martes, 21 de enero de 2014

Historia con fin

El niño desempolvó el lápiz y dibujó una sonrisa. Inmediatamente la soltó y echó a correr. Sus dedos habían ignorado por completo el inusual grosor, su olfato no encontró nada repulsivo. Sin embargo, ahí estaba la sangre y otros rastros del asesinato.
M acaba de escribir su primer cuento. Mira el punto final durante un rato, no con sorpresa sino con cierta decepción. En un pestañeo entra parte del suelo, algunas gradas. Otro pestañeo destapa sus oídos, anuncia pisadas y las personas que los acompañan. A su lado pasan estudiantes apresurados que, con o sin reconocerlo, esquivan su mirada. El joven tiene la cara entumecida. Alguien gira con brusquedad, arrojando las pertenencias de M por el suelo. M se inclina a recoger sus cosas cuando observa que su esfero verde cae por otra parte. Se lanza tras él, es cuestión de vida o muerte.
- ¿Vida o muerte para quién?
- Para M, obvio.
- También la vida del esfero está en peligro. Tu cuento dice que cae, no dice ‘cayó’.
- A lo mejor, si no hubieras interrumpido la lectura, habrías descubierto que…
- Justamente dejé de leer porque no había nada que descubrir.
- Discúlpame pero, ¿cómo esperas encontrar algo si ni siquiera lo intentas?
- Prefiero intentarlo en otros cuentos…. o con otros autores.
- ¿Insinúas que mi cuento es malo?
- No lo insinúo, ¡lo acabas de decir tú mismo!
-  ¡Entonces lárgate!
- Lo haré. Pero me llevo esta historia conmigo.

Sekas

lunes, 20 de enero de 2014

Fruta amarga

Levantó la vista sin mucho ánimo para no tropezarse con ningún obstáculo. Sus pasos lentos y desganados, iban haciendo el monótono camino de cada mañana cuando volvía de trabajar. 
Su mente estaba en otra parte, tal vez para poder escapar de la realidad y crear su propia utopía. Su vida le había enseñado bastantes cosas, sin embargo nunca le enseñó a ser feliz. Sus padres viajaban a menudo, y ella se sentía sola cuando nadie estaba en casa. Sus cumpleaños se convertían en días normales del año, como si para ella no existieran. Dejó sus estudios cuando terminó el bachiller para ponerse a trabajar. Unos días había mucha clientela y no daba abasto, y otros días estaba sola en la calle, pasando frío y esperando algún cliente…  estaba ahorrando para poder ayudar a su padre que  estaba enfermo y necesitaba medicamentos. Él no sabía nada de su profesión,  por qué iba a llevarse un disgusto, pensaba ella.…
Y como fruta amarga ella una vez amó, pero nunca fue amada. A partir de ahí para ella, amar era el principio de la palabra amargura y, desde entonces,  lo esconde a través del maquillaje, los tacones y faldas pequeñas con las cuales, todas las noches sale para ir a trabajar.


Sara Snezha Pozo Rodríguez 

domingo, 19 de enero de 2014

Monte Valonsadero

     Hay a las afueras de Soria un espacio natural de gran belleza y valor ecológico, y que es lugar habitual de ocio para los sorianos, además de celebrarse en él algunos de los principales actos de las fiestas estivales de San Juan. Me estoy refiriendo al Parque Natural del Monte Valonsadero.

     Para llegar a este lugar, hay que coger la carretera de Burgos (N-234), y en unos 5 kilómetros ya veremos el desvío señalizado, por el que llegaremos un poco más adelante a una amplia zona asfaltada de aparcamientos. Desde la ciudad también hay un carril bici y andadero que nos acercan hasta el parkin.

     Una vez aquí, estamos en la conocida como "Casa del Guarda", que es una grandísima área recreativa instalada en una preciosa alameda atravesada por el río Pedrajas, con su césped siempre verde y bien ciudado y cortado, merenderos, fuentes, parques infantiles, aparatos para hacer diferentes ejercicios físicos, praderas acondicionadas para jugar al fútbol y al voleibol (deporte muy arraigado en Soria), y bar-restaurante con terraza. No muy lejos también hay un hotel.

     En el Centro de Interpretación del Parque nos darán amplia información sobre el Monte Valonsadero: qué es, su fauna, su flora, cómo ha sido habitado y aprovechado por el hombre a lo largo de los siglos, y las distintas rutas de senderismo, en bicicleta o a caballo que se pueden realizar por su interior para recorrerlo, conocerlo y disfrutarlo. En caso de que el Centro estuviera cerrado, al lado hay carteles explicativos de todo lo anterior.

