viernes, 2 de noviembre de 2012

Periodista

Periodistas. Hablamos de periodistas con un desparpajo que resulta insultante para los verdaderos profesionales. Ya es hora de que separemos el grano de la paja.

Un periodista es un profesional que persigue la verdad para ponerla a disposición de los ciudadanos. Que arriesga su trabajo y a veces mucho más, para informarnos a todos. Qué es capaz de enfrentarse con los poderes establecidos con la única intención de dejar al aire los hechos descarnados.

Luego están los opinadotes sectarios, afines a una determinada corriente política o económica, que se dedican a justificar lo injustificable, enturbiar la realidad cuando no favorece a sus mentores y, en último caso, si es preciso, arrojar mierda al ventilador para que salpique a todos y diluya la culpabilidad de su representado. Algunos/as llegan a convertirse en auténticos comisarios políticos accediendo a cargos públicos relacionados con la información. En España hay múltiples ejemplos, vinculados a los dos partidos políticos que detentan el poder desde hace más de veinte años. Estos no son periodistas.

Y hay una tercera categoría, la de los especuladores del morbo, esos que se dedican a traficar con las tragedias y las miserias, esos que explotan hasta el límite los hechos luctuosos o las vidas de los demás. Que encuentran su sustento en diatribas morales sobre los errores privados de los otros, o en sesudos análisis sobre las desgracias ajenas. Con el añadido de una tendencia inequívoca a convertir todo ello en un espectáculo. Esos, tampoco son periodistas.

Kostas Vaxevanis es un periodista griego al que han querido encarcelar porque ha revelado una lista de sinvergüenzas que, para enriquecerse aún más, han defraudado económicamente a un pueblo ya defraudado hasta el hastío por la golfería de sus poderes públicos. Pero, esta vez, la Justicia ha hecho bien una parte de su trabajo. Ahora sólo falta que condene a los que están en la lista. Aunque eso ya…

Kostas es un periodista. Miembro de una especie en extinción. Esa especie que se niega a permitir que la primera víctima de la guerra, hoy de la política y las finanzas, sea la verdad. Mucho respeto por ellos y nunca insultarles llamando “periodistas” a paniaguados y sátiros.

martes, 30 de octubre de 2012

Capitán Rick

- ¿Monsieur Rick?

- Oui

El camarero, solícito, le aproximó la bandeja de plata sobre la que reposaba la tarjeta. Con esa elegancia natural que tiene para todo, mi amigo se disculpó y se levantó para leerla manteniendo la discreción.

- Pas de réponse…

Volvió a sentarse y se quedó pensativo por un instante. Como le conozco, no quise entorpecer el recorrido de sus cavilaciones y apuré mi cerveza.

Con un tenue gesto de reconocimiento, volvió a la conversación, no sin antes vaciar su vaso y solicitar otras dos cervezas al camarero. El sol de invierno entibiaba el muelle del puerto de Marsella lo imprescindible para hacer grata nuestra estancia.

Un flamante Hispano-Suiza se deslizó lentamente por la calle empedrada, y me pareció ver en el rostro impasible del “chauffeur” un ápice de desprecio. Mis pensamientos volaron con una ráfaga de viento y con la llegada de nuestras cervezas, adornadas con un enorme plato de verdes olivas. Retomó la conversación después del primer sorbo.

- Quisiera explicarte…

- No es necesario, amigo mío…

- Es una larga historia…

Me atreví a interrumpirle.

- Entonces, será una historia de amor.

La complicidad brilló en su sonrisa. Treinta años hace que soy su primer oficial. Treinta años a su lado, observando como permanecía impasible en mitad del más fiero de los temporales, como desconfiaba de las calmas y que satisfacción le producían los leves vaivenes de las marejadillas.

- Los griegos siempre tan soñadores. Aunque aciertas.

Yo sabía que acertaba. Ese destello que le cruzaba los ojos al avistar el litoral marsellés. Ese regresar al barco con aire ensimismado. Ningún marino pasa tanto tiempo en tierra si no es abrazado a un salvavidas con nombre de mujer. Eso lo sé por experiencia.

- La más hermosa de las damas. La más gentil, la más apasionada, la más perfecta obra de arte que la Naturaleza haya sido capaz de esculpir.

Le gusta bromear con mi nacionalidad. Dice que se siente más seguro en el puente de mando con un descendiente de los primeros navegantes que surcaron el Mediterráneo, pero que le preocupa que yo aún crea en deidades primitivas. Él, precisamente él, que ahora definía con sus palabras a una Diosa.
- Me juró que partiría y le juré que nunca regresaría. Ninguno de los dos cumplió su palabra.

