jueves, 13 de diciembre de 2012

Monólogo de la crisis

He recibido este monólogo sobre la crisis de mi amiga Susi…Aquí os lo dejo.

“Me estoy preparando la cena. Otra vez tortilla de patatas. Si a mi lo que me gusta son los langostinos. Es que yo soy mucho de chupar…las cabezas.

Pero claro, con la crisis y la miseria que me pagan por hacer monólogos, no da para más. Y eso que cuando empecé, con mis veinte añitos, prometía mucho. Bueno, no. Más que prometer, me prometían. Hay un refrán sobre prometer y después nada de lo prometido.

Me pongo la radio para distraerme. Una emisora de esas que sólo ponen música de la que se bailaba en los ochenta, cuando yo rompía las pistas de las  discotecas. Yo en la discoteca era mucho de romper. Sobre todo vasos. Aunque también de que me rompieran. El corazón, la cara y alguna cosa más que prefiero no contar.

Pero llega el informativo y entonces si que empiezan de nuevo con la crisis. Crisis, crisis, crisis…Para crisis la mía, que ya he cumplido cuarenta (edad sin IVA).

La prima de riesgo. La primera en la frente. Según el locutor, es lo que tienes que dar de más para que te compren un producto financiero, en comparación con otro producto más atractivo. Eso lo vivo yo cada noche que salgo. Con mi edad, tengo que tirar de escote y de cinturón ancho en vez de minifalda para que, al lado de una veinteañera de metro ochenta, me mire un tío. Y asumir riesgos, que vestida así ya ha habido alguno que me ha ofrecido treinta euros…Se me viene a la memoria, encima, el dicho aquel de que el primo, a la prima, se la arrima. Pero por más que hago memoria no me acuerdo de ningún primo mío que sea primo de riesgo. No se puede fiar una ya ni de la familia.

Las hipotecas subprime. Un crédito que se vende y se vuelve a vender y va perdiendo valor…Eso para mí es facebook. Yo le ofrezco amistad a uno, que me ofrece la amistad de sus amigos, que me ofrecen la mistad de los suyos…Vamos, que tú le habías mandado la solicitud de amistad a tu profesor cachas de pilates  y acabas saliendo con un cincuentón separado y barrigudo.

O lo del banco malo, que se queda con toda la morralla que los demás bancos no quieren. Que siempre me acuerdo del chiste de la fea en la boda que, cuando le preguntan a la novia si quiere al novio grita desde el fondo de la iglesia que si no lo quiere, se lo queda ella. Como mi amiga Margari, que en cuanto se separa una pareja conocida le llama a él y le ofrece su comprensión y su piso para pasar esas primeras noches de soledad. Banco malo… ¡Cómo si los hubiese buenos! Qué visto con perspectiva, cuando una se desprende de su pareja… ¿No será que el mozo es un activo tóxico?

Y la inflación y la deflación. Que se hinchen o se desinflen los precios. A una mujer de mi edad no se le puede hablar de eso. A una mujer de mi edad se le hincha el culo y se le desinflan las tetas. Eso es inflación y deflación cruel. Y en economía lo solucionan cuando el Banco Central inyecta liquidez… ¡No te jode! A mi se me solucionaba inyectándome botox, pero la que no tiene liquidez soy yo.

Luego está lo del tipo de interés. A mi edad, cualquier tipo disponible es de interés. Yo ya no tengo el listón bajo: yo le voy dando patadas por el suelo. Aunque es verdad que los hombres  los hay de interés fijo, guapos, jóvenes y ricos, y de interés variable, y el interés varía siempre a la baja conforme pasan los años.

Y es que en economía, por lo que alcanzo a entender, la clave está en lo que sube y lo que baja. Otra de Perogrullo. ¡Cómo en el sexo! O como en la salud: a mi me bajan las defensas y me sube el colesterol, que un analista diría que estoy en el peor escenario posible. Y que me perdonen los dueños de este local.