     Básicamante, diremos que se trata de unas 3.000 hectáreas de monte bajo, llena de pinares, robledales (o quejigales, que dicen por aquí) y vegetación de ribera junto al río Pedrajas y al aún joven río Duero, que atraviesa de refilón el Parque por su zona nordeste.

     Para recorrerlo, hay 5 rutas bien señalizadas, de distintas distancias (todas de entre 5 y 20 kilómetros), de baja o media dificultad, y que nos conducirán a muchos de los encantadores rincones que lo salpican: el Pinarcillo, con sus circuitos de footing a distancias varias; el embalse de Buitrago, que forma el río Duero; la belleza pétrea del Puente del Canto sobre el río Pedrajas; la desembocadura de éste en el Duero, lugar conocido como la Junta de los Ríos; las curiosas formaciones rocosas, que hacen recordar a la Ciudad Encantada de Cuenca; las magníficas panorámicas que hay desde el Mirador de Los Castillejos, con el Pico Frentes  al fondo; o la Cañada Honda, una especie de corredor acotado por roquedos, donde se celebra "La Saca", que es el traslado de los toros y los novillos de las Peñas desde los corrales que aquí hay hasta la plaza de toros de Soria, en el comienzo de las fiestas de San Juan, acontecimiento que congrega a miles y miles de personas, y que está declarado Fiesta de Interés Turísitico Nacional.

     Mención especial merecen la cantidad de covachas y abrigos con pinturas rupestres que hay repartidas por todo el Parque, sobre todo por la zona de Cañada Honda. Están declaradas Bien de Interés Cultural, son una veintena aproximadamente, y están protegidas por verjas, aunque desde el exterior de cada una se pueden observar perfectamente las pinturas, cuyo significado está recogido en carteles explicativos.

     Visitar el Monte Valonsadero es especialmente recomendable en primavera y otoño, las dos estaciones que más colorido ofrecen, y sobre todo en la segunda, durante la cual los extensos robedales adquieren una belleza excelsa. En verano, solo si no hace mucho calor, aunque si hubiera mucho sofoco, en la alameda de la Casa del Guarda siempre se está fresquito. En invierno suele hacer mucho frío, y nieve a menudo.

     Por todo lo dicho, cuando se dejen caer por Soria, no dejen ustedes de acercarse a este espacio natural que tanto nos ofrece, y que está a tiro de piedra de la ciudad. No se arrepentirán.

     Nada más, disfruten de la naturaleza... y cuídenla. Nos da mucho más de lo que le damos nosotros. Un saludo.

EL RURAL

sábado, 18 de enero de 2014

El tren del parque

Nos había sorprendido la noche en el parque del agua. Una intensa neblina se unía a la decreciente luz y de repente nos encontramos en mitad de ningún sitio, sin ver ni a dos palmos de nuestras narices. Francamente, no sabíamos ni por dónde tirar. Intentamos llamar a alguien pero ninguno de nuestros móviles tenía cobertura… ¿sin cobertura en plena ciudad? La situación se volvía cada vez más extraña. Todos tratábamos de mantenernos tranquilos, fingiendo seguridad pero entonces escuchamos el inconfudible traqueteo del tren del parque y, a apenas unos metros de nosotros, su estridente pitido.
Aquello ya era demasiado, ¿el tren del parque en marcha a esas horas y con esa niebla? ¿a quién se le habría ocurrido subirse a él? A nadie aparentemente. Siguió acercándose hasta nosotros hasta el punto de temer que nos fuera a atropellar, pero no, se detuvo suavemente a un par de pasos de donde estábamos, petrificados, y pudimos ver con toda claridad que el tren estaba completamente vacío, ni pasajeros ¡ni conductor!
Una extraña fuerza se impuso a nuestro pánico y nos hizo subir al tren que, inmediatamente, se puso en marcha de nuevo. Al menos él parecía tener claro hacia dónde ir. Es difícil calcular el tiempo o la distancia en esas circunstancias pero yo diría que rodamos durante algo más de un cuarto de hora hasta que, de nuevo con extrema suavidad, el tren paró y la misma fuerza de antes nos impulsó a bajar. En cuanto el último de nosotros puso sus pies en el suelo el tren desapareció y la niebla se aclaró. No lo vimos irse, no oímos ni su traqueteo ni su pitido. Tampoco podíamos reconocer nada a nuestro alrededor. No podíamos haber viajado muy lejos en tan poco tiempo y sin embargo nos encontrábamos en lo que parecía el escenario de una antigua peli de miedo en blanco y negro. Yo casi esperaba ver levantarse a Nosferatu de su ataúd, la verdad.
El silencio nos animó a explorar un poco la estancia, incluso nos separamos en un alarde de valentía. Ninguno vimos nada extraño pero cuando nos juntamos de nuevo, éramos dos menos. Los llamamos a gritos, los buscamos por todas partes… Nada, no estaban, y seguíamos sin ver nada raro. Pero cuando nos reunimos otra vez, faltaban otros dos. Ya sólo quedábamos tres y el pánico empezaba a apoderarse de nosotros sin remedio. Sin separarnos ni un solo instante para no perdernos de vista continuamos investigando. Juro que no me separé ni dos centímetros de mis amigos, y sin embargo en un instante me encontré sola…


