sábado, 6 de agosto de 2011

¡ Qué han robado el Códice Calixtino!!!!!!

Al cardenal, a una velocidad inusual para esa hora de la noche, un taxi le acercaba a su destino.
Disfrutaba en la anticipación de lo que, como siempre, sería una gran velada.
En el chalet de tres plantas con piscina en la que le complacía tener cita con Inés, nunca le habían decepcionado.
Con la lengua paseando de un lado a otro de sus labios, recordó su última visita hace tres meses y sintió una punzada indecente. Le zarandeó entero.
Esa casa del centro de Madrid, encerraba un tesoro que nunca se cansaría de admirar.
La idea, ya se le hizo revolucionaria cuando la descubrió hace dos años de mano de uno de los feligreses de la Basílica de la Virgen del Peligro, pero, desde entonces, le acompañaba toda la confusión y la maravilla de aquel prodigio con nombre de mujer.
Nunca averiguaría donde se hundían las raíces que convencieron a estas místicas a iniciar aquel recorrido, pero los paisajes alcanzados resultaban de lo más satisfactorios.
Imitando a los Samurais, las guerreras del local conocido como "nos la dejamos meter hasta por las orejas" decidieron desarrollar su parte espiritual hasta límites insospechados, en el intento de convertirse en súper-mujeres. Objetivo que habían alcanzado con creces para su deleite personal y la del resto de la comunidad masculina que las compartía.
Permanecer en estado de semi-oscuridad durante todos estos años, además de acercarlas a un estado óptimo de relajación y comunión con el Altisísimo, había conferido a su carne una textura y un sabor distinto, que realmente constituía una exquisitez.
Las horas dedicadas a la lectura y la oración, las había elevado a la categoría de monjas- guerreras.
Todas estas extraordinarias cualidades terminaban con ese acertado éxtasis en el que conseguían entrar a voluntad. Además de dejar su cuerpo ausente de conversaciones interiores con las que siempre resulta tan molesto compartir la búsqueda de un desahogo significativo, contraían los músculos de sus vaginas hasta el punto justo de acoplamiento, lo cual resulta de una utilidad mayúscula, puesto que uno no siempre necesita el mismo espacio sensorial entre el que hacerse paso hasta encontrar la eyaculación perdida.
Es cierto que la última vez que se encontraron, Inés mostró un entusiasmo desmedido por una de esas historias con la que le deleitaba mientras tomaban juntos algún alimento y él se despedía con la majestad y la pleitesía que aquella santa merecía.
De todos modos, el francés fue el que más le sorprendió. El religioso comprendió que por afinidad profesional y continuó con la recomendación de su realización.
Le sugirió, que el fin último de cualquier orden religiosa era encontrar el Perdón Divino a todos sus pecados y que, aunque estuvieran a punto de conseguirlo por méritos propios, recorrer el Camino de Santiago resultaba una celebración definitiva de todas sus creencias  y del Poder de Dios. Él sabía que las elevaría a cotas de realización imposibles de alcanzar para el resto de los mortales y esta idea le producía tanta satisfacción que no se pudo contener.
Saberse el responsable último de la salvación del alma de estas Damas de la Caridad que tantas elevaciones le habían proporcionado en esta vida, le invitó a acariciar el manuscrito que viajaba con él en el asiento trasero del vehículo. Le atravesó una excitación tan intensa que rezó para que el Sumo Conductor no pudiera encontrar ninguna relación entre la mancha y él.
Después de todo, obedecía designios divinos cuya explicación no se encontraba a su alcance, simple pecador al servicio de los intereses inescrutables del Señor.

Publicado por Alicia.

lunes, 1 de agosto de 2011

Las tiendas de chinos.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 23/02/2011

 Tengo un amigo que dice que las tiendas de chinos hay que subvencionarlas, porque te sacan de un apuro a cualquier hora. Yo no lo tengo tan claro.