Otro clásico es lo que se desploma el consumo. ¡A diez euros la copa, tú me contarás! O la matraca del consumo responsable. A mí me obsesiona tanto, que cuando me caducan los condones en la mesilla, los reciclo para decoración de cumpleaños, que como están todos bolingas no se dan cuenta.

Y las bolsas. No las de valores. Las que me están saliendo debajo de los ojos. La mala leche que se me pone cada vez que oigo que la bolsa de tal sitio cotiza plana. Las mías cotizan abombadas hacia fuera, por más potingues que me unte. Por no hablar de los depósitos. Para depósitos los que se me han puesto a mí en las caderas, que esos sí que crecen a un diez por ciento anual, maldita sea.

Pero lo que más me jode es el cachondeo. El otro día me he enterado de que en el barrio a mí y a mis amigas nos llaman “las preferentes”…Dicen que somos un producto atractivo a simple vista, pero que pierde mucho cuando llegas a la letra pequeña.

Aunque sinceramente, lo más preocupante es el paro. No hablo del trabajo, que aquí algo voy picando. Me refiero al otro. Yo soy parada de larga duración. Hace que no… Desde que se me acabó el subsidio que me daba un vecino de vez en cuando, que me avisó del fin de la prestación diciéndome que se casaba el domingo siguiente en Badajoz con su novia de toda la vida, no encuentro nada. Bueno, me ha salido algún asunto temporal, vamos, de una noche en el asiento de atrás de un Ford Fiesta. Pero fijo, ni soñarlo. Ni de esos de tres años. Ni de seis meses.

Así que estoy pensando en apuntarme a cursos de formación, que los hombres se han vuelto cada vez más exigentes y hay que dominar todas las facetas del asunto. Danza del vientre, masajes eróticos, cocina indonesia…Lo que haga falta con tal de encontrar algo.

En definitiva, yo lo que quiero es que me metan algo a plazo fijo, que no pienso cobrar comisiones y os puedo asegurar que interés, interés, pienso poner mucho”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Medina Zahara

A pocos kilómetros, al oeste de Córdoba, en un lugar donde el borde montañoso de Sierra Morena se pierde en la campiña, justo donde la sierra toma contacto con el valle, se encuentran las ruinas de lo que pudo ser y  fue el entramado urbano de una ciudad que los arqueólogos identificaron como Madinat-al-Zahra, (ciudad brillantísima)  que el califa Abd-al-Rahman III dedicó a su favorita.

La instauración del Califato cordobés implicó entre otras cosas la aparición de un nuevo modelo oficial en la arquitectura andalusí, formando parte de un nuevo programa de ostentación adecuado a la dignidad y status del jefe de Estado. Madinat-al-Zahra es pues la representación arquitectónica del nuevo estado omeya, suponiendo una nueva concepción en las relaciones del líder con la población, el dirigente se retira, se aleja a una ciudad palatina aislándose de la ciudadanía.

Abd-al-Rahman III buscó, para su ubicación, un lugar desde donde exponer la imagen de su califato con una gradación jerárquica siguiendo la tradición islámica oriental que vinculaba a los soberanos con la construcción de grandes núcleos urbanos. No obstante, la localización no dista de Córdoba teniendo muy buena comunicación y acceso entre ambas, pues la capital del Estado seguía siendo ésta. Este proyecto califal no es novedoso, tiene su precedente en el modelo de ciudad palatina, administrativa y áulica de la Samarra abbasi en oriente, aunque en el caso cordobés no se encuentre junto a un río. Se construye aprovechando la falda de una colina disponiéndola en terrazas artificiales marcando claramente una jerarquización del espacio.