- Impropio de un norteamericano faltar a una promesa.

- Impropio, pero imprescindible.

Se hace el silencio, mientras pasea su mirada por los mástiles de la flota amarrada. Yo juego con una aceituna antes de echármela a la boca.

- Tuve que volver para no tener que cambiar de barco. Amo a la “Sonatina” mucho más de lo que creía. Ese buque es fiel, dispuesto a hacer lo que le pidas sin una queja, y sólo en sus entrañas me siento realmente seguro.

Entiendo lo que me dice, y lo que no me dice. Ese buque es un cascarón sólido, batido por mil tempestades, pero quiere decir además que no quiso cambiar de tripulación, que no pudo dejar atrás a ese grupo de hombres curtidos y taciturnos que siempre le respetaron y obedecieron con fe ciega. Hombres entre los que yo me cuento.

- Cuando regresé, se había informado de los atraques, y mandó a buscarme, con una tarjeta similar a esta. Hace ya tres años.

Vuelve a callar. No puedo eludir la pregunta.

- Pero, Capitán… ¿Qué te impide volver a encallar en su playa?

Me mira muy fijo, con sus ojos azules.

- Al entrar en la bocana, contemplando Marsella, entendí que tenía que perderla para conservarla siempre. Qué solo olvidándola podría recordarla.

Una gaviota se deja arrastrar por las corrientes de aire, inmóvil en el cielo. Nunca deja de sorprenderme el Capitán Rick.

Sonatina


El “Sonatina” atracó en el muelle 2 del puerto de Marsella la tarde del 19 de abril. Casi al pie del buque me esperaba la puerta abierta del Hispano-Suiza oscuro. A pesar de los años, Ludovic lo mantenía en perfecto estado; me saludó cortésmente y se hizo cargo de mi maletín. Me senté a popa, en el asiento de estribor, pues nunca consentía en que viajase como copiloto. Su conducción era tan elegante y educada como él, y me permitía disfrutar del reencuentro con la ciudad.
Me dejó a la puerta del Hotel Meridien, junto a la Canabiere, que conservaba el aire decadente de siempre, y pasé directamente al comedor, donde Solange ya me esperaba para cenar. Conteniendo el impulso, pospusimos las efusiones, y resolvimos el saludo con un formal besamanos. Estaba muy bella. La cena, frugal y breve, sirvió para alimentar la inminencia del encuentro, y acostumbrados al silencio de las ausencias intercambiamos más miradas que palabras. Al terminar, el ascensorista nos condujo a la quinta planta, donde nos aguardaba la misma habitación.
Nos abrazamos con avidez. La urgencia hizo el primer beso atropellado, pero el reconocimiento y la certidumbre de los labios, lo volvieron intenso y sereno. Luego ya nada fue apresurado. Solange se desnudo muy despacio para mí. Hubiera aceptado morir en ese momento con tal de contemplar aquel espectáculo si no fuera por tener la certeza de que después ella sería mía. Cuánta emoción sentí al contemplar la perfección de su espalda; cuánta al percibir el perfume de su cuerpo, generoso en hermosura y fuego. Y el seísmo interior al asir sus caderas de nuevo. Derrochamos nuestro caudal sin escatimar, empleando los cinco sentidos, abandonados al único propósito de arder por completo durante los dos días, alternando el sueño y la febril vigilia.
Por supuesto que no era nuestro primer encuentro, pero siempre me lo parecía, y en esa ocasión más que nunca. O es que tal vez la memoria me hace evocarlo así. La misma memoria que ahora me recuerda la pregunta que tantas veces me había hecho en la mar. ¿Hasta cuándo querría una mujer tan distinguida como la dulce Solange compartir su amor con un capitán de barco, de incierto futuro y oscuro pasado?
La respuesta llegó el mismo día en que mi buque debía partir. La noche había sido de nuevo cómplice callada de nuestra pasión sin tregua. Permanecíamos desnudos, tendidos sobre la cama. Solange me tomó la mano, y sin dejar de mirar al techo, pronunció lo que yo nunca hubiera deseado escuchar.
- Cuando vuelvas, no estaré aquí.
Continuamos cogidos por las manos y en silencio. Nada podía objetar, porque sabía que nada más le podía ofrecer. Sólo proferí una burda promesa, no exenta de quijotismo.
- Entonces jamás regresaré.
Aquel día nos despedimos como siempre, pero para siempre. Sin palabras y con un cálido beso. Ludovic me llevó al muelle donde descansaba el “Sonatina”, dispuesto para zarpar.
Nunca supe los motivos de la desaparición de Solange, aunque se me ocurrirían muchos. Yo no mantuve mi promesa, y regresé. Pero ella, sin saberlo, tampoco cumplió la suya, porque cada vez que volví a Marsella, allí estaba para mí, y aunque no la vi más, sentía que estaba esperándome en aquella habitación del hotel, dispuesta a desnudarse lentamente.