Elena Orte Tudela

viernes, 17 de enero de 2014

Orientación Sur

Siempre me gustó ir al sur, es como caminar cuesta abajo. Sin embargo también permite ascensos, si lo sabré yo, sobre todo ahora. Antes no, ni lo imaginaba. No me alcanzaba para ello ni la mente ni el presupuesto.
Llevo toda la vida soñando con haber nacido al sur, al que pertenezco de todo corazón, corazón norteño. Pudiendo elegir a mis anchas sobre el mapa, cómo me hubiera gustado vivir en un punto de luz andaluza, un pequeño pueblo con o sin mar, pero de casas encaladas, tiempo cálido y muchachas morenas de grandes, hermosos ojos oscuros que sonriesen al mirar.
Aquí en el norte la gente es más fría o más reticente. El clima anima poco a salir, a relacionarse, y se hace mucha menos vida en la calle. Se vive una vida más individualizada y menos social, se estrecha demasiado el tiempo vivido con alborozo. Qué se le va a hacer, tal vez en otra vicisitud me toque mejor suerte.
HOLA, CUÁNTO TIEMPO, ¿NO? POR FIN ENCUENTRO TIEMPO. QUEDAMOS HOY PARA TOMAR UN CAFÉ, SI QUIERES.
¿Hoy, precisamente hoy? Hoy no. Después de tanto lo de siempre, tanto “tengo que llamarte”, “tenemos que quedar un día”, vas y me avisas justo hoy que he querido ponerle remedio a tanto desatino. Nunca pudo ser y tenía que ser hoy. Pero hoy yo ya no puedo quedar contigo porque es el primer día de mi orientación sur realizada. Yo nunca le he negado un café a nadie, por eso estoy aquí, entre gente de acento cálido que acepta el café a la primera y te lo devuelve de forma natural, sin excusas de tiempo material o climatológico.
Cuánta luz hay aquí, reflejada en las blancas fachadas de las casas y en las negras cabelleras de las muchachas hermosas. Cuánto bienestar de alma alumbra el sol sureño, mecido el mundo por la brisa que también me alcanza amortiguadas, apacibles charlas de fonemas tan fugados como yo. Qué bien que me diera por entrar en aquella brumosa cafetería del norte y me decidiera a jugar para sacudirme la monotonía. Y, jugando sin renunciar a ganar, qué suerte que resultara premiado aquel billete de lotería, para poder cambiarlo por uno de viaje con estancia indefinida en donde siempre soñé.