De planta rectangular y con una superficie aproximada de 112 hectáreas, su organización urbanística en torno a un eje norte-sur, exceptuando la Mezquita aljama y los oratorios menores, que como es lógico en el Islam lo hacen hacia la Meca, presenta edificios principales construidos con sillares aparejados a soga y tizón y cubiertos con enlucido de estuco o con mármoles, dependiendo de su importancia. Se aprecia el intento de su constructor de imbricar arquitectura con naturaleza cobrando especial relevancia los jardines frente a las portadas de algunas edificaciones. Son jardines de raigambre y simbología sasánida, denominados de crucero, que presentan, o lo pretenden, las cuatro partes del mundo.

La mayor parte excavada es el núcleo correspondiente al Alcázar, el cual está dividido en dos sectores casi paralelos, el sector oficial a oriente y el residencial o privado a occidente, estableciendo una separación de espacios muy clara. Estuvo dotada la ciudad de toda una infraestructura viaria, hidráulica y de abastecimiento perceptibles hoy día en los restos arqueológicos, ofreciéndonos la imagen de una urbe relativamente autónoma.

Madinat-al-Zahra no tuvo una vida muy larga, fue fundada en 936 cobrando rápidamente gran actividad, con el traslado a ella de la administración estatal. Las fuentes documentan que en 941 se terminó la Mezquita, la Ceca se puso en marcha entre 947-948 y, tanto su patrocinador Abd-al-Rahman III como su hijo y sucesor Al-Hakam II, impulsaron el poblamiento privado en la medina alentando la edificación con desgravaciones fiscales. Pero a la muerte de este último, Al-Mansur el Hayib del nuevo califa Hisham II, y verdadero hombre fuerte de todo el Estado, trasladó la administración a Córdoba utilizando la piedra, como si de una cantera se tratara, para la construcción de otra ciudad por él ideada. Poco a poco la brillantísima urbe fue perdiendo importancia, agravándose con el deterioro y el expolio de materiales que sufrió desde ese momento.

La desintegración del califato a partir de 1013 por las guerras civiles (Fitna) junto al saqueo y el olvido explica la ocultación de la mítica ciudad. Fue a final del siglo XIX cuando se identifican las ruinas de Córdoba la Vieja con las de la ciudad califal, comenzando las excavaciones a principios del XX.

Son varios los aspectos que hay que destacar además de los ya mencionados. La jerarquización de los espacios importantes, como ejemplo la casa del califa (Dar-al-Mulk) situada en la parte más elevada. El sistema de control y los dispositivos de seguridad con la interrupción periódica de las calles en rampa y colocando puertas que al cerrarse forman estancos aislados. La colosal arquería de la puerta del Estado (Bab al-Sudda), verdadero telón escenográfico, su construcción solo es explicable dentro de la magnificencia con la que el soberano quiso impregnar su ciudad. Se trata de una arquería monumental que sin embargo presenta una decoración muy simple, solo las clásicas dovelas de enlucidos bicromados en piedra blanca alternada con ladrillo rojo, siendo todos los arcos de medio punto escarzados excepto el central que es de herradura.  En el lado norte, más o menos en el centro de la muralla de sillares, se abre un acceso que conecta el camino pavimentado procedente de Córdoba con el mismo palacio. La Puerta Norte, como es conocida, es un acceso en recodo utilizado ya con frecuencia en la arquitectura militar islámica como sistema eficaz de defensa y control de paso al interior. Conviene mencionar que la muralla dispone en su interior de contrafuertes y en su exterior de torres rectangulares que hacen la misma función de los contrafuertes, además de la de vigilancia exterior.