miércoles, 24 de octubre de 2012

El elefantito de la suerte


Me viene hoy a la cabeza una mañana en que tomando un reconstituyente con el gran Diógenes y el ilustre Estanlei Cubric llegó al establecimiento un chaval subsahariano (uno de los eufemismos que suelen emplearse en la jerga de lo políticamente correcto para decir una verdad tan incontestable como que era negro) vendiendo todo tipo de baratijas, relojes, DVD’s, y otros objetos. Le hubiéramos invitado a una caña, pero no teníamos mucho interés en comprarle nada de aquello. El pobre chico, en un afán por sacarse algo nos ofreció el “elefantito de la suerte”. El proboscidio en cuestión mide unos 6 centímetros, está hecho en una especie de resina (probablemente tóxica) de color granate oscuro, y representa al animalillo sentado sobre su trasero, pero con las patas delanteras también apoyadas, y la trompa rampante, y casi parece que hasta sonriendo.
El precio del elefantito de la suerte era 1 euro. Cuando alguien va por ahí vendiendo cualquier cosa que tras su fabricación, transporte, intermediación y comercialización, cuesta 1 euro, sabiendo que al vendedor le pueden quedar apenas unos céntimos, mientras tú estás tomándote tan ricamente unas cervezas, parece que la conciencia se agita un poco, y sin decir nada sacamos cada uno una moneda del bolsillo. Al final le compramos una manada de elefantitos de la suerte, 5 o 6. Nos quedamos uno cada uno, y los que sobraban los guardó Diógenes, que dijo que se los iba a dar a nosequién. El mío está desde entonces en mi mesa de trabajo, junto a un calendario y el bote de los lapiceros.
El muchacho nos podía haber dicho que era el elefantito de su pueblo, o el símbolo nacional de cualquier país africano, pero no, nos lo vendió como un amuleto de buena suerte, de los que tanto se ven, como una herradura o una pata de conejo. Y es que las supersticiones, cuando son así de inofensivas, abundan, tanto las positivas como las negras. ¿Por qué sentimos la necesidad de confiar nuestra fortuna a gestos, actos, o visiones que, en apariencia son producto del azar y de nuestras mentes calenturientas?
Me pregunto, ¿qué culpa tienen los gatos negros de que se nos pinche una rueda, de que nuestro día de trabajo sea un desastre (como lo son muchos, sin gatos negros ni nada), o de que no nos comamos una rosca (como suele ser habitual)? ¿Qué maléfica influencia tiene un pobre animal, un gato, un cuervo o un mirlo por el hecho de ser negro, más que tener la desgracia de que los humanos hayamos decidido que el color negro es de mal agüero, o de luto?
Los supersticiosos extremos, por ejemplo, ejercen las 24 horas. Para empezar el día no puede uno levantarse con el pie izquierdo. Lo que pasa es que si te levantas de la cama por ese lado, plantar primero el derecho no es fácil, y menos cuando aún estás medio dormido. Eso sí, si no te das cuenta y pisas, con santiguarte tres veces se anula el efecto del mal fario; y si no te quedas tranquilo, te puedes santiguar trescientas, que es gratis. En el día a día estamos en un continuo riesgo de que nos veamos sometidos a terribles maldiciones por las circunstancias más variadas. Si desayunas tostadas con aceite y sal, que ésta no se te derrame, porque eso es mala suerte segura, salvo que luego eches una pizca por encima de tu hombro izquierdo, para contrarrestar; todo muy lógico. Más mala suerte me parece a mí que se te derrame el aceite, que eso sí que mancha. Un amigo mío se tropezó en el cuarto de baño, y de un cabezazo rompió el espejo; su novia no hacía más que lamentarse de que eso significaba que tendrían siete años de mala suerte, pero yo creo que la mala suerte fue la de mi amigo, al que tuvieron que darle diecisiete puntos en la frente.
Hay supersticiones clásicas, como pasar por debajo de una escalera, o derramar el vino. Si abres un paraguas bajo techo recibirás algunas miradas recriminatorias, mejor que se te pudra el paraguas empapado, antes que se seque pero te arriesgues a las calamidades. Y si toca que sea martes y 13, no te libras, pero de ningún modo, ya no sólo si te embarcas o te casas. Y ya que hablamos de bodas, éstas son un campo de cultivo de supersticiones magnífico, de forma que debes realizar toda una serie de pequeños rituales para que no salga mal; esto es un intento de ocultar lo evidente, que es que el matrimonio puede salir mal por muchísimos motivos antes que por que no te tiren arroz (ya no dejan en muchas iglesias, qué desalmados). Pero bueno, que aun así, si se te ocurre pasar a ver a la novia antes de la boda (si eres el novio, claro) porque te apetece darle un pellizco o un achuchón (si se deja), y te pillan, oirás unas voces desaforadas que te echarán con cajas destempladas y te dirán que si estás loco. Ya se sabe que toda novia en sus cabales (aunque si estuviera en sus cabales tal vez se lo pensaría lo de casarse) debe llevar algo nuevo, algo azul y algo viejo. Lo nuevo, es bastante fácil; para lo viejo y lo azul, dejamos volar la imaginación de los lectores. Acerca del novio no se especifica nada, se supone que con que lleve algo limpio y algo planchado se considera suficiente.
Lo de llevar alguna prenda para que dé suerte también se estila en la Nochevieja, donde se ruega encarecidamente llevar algo rojo, lo que hace que se disparen las ventas de calzoncillos y tangas baratos de dicho color; y luego, si se puede enseñar, pues tan ricamente. Sin embargo, en algunos gremios, la ropa amarilla se considera de mal fario; no sabemos que opinan los empleados de correos al respecto, probablemente en el uniforme vaya incluido algún amuleto, como un trébol de cuatro hojas o la manida herradura. O tal vez les recomienden pisar todos los días una caca de pero, que eso dicen que da buena suerte, y además abundan. La última que pisé yo sí que me dio muy buena suerte: pegué un resbalón tremendo y tuve la suerte de no romperme la cabeza, sólo un cardenal en la nalga derecha, y la mano toda pringada del residuo canino.
Pasar un billete de lotería o de los ciegos por una espalda notablemente prominente (otro eufemismo para no decir chepa) también es otro clásico, y si yo fuera el propietario de dicha espalda cobraría por ello, pero no a comisión de los premios, que igual no salía muy bien, sino un fijo por billete restregado. Y lo que me hace mucha gracia es la necesidad que siente mucha gente de tirar monedas a cualquier fuente, charca o receptáculo que contenga agua; siempre tengo la curiosidad de saber quién es el que de verdad tiene la suerte al recoger la pasta.
Yo no soy nada supersticioso, aunque el elefantito de la suerte me hace sospechar, porque desde que lo tengo en mi mesa me ha pasado de todo lo malo que se me ocurra, me han bajado el sueldo, no ligo ni a tiros y pillo todos los semáforos en rojo. Me parece que debe ser un anti-amuleto, pero me da miedo tirarlo a la basura por si toma represalias. Para neutralizarlo empezaré a tocar madera, le pondré perejil a San Pancracio y me arrancaré media docena de pestañas para soplarlas.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El síndrome