República Democrática Azul

jueves, 16 de enero de 2014

Me duelen las piernas

¡Me duelen las piernas! Ayer vi esos edificios al volver al hotel. Ya no queda mucho. Son muy altos. Debemos estar cerca del centro. No me gustan estas avenidas tan largas; se hacen interminables. Y ésta, además, va subiendo un poquito. Por lo menos no hace mucho sol todavía. Es bueno que esté algo nublado. Allí hay algo de gente. ¿Me animan? No sé si me animan. No distingo sus banderas. Ya no veo bien. ¡Me duelen las piernas!
(¡Sigue! ¡Puedes aguantar!)
¡Me duelen las piernas! Allí hay un lugar de esponjas. ¿Por qué sube tanto esta calle? Es el tercer semáforo que cruzo en rojo. Parece que sigo en el mismo sitio que hace un rato. ¿Dónde estará el etíope que me seguía? No debo mirar atrás. Al final de la avenida hay una zona de curvas, creo. Mejor no mirar. No queda tanto. Mejor cuenta las farolas. ¡Una! Mejor entorna la mirada. No mires a nada. ¡Dos! Hay que concentrarse en seguir corriendo. Este tipo de la bicicleta hace rato que me sigue. Al menos no estoy solo. Hay un poco más de público. Gritan, pero no los oigo. Concéntrate en correr. Pero, ¿cómo, si me duelen tanto las piernas?
(¡Para esto te preparaste!)
¡Me duelen las piernas! He coronado la avenida. Ahora hay curvas; no es tan aburrido; menos mal. Esta línea azul se me va a quedar grabada a fuego. La pendiente ayuda; déjate llevar. Busca la cinta, el público, el calor, mira las banderas, hay alguna de las nuestras. No importa. Ellos aplauden a todos. Busca el calor del público. Ellos te acercan a la meta. No es cierto. Me acercan mis piernas. ¡Y me duelen!
(¡Lo tienes en tu mano! ¡Un esfuerzo más!)
¡Me duelen horriblemente las piernas! Ya llego a la puerta. Es el lugar más bonito del estadio. Un subterráneo y estoy dentro. Han puesto un alfombrado de goma para que no resbalemos. Cualquier cosa que me distraiga es buena. No pienso. Ya estoy dentro. Estoy cruzando el tartán. Estas líneas blancas me dicen que estoy en la pista ya. El público aplaude y me jalea. Esto es increíble; el premio a todo el esfuerzo. ¡Qué bonito es recorrer la recta! Llego a la meta y quedará una vuelta. ¡Cuatrocientos metros! ¿Y si me da ahora un calambre? No es momento de pensar en eso. El frío, la lluvia, todos los entrenamientos… todo ha merecido la pena. Me vuelvo hacia la puerta. El etíope acaba de entrar. Por lo menos le llevo treinta segundos. Casi voy a terminar la curva. El público, de pie, aplaude ¡Me aplauden a mí! Estoy saludándolos. ¿Cómo he podido levantar mi mano? Ya casi completo la recta de enfrente. Luego la nueva curva. Me espera la recta final. El triunfo es mío, mi victoria, la de mi país. ¡Cómo van a festejar la medalla! Agito el puño en el aire. ¡Me siguen doliendo las piernas!
(¡La medalla de oro es tuya! ¡Has ganado! ¡Enhorabuena!)

Francisco Pi Martínez

El peso de la responsabilidad

Tony “tres dedos” sentía cómo la cuchilla rasuraba su cabeza para aposentar al electrodo que habría de hacer cumplir su sentencia.
En cierto momento, llegó a pensar que sus largos años de colaboración con el departamento de homicidios conllevarían algún tipo de dispensa, de trato de favor cuando menos, pero estaba muy equivocado. Todos parecían haber olvidado el valor de las informaciones que durante décadas les había venido pasando a los estúpidos inspectores, incapaces de ver más allá de sus narices, y que sin las pistas que él les aportaba, jamás habrían conseguido esclarecer ni el más simple de los casos, como el de la viuda Wilson.
Soplón le llamaban, pero él siempre se había referido a su ocupación con una terminología más sutil, definiéndose a sí mismo como un orientador versado en el área de la sociología criminal. Aún recordaba las palmadas en la espalda, las invitaciones a copas en el garito de Joe O´Flanigan, y los cientos de dosis pasadas bajo cuerda que habían terminado en sus bolsillos de un modo que no habría dejado en buen lugar a los agentes de la ley en caso de conocerse sus métodos.
Tony le guiño un ojo al capellán, como si fuese su particular modo de hacerle saber que volverían a verse en el infierno. Para alguien que lo sabía todo, las miradas furtivas que el hombre de fe intercambiaba con la enfermera Kelly al pasar por el dispensario no caían en saco roto.
Sin duda, fue la llegada del joven Kenny Parker la que marcó el inicio de su decadencia. Su gran error fue no haberlo catalogado como amenaza hasta que fue demasiado tarde. Si hubiese actuado la primera vez que se le adelantó al dar el dato clave para la resolución de un caso, quizás no tendría que soportar ahora la mirada del alcaide desde el otro lado del cristal, mientras unas correas de cuero le impedían cualquier movimiento.
La muerte de Kenny era precisa para mantener su estatus, y llegado el momento, sabía que no habría podido confiar en nadie para ponerla en práctica; se habrían ido de la lengua.
Lamentablemente, una mal entendida profesionalidad le obligó a irle con el cuento al capitán Walker. No podía dejar que otro recién llegado se le adelantase en dar el chivatazo.


Juan José Tapia Urbano
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