Entre los magníficos edificios existentes dos sobresalen por su grandiosidad arquitectónica y por su función estatal. La Mezquita Aljama es uno de ellos, se eleva sobre una plataforma artificial en la terraza inferior donde las gentes de la medina tienen fácil el llegar a ella. Se encuentra extramuros del Alcázar porque es un espacio compartido entre la familia real, la aristocracia y las gentes del pueblo, pues la función doctrinal de un estado fuerte así lo requería. De planta rectangular y orientada al sureste se observan en las ruinas dos partes bien diferenciadas una de ellas era el patio con galería porticada en todos sus lados excepto en la fachada del oratorio. Este mismo espacio presenta en la entrada los restos del que fuera el alminar de planta cuadrada al exterior y octogonal al interior. La otra, el oratorio, de planta basilical de cinco naves separadas por arquerías de arcos de herradura perpendiculares al muro de la quibla, según las fuentes. Este muro, al igual que el de Córdoba, era doble, permitiendo un pasadizo reservado al uso exclusivo del califa para llegar a la maqsura desde el jardín alto del palacio, desde donde partía un sabat cubierto y descendente hasta un puente que salvaba el desnivel antes de introducirse en la Mezquita. Es la repetición protocolaria y de seguridad personal del príncipe que ya se efectuaba en la capital omeya y de tradición oriental sasánida, donde el alejamiento del pueblo le dotaba de cierto aire místico y divino.

El segundo edificio en cuestión constituye, sin duda, el espacio más cualificado y simbólico de todo el conjunto arqueológico. Se trata del conocido como el Salón Rico del Abd-al-Rahman III, excavado y reconstruido por Félix Hernández entre la década de los cuarenta y la de los setenta, debiéndose el nombre a su extraordinaria decoración. De planta basilical de tres naves longitudinales, siendo la central la principal, están separadas por dos baterías de arcos de herradura califales. Es aquí, según Antonio Vallejo, donde se formalizan las características del arco califal, trasdós peraltado, despiece de dovelas a la línea de imposta y sobre todo decoración asociada siempre a esa especie de envoltorio que es el alfiz. Las naves presentan al fondo, en sus cabeceras, arcos ciegos representando el de la nave central a imitación de un mihrab. Es en este lugar donde se ubicaba el califa en su estrado rodeado de los miembros de su familia y séquito gubernativo cuando recibía las embajadas o en los actos festivos y protocolarios. Estamos hablando pues de un espacio público dedicado a las recepciones y a las audiencias. Dos características son fundamentales en la técnica decorativa utilizada. La basada en la talla sobre piedra distinta a los paramentos y pegada después a ellos como una segunda piel  y la nueva variedad de arco de herradura, ya comentado. En cuanto al programa decorativo de este salón también es significativo, el árbol de la vida con todos sus motivos vegetales era común en la arquitectura abbasi, señalándonos una muestra de que la realidad del califato oriental no estaba muy lejos en el califato occidental cordobés. Se completa el edificio con dos naves laterales, una a cada lado, dedicadas a usos secundarios pero necesarios como el almacenaje de toda la panoplia protocolaria, o para el descanso (alcoba) entre acto y acto de los miembros de la familia real. Siempre antes de la construcción de las habitaciones anexas que en el lado oriental se edificaron para este fin. Concluye la organización del salón un pórtico de entrada perpendicular a las naves a imagen de un iwan o nártex, y que sería copiado en futuras edificaciones palaciales islámicas como el Salón del Yeso de Sevilla o el de Comares en la Alhambra granadina.  

El Andalusí


viernes, 7 de diciembre de 2012

La duda

Me gusta mucho ver a la gente contenta. Pero tengo que reconocer que tampoco me incomoda ver a mi gente sumida en la duda. La duda es la prueba más evidente de que no has dejado de crecer. La duda se empecina en dejar patente que quieres seguir avanzando. La duda es ese desierto que separa dos oasis, un valle entre dos cumbres.

Nos enseñan que todo hay que tenerlo claro siempre. Nos enseñan que hay blanco y negro, luz y oscuridad, suerte y desgracia, vida y muerte. Pero tenemos que descubrir nosotros solos que también hay grises y penumbras, que demasiada suerte es una desgracia y que la muerte, cuando has querido y te han querido, es una vida en los recuerdos.