Le han puesto mi nombre al síndrome. Supongo que porque soy un tipo destartalado que vive en el vientre de una tinaja rota y saca partido de todo lo que los demás tiran. Sesudos estudiosos de prestigiosas universidades y dilectos funcionarios de todas las escalas de los servicios sociales han venido hasta mi rincón para documentar mi modo de vida. Algunos me hablan con condescendencia, otros permanecen callados tomando innumerables notas en sus cuadernos, y todos parecen querer diseccionar mi cerebro sin bisturí. No les hago bromas, pero siempre me quedo con ganas de decirles que padecen mi enfermedad, sólo que ellos ansían acumular conocimientos en vez de trapos y cartones.

No les cuento la verdad, para que sigan teniendo material de trabajo y puedan intercambiar pareceres y hacer movimientos de cabeza y gestos de concentración. Los cachivaches que apilo son para despistar. En realidad, lo que me gusta acopiar son personas. Desde que descubrí esta herramienta, colecciono amigos.

Empecé por los míos de toda la vida, amigos capaces de recogerte en su casa, de preocuparse por ti y de regalarte los objetos más fascinantes: un libro, un tebeo, un disco, una cerveza, un abrazo. Son un tesoro que nadie en su sano juicio compartiría con un licenciado en ciencias que trabaja en una tesis sobre un viejo que ordena el universo haciendo montones de trastos.