Hace tiempo fui a comprar un cepillo de uñas, porque había estado hurgando en el motor averiado del coche de una novia que tenía, y la grasa me llegaba hasta la segunda falange. Entré todo dispuesto en la tienda. El chino parecía sacado de una película de Fu-Manchú (en realidad parecía Fu-Manchú), estaba en el ordenador haciendo un solitario (en chino), y cuando le pregunté si tenía cepillos para las uñas, apartó la vista de la pantalla y me miró como si me fuera a lanzar unos cuchillos al cuello. De repente pegó un berrido tremendo y dijo algo así como “aaaahshouay changgggg xoauchong”, que por el tono furibundo parecía la traducción de “¡Nunca rendiremos la fortaleza!”, pero debía ser otra cosa, porque apareció una mujer (china, naturalmente), que me guió por el laberinto de pasillos de la tienda, y finalmente cogió unos calzoncillos de estampado indescriptible y me los ofreció diciendo “¡Eto!”.

“No, yo lo que quiero es un cepillo para las uñas”, dije, haciendo el gesto de limpiarme las uñas. “¡Aaaahhhhh!”, exclamó la buena mujer con satisfacción por haberme comprendido. Hicimos los 400 metros-tienda de chinos en tiempo de record olímpico y llegamos al siguiente paso del via crucis; “¡Eto!”, repitió sonriente, mientras me señalaba una caja llena de pelapatatas ergonómicos. Traté de hacer el gesto más preciso, me arranqué una uña que parecía la hoja de una guadaña y se la puse ante su cara de espanto, diciendo en voz muy alta “¡Limpiar, uñas!”. El chino cantonés siempre se me ha dado peor que el mongol periférico, y empezaba a encontrarme más agitado que el cerebro de los hermanos Coen.

La siguiente parada de la chinese-gymkhana fue en la sección de cosméticos. “Vaya, nos vamos acercando”, pensé. A todo esto, tres o cuatro chinos nos seguían y observaban discretamente ante mi creciente desasosiego. “¡Eto sí!”. Cuando, riéndose, me alargó un frasquito de esmalte para las uñas color “Verde primavera en un lupanar de Nankín” noté como se me hinchaban las venas del cuello y sentí ganas de volverme verde yo y tirar las estanterías; miré a todos los sitios, por si me estaban filmando en una secuela de “La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos”, versión oriental y con cámara oculta, pero nada. La pobre señora no sabía qué hacer para calmarme.

Al final no encontré lo que buscaba, pero me llevé otros utilísimos artículos, como los post-it de Bob Esponja, el gato chino que saluda, y un cenicero que parecía decorado por la cuñada psicópata de Charles Manson, eso sí, con mis uñas más negras que la sentina de un buque y mi neurosis bailando la lambada siberiana.

Lo peor de todo es que el motor no arrancó y aquella novia me dejó.

Rick.

viernes, 29 de julio de 2011

De cena...

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 22/02/2011


El sábado pasado los niños se fueron de excursión con el cole. Y se produjo un hecho desconcertante: mi mujer y yo estábamos sólos en la ciudad. Aparte de los planes que yo ya llevaba urdiendo desde que supe que por una noche íbamos a ser de nuevo novios, y que no detallaré por ser obvios para los casados y perfectamente previsibles para los solteros, decidimos darnos un homenaje y cenar en un buen restaurante.

Ahí empezaron las dificultades: cada uno de los que yo propuse fue rechazado. Es verdad que eran todos gallegos o asturianos, que los menús siempre giraban en torno a las fabes y al cerdo en todas sus variantes y que era previsible que coincidiéramos con despedidas de soltero o equipos de fútbol amateurs celebrando algo. Pero todo ello se me representaba como positivo. La idea de mi mujer era otra. Un restaurante romántico, con velas, elegante, con platos novedosos, una experiencia de sabores y de ambientes. Y como mis planes para después de la cena podían depender de su estado anímico posterior a la velada, pues hice como con el windows: "Sí a todo ( recomendado)".