La duda es un examen, una reválida, una oposición. Hay que superarla para volver a la certeza. Queremos aprobar a toda costa, sin darnos cuenta que, una vez reinstalados en nuestras cómodas ideas preconcebidas, nos quedamos estáticos en un mundo en constante movimiento. Y camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

De la duda nace el progreso. No solo el material, también el personal. Junto con la curiosidad, son dos potencias que nos hacen asumir riesgos y reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia. En ese proceso siempre hay sufrimiento, algo parecido al dolor que siente un adolescente mientras su cuerpo crece y cambia, mientras se transforma en adulto. Pero todos recordamos la adolescencia como un período mágico, el más apasionado de todos, unas etapas que se viven y se queman vertiginosamente. De aquellas dudas y de aquella curiosidad somos fruto.

Las dudas son peligrosas si se convierten en un modo de vida. Aquí si pueden llegar a inmovilizarte. Pero las dudas se atraviesan despacito y con buena letra o cayéndose de un caballo como San Pablo. Y al otro lado está una nueva verdad. Al menos, hasta la siguiente duda.

Hoy no ha sido un buen día. Solo en un autobús vacío, camino de casa, tenía la sensación de que mi vida se ha convertido en una moviola en la que se repiten ad nauseam las liturgias. Las risas de unos adolescentes que se han subido en Plaza de España me han dado aire.  Luego mi hijo me ha dado un beso de buenas noches. Y aquí si que no cabe la duda: cada vez que tu hijo te de un beso de buenas noches, serán unas buenas, muy, muy buenas noches.

Eres una gran mujer. Sin duda. Hazme caso.



martes, 4 de diciembre de 2012

La obsolescencia programada


En el parque de bomberos de Livermore, California, hay una bombilla que lleva encendida 110 años de forma ininterrumpida. El segundo coche de mi padre va camino de los 50 años, y mi primer teléfono móvil aún funciona.

¿Por qué las bombillas de mi casa pegan un petardazo y las tengo que cambiar cada poco tiempo, un coche a los 10 años es prácticamente una tartana y los móviles se cascan en menos de una legislatura? ¿Nunca oyó que las cintas de vídeo caducaban, y a los 10 años dejaban de verse?
¿No ha pensado nunca aquello de 'las cosas duraban más antes'? ¿Y no se ha preguntado nunca por qué, con los avances tecnológicos cada vez más impresionantes, los objetos, en especial los aparatuquis, tienen una vida demasiado corta?

Esta cuestión gira en torno al concepto denominado 'obsolescencia programada'. Podría ser el título de una película de los hermanos Coen o Wachowski, pero no. La obsolescencia programada consiste en fabricar productos con intención de que tengan una duración limitada, no de que resistan el mayor tiempo posible. Esto, desde el punto de vista del consumidor es algo extraño, pues uno siempre piensa que las cosas duren mucho, sin embargo la o.p. (que también es casi una marca de productos de higiene íntima femenina) se emplea por los fabricantes como un método para asegurarse, por ejemplo, de que una lavadora pete en unos 8 años como promedio, un televisor se vea de color verde antes de que pasen dos olimpiadas o un teléfono ni siquiera se encienda cuando casi no hemos aprendido a usarlo del todo.

Los humanos somos una buena muestra de obsolescencia programada; si antes no hemos sucumbido víctimas de alguna toxicomanía, accidente de tranvía o de una sobredosis de telebasura, al llegar a una edad provecta nuestro mecanismo echa el cierre, y a otra cosa.