Y luego los que van llegando. Un compañero, un amigo de una amiga de otro amigo de otra amiga, y así hasta el infinito. Cada uno con su historia, con sus alegrías y sus tristezas mimetizadas en palabras y en canciones, con sus satisfacciones, sus sueños, sus deseos, sus pasiones. Algunos se han materializado físicamente ya, transformados por un conjuro mágico de una imagen en la pantalla de un ordenador en seres de carne y hueso. Debo decir que ganan en directo. Para que quede constancia.

Los ordeno por categorías, que cambian constantemente. Hoy ella necesita un verbo que indique acción de amar, él un vocablo que despierte una sonrisa, aquel una frase que le motive, la del fondo a la izquierda un juego de palabras que la distraiga, el alto de la fila central un motivo para reflexionar. Cuando tengo tiempo y ganas, juego a imaginarlos y les escribo un cuento, que nada tiene que ver con ellos y, en consecuencia, todo tiene que ver con ellos. O directamente les escribo. Sin cuentos. Según me pille.

Y mientras me haga feliz este juego, seguiré jugando a ser un griego chalado que escribe insensateces, con la esperanza de que, al menos alguna vez, le alegre a alguien el día, o le ayude a pensar en alguien a quien quiere, o le haga recordar esa noche inolvidable que empezaba a olvidársele, o consiga trasladarle una buena vibración en mitad de un mal momento.

Pero a los de las gafas, qué todos los que investigan llevan gafas, supongo que para tamizar a través de una lente la crudeza de la verdad, no les pienso decir nada. Ellos, que persiguen alcanzar el saber, que nada hay más inalcanzable, me llaman enfermo. Nunca les revelaré que recopilo seres humanos. No es bueno mezclar en la vida lo que es importante con los pasatiempos, por más académicos que sean.

Confío que me guardaréis el secreto. Y no os mováis, que tendré que volver a clasificaros.

lunes, 15 de octubre de 2012

Lluvia

Todos los libros han sido escritos. Todos los árboles plantados. Todos los sueños,  soñados. Llueve melancolía por lo perdido y sólo escampa para que la tristeza por lo que has de perder te enfríe los huesos y poder volver a llover. Al fin y al cabo, esta mala racha pasará para dejar paso a otra peor. Se han callado los pájaros para que el agua cante su canción al chocar contra el suelo. Es una muestra de respeto.

La mujer que plancha frente a mi ventana se asoma para mirar como los charcos bullen con rabia, revancha al estío que ha dejado secas hasta las almas. Y el gato merodeador que se pasea por los tejados contempla con indiferencia desde debajo de un alero como la tierra parece cocerse gota a gota.

Seguro que en algún lugar de la ciudad, una Señora Azul piensa que también la Naturaleza ha tramado un plan contra ella, mientras un vagabundo enjuga sus lágrimas a golpe de tetrabrick, al ver su casa de cartón convertida en pasta.

La luz se ha bañado en ceniza, y un suicida indeciso medita en el Viaducto si hoy es un buen día para morir. En el parque, los niños se ensañan con sus botas de agua, y parecen pescadores enanos perdidos fuera de un barco perdido en el océano enano del Manzanares.

Los mentirosos no pierden la oportunidad de contar que es lluvia reciclada, fruto de las políticas de racionalización del gasto de la Administración, y aprovechan para despedir al conductor del camión que riega las aceras cuando los ciudadanos duermen el sueño de los indolentes, nunca el de los justos.

Solamente una urraca pendenciera recorre, impasible, los parterres, con un infinito desprecio por los paraguas y por los asustados bailarines que se esconden debajo.

Llueve sobre Madrid. Como Hilario Camacho, que sólo estás en medio de tanta lluvia. Ni la Virgen de la Cueva ni las nubes se levantan. Todos los momentos se perderán, viejo Roy, convertidos para ti en lágrimas artificiales que manan de un envase de plástico. Llueve con desdén, llueve sobre mojado, llueve lluvia color desesperanza.

Por eso amo la lluvia, porque nada le importa ser amada. Fiel a su destino, se empecina en tomar por la fuerza de la perseverancia todo lo que es suyo, indiferente a un futuro en el que llegue un sol abrasador obcecado en evaporarla. Porque volverá otra vez, precisamente gracias a quien la convierte en vapor. Empapando a los amantes, a los despechados, a los soberbios, a los olvidados, empapando en paradoja a los meteorólogos y al pastor que miraba los vientres de las nubes para saber si vendría.