Segunda tribulación: encontrar ese restaurante soñado por mi amada. Yo sólo como el plato del día en algún bar cerca de mi trabajo, y mi experiencia reciente en la materia se limita a la cena de compañeros en Navidad, que ya se ha institucionalizado en uno cercano a la Plaza de Toros, donde hay carnaza y vino a discreción. Ronda de consultas. Mis amigos andan como yo en esta materia. Resultado nulo. Mi chica decide tomar los mandos y empieza a realizar llamadas a sus compañeras y amigas. Dos horas después, además de conocer el estado de salud, los problemas amorosos y familiares y los destinos turísticos de todas ellas, lo último en moda pret a porter, el coste de las intervenciones quirúrgicas estéticas más comunes y las novedades de los programas de mayor audiencia, mi mujer ya tiene un objetivo: el restaurante "La petite ville de Monfleur", en un céntrico barrio matritense.

Me pongo el único traje de chaqueta que tengo, elijo una corbata, me dice que esa no, elijo otra corbata, "no te va con los zapatos", elijo otra, la tercera y última de mi extenso repertorio, "esa peor, anda, mejor la primera", compruebo que la visa está en la cartera y que parezco diez años más jóven en el DNI, la subo la cremallera del vestido, se la bajo e intento bajarle todo lo demás, soy reprendido entre risas pícaras, la vuelvo a subir la cremallera no sin mordisquearle el cuello, vuelvo a bajársela ( siempre soy un candidato al premio a la perseverancia en esta materia), nueva reprimenda ya más formal, y al final, ponemos pie en la calle.

Taxista de orígen magrebí que parece no entender el GPS y que no deja de mirarle el escote a mi princesa, y encima 30 pavos, después de vistar el Madrid de los Austrias, la Ciudad Universitaria, el ensanche de Vallecas y parte de la Cañada Real. Pues empezamos bien.

En la puerta del restaurante, que visto desde fuera parece una caja de bombones diseñada para el cumpleaños de la Barbie Pija, un cruce entre neanderthal y retroexcavadora, al parecer eslavo, me pregunta :" ¿Tiene rrrrreserrrrva?", mientras me pone una mano en el pecho que parecía un manojo de bates de beisbol. Miro desconcertado a mi mujer, y me empiezan a temblar las rodillas. Como no tengamos reserva, el primo de Kingkong es capaz de arrancarme la cabeza. Mi mujer exhibe su mejor sonrisa y le contesta que venimos de parte de Margarita Nosequé. El tiranosaurio humaniza su rostro, me retira la mano del pecho, donde la corbata ha quedado convertida en un calcetín usado y empuja la puerta mientras brama con gran dulzura: "Pueden pasarrrrrr".

En el recibidor predominan los tonos pastel ( lo se porque lo dijo mi mujer, yo solo distingo los tres colores básicos y alguna gama de gris). Pero para pastel el maitre. Al maitre no le dejan participar en el desfile del día del orgullo gay por abusón. ¡ Qué manera de mover brazos y piernas, de ladear la cabeza, qué lenguaje, qué dicción y que grititos !. El tipo hacía que Nicole Kidman a su lado pareciese un camionero.

Nos llevo entre zalemas a una mesa con un mantel que parecía un cuadro pintado por un esquizoide en plena crisis, y nos acercó el menú con gran cimbreo de caderas. En la carta me resultó imposible identificar que alimentos componían los platos. Vale que yo soy un cenutrio sin preparación, pero... "Découvrez la nuit"... ¿ es un potaje de garbanzos?... o "Un plaisir occulte"... ¿ Tal vez torrijas ?. Y así sucesivamente.

Mi mujer me miraba buscando consejo, mientras yo padecía un bloqueo cerebral casi completo. Y... ¿ qué hace un español en un caso como este ?: cualquier cosa menos pedir ayuda, por el descrédito que eso supone para su virilidad. Así que levanté la mano con gesto de autoridad y, llegado el maitre, le señalé cuatro de las sugerencias del chef ( que debe ganar más que un diputado, visto el precio que cobran por lo que sugiere ) y me encomendé a todos los santos del santoral.