Pero todo esto me hace pensar en si la o.p. no podría tener algunas aplicaciones de lo más prácticas. Por ejemplo, los políticos. ¿No estaría bien que nuestros queridos representantes, pasado un tiempo prudencial y de forma automática, se volvieran inútiles? Bueno, en realidad eso ya lo parecen desde el principio; me refiero a que podría ser que cuando un político llevase un tiempo máximo en su cargo, directamente quedase anulado para seguir ejerciendo, sin necesidad de elecciones, y sin riesgo de que él mismo se considerase tan imprescindible que sufriese la tentación de repetir. Lo malo es que algún listo inventaría algún tipo de sistema de reciclaje por el que los políticos obsoletos tuviesen algún retiro cómodo y bien remunerado. Tengo la sensación de que esto ya existe, me parece que el europarlamento es algo así, y los eurodiputados son políticos que han llegado a su obsolescencia y ya que no sirven para nada se lo llevan crudo en Bruselas. Mejor sería que reventasen, como las lavadoras.Y digo yo, ¿las agencias de rating no tendrán caducidad??

Lo que representa un ejemplo claro de obsolescencia programada es el amor. Al principio es todo lustroso, brillante, como un coche nuevo, con una línea moderna, y da gusto conducirlo. Pero según vas haciendo kilómetros, va perdiendo reprise, brío, la tapicería se desgasta, y cuando llega a un determinado tiempo de vida útil, se acabó; y vete a pedirle la garantía al fabricante. Esto es también aplicable al sexo, por supuesto, el aparato tiene su vida útil y luego no sirve para nada, al menos el masculino. Cuando después de un gatillazo ella dice '¿pero qué te pasa hoy?', es una respuesta razonable 'cariño, es la obsolescencia programada'. Ahí hay que hacer algún apaño, quizás con alguna reparación pueda estirarse (con perdón) la vida útil, por la cuenta que nos tiene.

A lo que voy es a que la obsolescencia programada no es más que la aplicación a la tecnología de lo que es en realidad la vida: las cosas se gastan, y hay que aprovecharlas antes de que se fundan, como las bombillas. Es decir, hay que usar los aparatos mientras funcionen. Hasta el mejor vino se estropea si se guarda demasiado tiempo, por eso hay que soplárselo en cuanto se tenga una ocasión adecuada, que puede ser, por ejemplo, que es martes, o que ha dejado de llover. Y si no le gusta el vino, una buena cerveza sirve igual, pero no la deje mucho rato, que se le va la espuma. Como decía Joan Manuel, 'no dosifiques los placeres, si puedes derróchalos'.

domingo, 25 de noviembre de 2012

La comedia salvaje


Un relojero, un cliente y una Guerra Civil.

Un seminario, falangistas y requetés, pilotos y milicianos, presidentes, generales, filósofos, un pelotón que vota democráticamente si ataca o retrocede, un ciego visionario, un comando plurinacional de libertadores sudamericanos dispuestos a conquistar España, crueldad sin límites, más crueldad absurda, independentistas que no saben que es la independencia y anarquistas enamorados de los coches de lujo, entre otros, protagonizan esta historia tan descabellada como su escenario.

A mí me ha gustado mucho. Pero mucho.




La comedia salvaje
José Ovejero 2009
385 páginas
Alfaguara

miércoles, 21 de noviembre de 2012

En la peluquería


 Mi mujer me ha reñido porque dice que parezco el protagonista de “En busca del fuego”. Razón tiene. Llevo unos pelos y unas barbas que parezco un hippie de los de los setenta.

Así que me armo de valor y me bajo a la peluquería.

En vez de salir a recibirme Antonio, mi peluquero de toda la vida, aparece una señorita de entre treinta y cuarenta años, con una cara que me recuerda a Anita Ekberg, y me dice que se llama Marga, que es prima de Antonio y que él ha sufrido un pequeño accidente y tiene que reposar unos días con un collarín cervical. Le digo que lo siento y hago ademán de marcharme. Me dice que espere, que ella misma me cortará el pelo, que es peluquera de señoras y de caballeros.

Si yo tuviese una cabellera difícil, seguramente le habría dicho que no, por desconocimiento de su pericia. Pero lo mío es fácil. Maquinilla al dos por detrás y por los lados y al cuatro por arriba, un par de retoques en el frontal y un rasurado en la nuca me dejan listo para el servicio. Me dice que en dos minutos está conmigo. Me siento y, sin gafas de ver, le echo un vistazo a la prensa. Se me juntan las letras y no llego a saber si Messi se pasa al cine porno, Nacho Vidal ha dado a luz en su casa o Sánchez Dragó se ha llevado la “Bota de Oro”.