Llueve por fin. Llueve por principios. Llueve con o sin rogativas. Llueve sobre Madrid.

viernes, 12 de octubre de 2012

Garbancito

Había una vez un matrimonio compuesto por un parado y una pensionista no contributiva, y por lo tanto muy pobres (no disponían ni de televisión por cable, no digo más ) que no tenían hijos. Un día, mientras la mujer preparaba un puchero, recibió una llamada de los servicios sociales del ayuntamiento. Pasó por Cáritas, donde la dieron un kilo de garbanzos y luego por la junta municipal, donde le dieron en adopción a un niño muy pequeñito. Como no tenía nombre y el encargado del registro civil la metía prisa para rellenar el libro de familia, le puso Garbancito y se quedó más ancha que pancha. El marido, no obstante, la puso de vuelta y media al llegar a casa, porque, con un nombre como ese, el niño no iba a poder participar en Gran Hermano o programas similares al alcanzar la edad necesaria. Aunque luego lo pensó, y precisamente ser diminuto y tener un nombre absurdo podía ser una ventaja a la hora de la selección de los concursantes. Y fuese bisexual, miel sobre hojuelas.

Garbancito era un niño valiente, amable y generoso, motivo por el cual la psicóloga del cole les llamó varias veces, pensando que el niño o bien era un farsante o padecía alguna patología mental. Siempre dispuesto a ayudar a sus padres, el día que su madre le pidió que rebuscase en los contenedores sin candado de un centro comercial y le trajese productos no caducados, salió a la carrera. Bueno, salió escopetado para ayudar a sus padres y para fumarse un porro de paso, que en casa su madre le regañaba si le veía consumiendo drogas psicotrópicas o estupefacientes. Cogió una bolsa reutilizable y por el camino, para que nadie lo pisara (porque casi no se veía en el suelo), iba cantando:
Pachín, pachín, pachín,
mucho cuidado con lo que hacéis.
Pachín, pachín, pachín,
En preferentes no depositéis.

Recogió varios blisters de productos alimenticios y algunas revistas porno del contenedor de reciclaje de papel contiguo, tras dura lucha con un cartonero, y se volvió a su casa muy contento, cantando la misma canción, que cansino era un rato.

Al llegar a su casa, su madre le dijo:

-Mira, Garbancito, ya que veo que te estás haciendo tan mayor, hoy vas a llevarle un mendrugo a tu padre, que está en la cola del Inem.

Garbancito cogió el mendrugo y se fue para las oficinas del paro. Plasta como él sólo, cantando el mismo petardo de canción.

Al llegar al Inem empezó a llover y Garbancito tuvo que meterse debajo de una lechuga putrefacta que algún desaprensivo había tirado en el alcorque de un árbol. Mientras esperaba que escampase, pasó la barredora de los servicios de limpieza y aspiró la lechuga, a Garbancito y varios mojones de perro que adornaban el arbolito.

Sus padres empezaron a preocuparse al llegar la noche. Llamaron a la policía, a los bomberos, al samur, a Paco Lobatón y a la secretaría de estado de relaciones con el Vaticano, sin resultado alguno, así que se pusieron a buscarlo por todas partes gritando:

-¡Garbancito! ¿Dónde estás?

Así estuvieron varias horas, y, como se quedaban afónicos, se bebieron una botella de Anís del Mono para entonar la garganta.

Por fin, junto a las dependencias de los servicios de limpieza, escucharon la respuesta de  Garbancito, desde el interior de la barredora:

-¡En el depósito de la basura, rodeado de materia oscura!

La voz se escuchaba como muy lejana.

Los padres se fueron acercando cada vez más adonde estaba su hijo hasta que al final lo encontraron.

-¿Qué hacemos, ahora?- dijo ella.

- Y a mí que me cuentas - respondió él.

Pero en ese momento le pasaron la manguera al depósito de barredora, y Garbancito salió hecho un asco, lleno de porquería, sin el mendrugo y con las revistas porno en la mano.

Su padre le quitó las indecentes publicaciones (para quedárselas él) y su madre, al verlo  tan guarro, se negó a abrazarle y lo llevó, agarrado de una oreja, a la oficina del defensor del menor, quien ordenó su inmediato ingreso en prisión incomunicada.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.


Si os portáis bien, mañana os cuento el del sistema financiero más sólido del mundo o el de que nunca vamos a pedir un rescate.

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