Pero no contaba con el vino. El maitre me recomendó un "blanc" para la "Mousse, il n'y a mousse, j'envide" y un "cavernnais du Platón" para el resto de las sugerencias. Sin saber que hacer, pestañeé, lo que interpretó como un sí. El resultado, ciento cuarenta eurazos en vino, que, dicho sea de paso, no me gusta.

Lo peor, sin embargo, estaba por llegar... Cuando al camarero avanzar entre las mesas con aquellos platos descomunales, mis glándulas salivares empezaron a trabajar febrilmente. ¡ Craso error !. Al estar yo sentado y él de pie, mi visión sólo abarcaba la parte inferior del plato, no su contenido. Cuando su mano bajó para depositar el plato en la mesa, mis ojos se llenaron de lágrimas. En el centro de aquella paellera solo un pegotito de un picadillo inidentificable, adornado con un chorrillo de un líquido negruzco y otro de un líquido amarillento que se entrecruzaban haciendo arabescos sobre la loza.

Y así las cuatro sugerencias. Si hubiese podido hablar con el chef, yo le hubiese sugerido algún orificio corporal distinto a la boca por el que introducirse aquellas insignificantes porciones de plasta, de sabor, por cierto, indefinible. Por más que el maitre, con gran atención por parte de mi mujer, se esmeró en explicarnos que los alimentos se deconstruian, se reconstruian, se reconquistaban, se maceraban, se maridaban, se divorciaban, se fundían y se coloraban y decoloraban, no conseguí encontrarle la gracia a todas aquellas perversiones que hacían con diez gramos de puerro, diez gramos de kikos, diez gramos de pechuga de faisán y una aceituna deshuesada.

Me empezaron a rugir las tripas, furiosas ante aquella broma de mal gusto. Cuando el chaval preguntó si postre o café, le pedí la cuenta y me despedí mentalmente de las partidas económicas destinadas durante el mes a fútbol en el estadio , cañas con los del trabajo y fascículos de " El servocroata sin esfuerzo", un curso de idiomas que sigo. Aunque cuando llegó la nota también dije adiós al tabaco ya liado y a los calcetines de felpa que ma habían fascinado desde el escaparate de la mercería de mi barrio.

Cuando alcanzamos la calle, yo, entre vahídos provocados por el hambre y la ruina económica, y mi mujer aliviada al comprobar que no había intentado acuchillar al personal del establecimiento, el armario ropero vestido de traje cometió el error de preguntar: " ¿ Han disfrrrrrutado de la cena?". Me reventé la puntera de los zapatos en su bolsa escrotal y agarré a mi mujer de la mano para emprender la más veloz de las huídas.

Al llegar a casa, tres sanjacobos, un tazón de leche con sopas de pan, dos sobaos pasiegos, un par de magdalenas, media tableta de chocolate, cuatro polvorones del excedente de navidad y un kiwi de postre me devolvieron la alegría. Y le propuse a mi mujer un plan improvisado, que de improvisado no tenía nada...



 Buenos días y buena estrella.

Diógenes de Sinope.

martes, 26 de julio de 2011

Mercaderes de soledad.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 17/02/2011

El otro día hablaba de los que trafican con la compañía. Para que seamos capaces de apreciar hasta que punto la habilidad del mercado nos excede, también la necesidad de soledad se convierte en un artículo de comercio.

En el metro, muchos leemos con la cabeza baja, tratando de abstraernos de la presencia del resto de usuarios. Se evitan las miradas, para que el contacto no sea siquiera visual. Los brillantes cazadores de ideas ya han reparado en ello. Y se dispara el consumo de mp3, mp4, y mp elevado a la enésima potencia. Unos auriculares son el camino más directo hacia el aislamiento. La música que nos invade nos separa de los demás, de manera que se convierte en una forma de rito privado, exclusivo y excluyente. Sólo yo viajo en mi música, de manera que estoy sólo.