Aparece la señorita y, hasta sin gafas de ver, me fijo en que no sólo se parece a la protagonista de “La dolce vita” en la cara: su anatomía también es muy semejante. Me siento en el sillón, me coloca la toalla y esa especie de mandil huertano que hace las veces de sobrecapa y me sujeta la cabeza con las dos manos frente al espejo, como valorando el material de trabajo. Yo miro también al espejo y no se me pasa el detalle de que el botón que cierra su bata a la altura del escote está pugnando por salir despedido ante la presión de tanta carne y tan bien distribuida. Empiezo a sudar levemente, por la imagen que compone mi cara bajo sus encantos y por la sospecha de que se ha dado cuenta de que a los ojos, precisamente, no la estaba mirando.

- ¿A navaja?

- No, no. Maquinilla.

- Vale.

No cuenta chistes. No habla de fútbol. Ni siquiera comentamos nada sobre los asuntos del barrio. Hay un silencio incómodo. Se agacha para alcanzar el enchufe de la afeitadora y saco dos conclusiones: que la bata va corta de tela y que se lleva otra vez el negro en materia de lencería. Ya sudo copiosamente, por los malos pensamientos y porque no sé si, a través de los espejos, se está percatando de mi turbación. Trago saliva y trato de distraerme repitiendo mentalmente la letra de las canciones de mi infancia.

Estoy con lo de “Mazinger es fuerte, es bravo, es una furia” cuando se produce la primera colisión. Ha topado su parachoques contra mi oreja. Doy un respingo y empiezo a respirar por la boca.

Los siguientes quince minutos son de pánico. Cada vez que se mueve hay alguna parte de su espléndida carrocería que me roza. Si sigo sudando así, en otros quince estaré deshidratado. Encima me sonríe constantemente, que otra cosa tendrá, pero amable es un rato.

Llega un momento que no aguanto más.

- Así, así está bien…

Me incorporo, me pongo perdido de pelos, saco con mis temblorosas manos el primer billete que alcanzo, uno de veinte, lo dejo sobre la repisa y sólo alcanzo a decir:

- Muchas gracias, quédate el cambio, que se mejore Antonio, buenos días…

Salgo a la carrera de la peluquería. Cuando recupero el ritmo cardiaco, me fijo en un escaparate que llevo el mismo look que el malo de “El último mohicano”. Verás cunado me vea mi mujer. Y cuando la diga que este corte de pelo me ha costado el doble de lo normal. A la próxima, me afeito la cabeza en casa y santas pascuas.




sábado, 17 de noviembre de 2012

La noticia del día: Se opera 90 veces para parecerse a Ken, el novio de Barbie


LA RAZÓN, 22 de octubre de 2012

Bíceps, tríceps, nalgas, abdomen y, sobre todo, el rostro. Justin Jedlica, un estadounidense de 32 años, se ha operado en noventa ocasiones para poner de un lado, quitar de otro, con una obsesión: parecerse a Ken, el novio de la muñeca Barbie.

Semejante excentricidad le ha costado a Jedlica, por el momento, 100.000 dólares, una cifra que no es definitiva porque ya ha anunciado que no ha quedado satisfecho con el resultado y que está dispuesto a pasar de nuevo por el quirófano.

Según explicó el joven en una entrevista con la cadena de televisión ABC News, su frenética actividad en el quirófano responde no sólo a su pasión por el juguete de la infancia de tantas mujeres, el novio de la mítica Barbie, sino porque ante todo ama la posibilidad de “transformarse continuamente”.


Podía ser peor, y haber querido parecerse a Bob Esponja, Mr. Potato o a la rana Gustavo.
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