de termómetro de lo aburrido que puede resultar el pasado, por repetido, y del vértigo que produce lo desconocido, por incógnito.
Me pongo a pensar en los condenados a prisión. Cuando el aislamiento sea completo y no por quince días. Me acuerdo de Henri Charrièrre, el autor de “Papillon”, y de Steve McQueen en aquella celda de castigo de Cayena, o en aquella otra del stalag de “La gran evasión”, o de Clint Eastwood escapando de Alcatraz. Y lo malo es que esta pandemia no es un alcaide a la altura de Brubaker, ni tan guapa como Robert Redford.
Agarrado a las redes sociales como un náufrago a una tabla.

PANDEMonium. Crónicas epidémicas. Que no cunda el pánico



Apenas llevamos unas horas en que se ha declarado el estado de alarma, y tenemos medidas dirigidas a restringir la movilidad de las personas debido a la pandemia producida por la expansión del coronavirus Covid-19, que tiene nombre de fase de promoción inmobiliaria. Nada más conocerse el estado de alarma hubo una tremenda indignación, sobre todo en Madrid, por la inacción del Gobierno, que no montó una operación Salida como está mandado, sucediéndose los atascos en las salidas principales.
Por fortuna, los españoles estamos en buenas manos con unas administraciones coordinadas en la lucha contra el virus, tenemos muchas personas coherentes y consistentes, presidente, vicepresidentes, vicepresidentas, lehendakaris, presidents, ministros, ministras, asesores de todo pelaje y palmeros en general. El virus requiere de una estrategia coordinada de acción; ¿qué podría salir mal?
Los primeros paquetes de medidas tendrán una elevada incidencia en la solución de esta crisis. Lo más importante es que deberemos emplear diferentes términos para denominar el agente productor; es decir, koronavirus, coronaví, coronaviru o coronaviruj, según el territorio.
Otra medida inicial será hacer un trasvase de trabajadores de las plantas de producción de automóviles a las fábricas de papel higiénico, para compensar.
También se va a reforzar el sector de la fabricación de metros, para poder mantener la distancia de seguridad de un metro y medio entre personas cuando vayamos a la cola del pan.
Y en los sucesivos días podremos saber cuántas otras cosas vitales podrán hacer por nosotros nuestros capaces gobernantes.
De momento, solo es una sugerencia, podrían cerrar La1, Telecinco, Cuatro y La Sexta (hoy ponían a la vez OT, Supervivientes, First Dates y Évole). Si no sucumbimos por el virus lo haremos por sobredosis de telebasura.
Mientras tanto, gracias sinceras a cuantos nos ayudan de verdad desde muchas posiciones, empezando por los hospitales, y acabando en las cajas de las tiendas. Estos días iremos recordando a muchos de estos trabajadores.

PANDEMonium. Crónicas epidémicas.



La Siguiente la Pago Yo, en su permanente vocación de servicio púbico (perdón, público), desea aportar otra visión de estos tiempos complicados que vivimos, y ayudar a todos a sobrellevar mejor los aislamientos. Si durante la cuarentena no podéis: a) practicar sexo sin parar, b) tomaros unas buenas cervezas en casa, c) practicar sexo sin parar, d) leer muchos libros y escuchar buena música, e) practicar sexo sin parar, entonces os ofrecemos nuestra modesta contribución al solaz, con la serie PANDEMonium, una crónica satírica (somos unos sátiros depravados y nunca lo hemos ocultado) y alternativa de las experiencias que por desgracia todos estamos viviendo con la pandemia del Covid-19.
La crónica satírica incluye la crítica y el humor, pero excluye la falta de respeto y el mal gusto. A esto nos atendremos. Y todo el tiempo expresamos nuestra admiración y agradecimiento a todos los que velan por nuestro bienestar: los profesionales sanitarios, los policías, bomberos, limpiadores, cajeros, y todos aquellos que tienen que trabajar para asegurar que los demás estén bien. Y nuestra solidaridad con todos los que están sufriendo.
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