Proliferan los desarrollos de la estrategia comercial, hasta el extremo que hay quien combina la música con la PSP, y el juego le transporta a un mundo virtual en el que vive sin más compañías. Y en casa, conectando el ordenador personal (y, por lo tanto, propio e individual) nos desconectamos de la familia. O con el portátil, en sus infinitas versiones, levantando un muro con quienes ocupan el espacio contiguo.

Hay ahora mismo un anuncio de un coche en el que, después de un frenesí de imágenes atropelladas, el protagonista se sienta al volante y el habitáculo del vehículo es un remanso de paz personal e intransferible.

También turismo de soledad. Recuerdo que, hace años, el Padre Hospedero del Monasterio de Samos nos explicó que había celdas para visitantes, personas que se alojaban en la abadía, regidos por las normas de silencio y recogimiento del establecimiento. Pagaban por pasar unos días solos, retirados del mundanal ruido. Sin la obligación/necesidad de comunicarse con nadie.

Valoramos las viviendas aisladas, para evitar la incomodidad de la relación vecinal o los deportes individuales, en los que tú único rival y tú único compañero eres tú mismo.

Y no se trata de esa necesidad que, en determinados momentos, todo ser humano percibe y que le lleva a deambular por un lugar solitario, con los pensamientos puestos en sus circunstancias o sin pensamiento alguno, simplemente dejando que el viento le acaricie la cara y el silencio le sosiegue. Llega a ser una apetencia casi enfermiza, que nuestra mente nos impone para compensar el caos de vínculos obligados e impuestos a que este modo de vida nos aboca.

Es posible que el genial Lord Byron tuviese razón cuando decía que cuanto más conocía a los hombres, más quería a su perro. Pero también dijo Aristóteles que el hombre solitario es una bestia o un dios. Esa soledad que nos venden me temo que nos acerca más a la bestia que al dios.

Como plan alternativo, me permito proponer un buen rato en una buena compañía y un garbeo privado y tranquilo, deleitándose en el callejeo y la caminata, hasta llegar a casa.

En cualquier caso, buenas noches, y que quien quiera estar sólo pueda y quien quiera estar en compañía la encuentre. 

Diógenes de Sinope.

viernes, 22 de julio de 2011

Traficantes de compañia.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 15/02/2011

Me llama mucho la atención un personaje que se repite casi cada día en mis desplazamientos en autobús. Es ese hombre/ esa mujer que viaja de pie, agarrado a la barra, dando conversación al conductor, en equilibrio inestable. Es tan constante esa presencia que parece que estuviesen en nómina en la EMT, como un elemento añadido a la oferta del transporte público, junto con el wifi gratuito y esa voz metálica que te dice cual es la siguiente parada y con que líneas enlaza.

En algunos casos, puede que sea un familiar o un amigo del conductor, que ha coincidido en esa línea y ese trayecto. Pero la mayor parte de las veces me da que es alguien que necesita hablar con otro ser humano. Y el conductor es una víctima propiciatoria ideal, atrapado en su caja y presente en todo momento.

Los cazadores de ideas para la industria, mucho más listos que yo, repararon hace tiempo en ese tipo de actitud. Y al hilo de esa necesidad de comunicarse, de regatear el aislamiento en un mundo superpoblado como nunca, el mercado, siempre en busca de demandas de los consumidores, genera diversas ofertas para satisfacer a los solitarios.

Las redes sociales proliferan sin control, para que puedas decirle al mundo las cosas que no eres capaz de decirle a tu pareja o a tu hermano. Llegan a tal extremo que hay quien narra, minuto a minuto, su existencia. Aunque la existencia minuto a minuto, hasta la del cantante de éxito o el futbolista estelar, es de una vulgaridad agobiante.

Los teléfonos móviles nos permiten enviar mensajes, fotos, videos, montajes y presentaciones en powerpoint, con la ventaja de comunicarnos evitando la incomodidad de la relación verbal, en la que siempre correríamos el riesgo de ser interrumpidos. Y, si ese riesgo no nos asusta, a nuestra disposición tenemos las tarifas planas, para charlar durante horas, sin decir nada en muchos casos.

Hay un boom de agencias de emparejamiento: te emparejan con tu amor soñado, con tus amigos perfectos, con tu comunidad de intereses. Nunca estarás solo si recurres a ellos. Por un módico precio encuentran al Príncipe Azul y a la chica de tus poesías.

Se dan cursos para aprender a ligar, para hablar en público, para superar la timidez, y hay infinitas publicaciones dedicadas a enseñarnos como alcanzar el éxito social.

Pero los bares están más vacíos que nunca. Hace años que no recibo una carta manuscrita. Ya nadie se sienta en la puerta de su casa en una silla de enea a charlar con los vecinos, y reduces los contactos con tus conocidos a “holayadiós”. La caña de después de la jornada laboral es ya una especie en peligro de extinción. Dar un paseo con tu mujer, mientras comentas las pequeñas novedades de cada día es inusitado. Y recordar aquel partido de fútbol con tus viejos colegas de siempre es poco menos que una ensoñación.

Es verdad que nos hemos impuesto/nos han impuesto una forma de vida que no deja espacio para todo esto. Pero… ¿vale la pena tener una televisión de 64 pulgadas y no saber si a tu hija adolescente le gusta el chico de la tienda de chuches? ¿Ese maldito adosado te ha secuestrado y te mantiene incomunicado con las personas a las que quieres y que te quieren? ¿Ciento cincuenta caballos de vapor te están alejando de quienes compartieron contigo la infancia o la juventud, eso sí, en doce segundos de cero a cien?

Es cierto que esto lo cuento en un blog, que no deja de ser otra oferta de comunicación perversa ideada por y para el comercio. Pero mis amigos pueden dar testimonio de que lo mismo digo con una jarra de cerveza en la mano, mientras me río de un chiste o me preocupo por una amiga que ha perdido su trabajo. Mis compañeros todavía no echan de menos mis bromas. Y mi mujer sabe que, como Roberto Carlos, yo soy de esos amantes a la antigua, que suelen todavía mandar flores….

Buenos días, y no dejéis pasar hoy la oportunidad de hablar con los vuestros o de conocer a alguien en la panadería. Igual os sorprende lo interesantes que llegan a ser las personas que tenemos a nuestro alrededor. 

Diógenes de Sinope.

miércoles, 20 de julio de 2011

El prospecto.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 11/02/2011

Me he levantado un poco congestionado. Ayer salí a correr, y ya me dijo mi mujer que a seis bajo cero es preferible abrigarse, pero por ese prurito de orgullo macho, opté por una camiseta de nylon sin mangas y unos minishorts de ganchillo beige que me hizo mi madre, de los que marcan las cachitas del pompis. Llegué a casa tiritando y con una acentuada tonalidad azulada, que contrastaba con el aspecto de gominolas de fresa que tenían los pezones y los lóbulos de las orejas, y solo después de una hora bajo el agua caliente de la ducha, tres tisanas cociendo y dos mantas eléctricas a pleno rendimiento conseguí dejar de temblar.

Así que me he ido a la farmacia y le he pedido a Crisóstoma, la farmacéutica, algo para el enfriamiento. Me ha dado unas pastillas que se llaman “Catarrón Absolut Quetecags”, en envase de novecientas cincuenta unidades. Menos mal que llevaba el carro de la compra, que si no tengo que coger un taxi para  recorrer los trescientos metros que separan la farmacia de mi casa.

Como Crisóstoma se rompió la mandíbula el día de su boda, al intentar su marido atravesar el umbral de su nueva casa con ella en brazos  (Crisóstoma no da en báscula  menos de diez arrobas en canal), vocaliza muy mal y no se le entiende nada. No he llegado a entender si tengo que tomar ocho pastillas cada hora o una pastilla cada ocho horas. Voy haciendo el cálculo mental: si son novecientas cincuenta pastillas, a ocho por hora y el tratamiento es de una semana… Sí, deben ser ocho por hora.

Llegó a casa, me pongo las gafas de ver de cerca e intento abrir el envase para leer el prospecto. La primera conclusión a la que llego es que el envoltorio ha sido diseñado por algún descendiente del doctor Menguele. Solo una mente retorcida en grado sumo puede concebir tal galimatías de pestañas de cartón, precintos plásticos, flejes metálicos y pegamento de cianocrilatro por palas. Tres cuartos de hora después consigo abrir el paquete, a costa de reducir el prospecto a un montoncito de papeles del tamaño de una moneda de céntimo y a espolvorear todo el salón de casa con cápsulas del medicamento, eyectadas en el último y brutal tirón de la última y definitiva pestaña. Además, con la bestialidad del esfuerzo, mis gafas de ver de cerca reposan en el florón de la lámpara.

Apenas una hora después he recuperado las gafas sin daños de importancia y he recolectado las píldoras en su totalidad. Me pongo a recomponer el prospecto, ayudado por las indicaciones que encuentro en Internet sobre restauración de papiros egipcios de la XII Dinastía.

He invertido otra hora y cuarto y tres rollos de celo en recomponer el prospecto. Voy a su lectura:

“¿Que es Catarrón Absolut Quetecags ? Pertenece al grupo de los medicamentos llamados seborreicos, por su textura grasienta. Se utiliza para el catarro de toda la vida de Dios. “(Bueno, parece que se entiende bien.)
“Antes de tomar Catarrón Absolut Quetecags:

NO LO TOME SI :
-          Es alérgico a Catarrón Absolut Quetecags ( parece lógico )
-          Es alérgico a los medicamentos seborreicos (normal…)
-          Es alérgico al polen de cannabis ( No sé si lo soy, solo fumo “Ducados” )
-          Es alérgico a los derivados comestibles del PVC ( supongo que se refiere al pollo congelado del supermercado)
-          Es alérgico a los anuncios navideños (sí, eso sí, pero estamos en febrero ).

TENGA ESPECIAL CIUDADO:
-          Si padece cualquier patología mortal en fase terminal (¿Para qué tener cuidado?  ¿Por si te pones malo?)
-          Si ha consumido varias cajas del mismo producto en las dos últimas horas. Existe riesgo de sobredosis. (Si los envases son de novecientas cincuenta pastillas, es materialmente imposible consumir varias cajas en dos horas, a menos que seas un elefante asiático hambriento o el tragasables del Circo Mundial).

USO DE OTROS MEDICAMENTOS
No combine Catarrón Absolut Quetecags con queso de Burgos de marcas blancas, con anticonceptivos, incluidos preservativos comestibles, antidiarreicos, y del efecto rebote ya da idea la tercera palabra del nombre del medicamento, anticongelantes para trenes de mercancías ni aerosoles fijadores del cabello, vulgo laca.

Su utilización combinada con alcohol, incluso en dosis pequeñas, de seis u ocho litros de vino o un par de botellas de ron, puede provocar daños en el hígado (si te soplas eso a diario, no creo yo que el hígado se vaya a poner pejiguera por una porquería de pastilla).

POSOLOGIA
Vd. vaya tomando y cuando se encuentre mejor, lo deja de tomar (Pues estoy jodido. Nada, lo dicho, ocho pastillitas cada hora y listo).

POSIBLES EFECTOS ADVERSOS
Su uso puede producir:
-          Colesterol LDL, al estar compuesto esencialmente de morcilla de cebolla.
-          Picores en el orto.
-          Pérdida capilar en la zona del occipucio, de tanto arrascarse la cabeza.
-          Caspa generalizada en las zonas púbicas y en las axilas, de tan densa consistencia, que se va a creer que se ha untado de manteca.
-          Flatulencias armónicas, en si bemol.
-          Pérdida de visión, si se tapa los ojos.
-          Flojera de corvas.
-          Espinillas bravías, encaste Albaserrada.
-          Disminución del deseo sexual (si es varón, en vez de apetecerle hacerlo constantemente le apetecerá sólo casi constantemente, con períodos de varios segundos de inapetencia).
-          Si es jubilado, puede provocar bajadas de pensión.

ADVERTENCIA:
NO PILOTE AVIONES DE PASAJEROS DE LÍNEAS REGULARES (NINGÚN PROBLEMA PARA LÍNEAS LOW COST), NI CONDUZCA TANQUES PANZER, NI DESACTIVE ARTEFACTOS EXPLOSIVOS, NI PRACTIQUE INTERVENCIONES QUIRÚRGICAS A CORAZÓN ABIERTO SI ESTA COMPLETAMENTE BORRACHO, CON INDEPENDENCIA DE QUE CONSUMA O NO ESTE MEDICAMENTO. “


Después de leer el prospecto, he llegado a la conclusión de que me voy a tomar un vaso de leche con miel y me voy a meter en la cama. Y como pille al del laboratorio farmacéutico le voy a dar para el pelo.


Buenos días y buenas vibraciones. 

Diógenes de Sinope.

lunes, 18 de julio de 2011

La formación lo es todo.

REEDICIÓN. Publicado originalmente el 10/02/2011

En esta sociedad en crisis hay que buscar soluciones y alternativas para paliar los problemas. Pero aunque no siempre nos demos cuenta hay una serie de figuras y personas imprescindibles para poder llevar una vida normal; lo que sucede es que a veces falta formación. Para poder ser competitivos hemos de alcanzar un grado óptimo de profesionalidad, por eso creo que hay que fomentar las actividades de formación en todo nuestro entorno. He aquí una lista de cursos, talleres, grados y actividades que no deberían faltar para adaptarse a los tiempos que corren:

- Curso superior de encabronar clientes. Dirigido a trabajadores de servicios de atención al usuario (Touching balls degree especial para las compañías telefónicas y de internet).
- Taller de frenazos bruscos para conductores de autobús.
- Grado de especialidad para camareros de restaurante: “El arte de confundirse en los segundos y tardar hasta la irritación en traer la cuenta”.
- Magister en informalidad: dirigido a fontaneros, electricistas y albañiles (incluye el módulo especial “Retrasarse 15 días”, y el posgrado “Cómo pasarse siempre del presupuesto”).
- Curso de diseño de carriles-bici estrechos y muy peligrosos (consultar tarifas especiales para el Ayuntamiento de Madrid).
- Diploma de estropeador de cajeros automáticos estratégicos.
- Curso de desorientador para médicos y abogados: cómo producir una jerga incomprensible para el cliente / paciente.
- Técnico superior molestador urbano (modalidad I): molestador en autobús y metro (incluye teléfono móvil a volumen elevado y sin modo “mute”).
- Técnico superior molestador urbano (modalidad II): molestador callejero (incluye kit con perro, flauta, y fijador X-trem para cresta capilar).
- Bachelor de ensuciado de aseos públicos. Seminario especial: “Cómo mearse todo fuera”.
- Tertuliano de radio y televisión (Estudios requeridos: graduado escolar).
- Taller “Cómo no dar ni una en los sondeos electorales: nuevas tecnologías” (incluye bola de cristal y baraja de tarot gitano).
- Jornadas de montaje de nuevas ONG’s. Con la colaboración de “Aparcacoches sin fronteras” y “Chorizos mundi”.

Saludos, y que nadie se ofenda.

Rick.
Licencia Creative Commons
La siguiente la pago yo por Rick, Diógenes de Sinope y Albert se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.