domingo, 16 de febrero de 2014

CASTELLÓN: RÍOS MIJARES Y PALANCIA

     El interior de la provincia de Castellón está conformado por  la comarca del Maestrazgo, al norte, de la que ya hablé hace algún tiempo, y las sierras del sur, atravesadas por los ríos Mijares y Palancia, que es donde ahora nos centraremos.

     Recorriendo estos valles podremos disfrutar de buenos cañones, bonitos pueblos y algunos manantiales de aguas medicinales, además de zonas de baño bien acondicionadas que están muy concurridas en época estival.

     Podemos empezas por el valle del río Mijares y, concretamente, por el pueblo de Onda, cerquita de la costa y de la ciudad de Castellón. El centro de esta localidad de Conjunto Histórico-Artísitico. Se trata de un casco urbano de casas blancas, encaladas en la ladera del castillo, de calles estrechas y rincones encantadores, como la Plaza del Almudín, llena de carcos ojivales y de medio punto, o el barrio de la Morería.

     En lo alto, el castillo, bien restaurado y con buenos torreones cilíndricos, con magníficas vistas de la montaña, por la que nos adentraremos a partir de ahora.  

     Siguiendo el río Mijares, aguas arriba, llegamos a uno de los platos fuertes de la ruta: Montanejos. Pueblo muy turístico en épocas de buen tiempo, con un interesante casco urbano, en plena sierra, rodeado de altas montañas rocosas e inmensos pinares. Aquí el río, con sus aguas color turquesa, está jalonado de infinidad de piscinas naturales muy apropiadas para el baño, algunas con playa incluida. Destaca la Fuente de los Baños, que vierte al río sus aguas minero-medicinales a 25 grados de temperatura, lo que le hace un lugar de baño muy concurrido incluso cuando no hace calor.

     Continuamos por la carretera y, unos 2 ó 3 kilómetros más arriba, llegamos a un largo túnel que atraviesa una gran mole rocosa. Aparcamos antes de cruzarlo para asomarnos, con mucho cuidado, al impresionante cañón rocoso que aquí forma el río Mijares. Veremos a la izquierda un balcón abierto desde el interior del túnel, al que podremos llegar introduciéndonos a pie en éste.

     Siguiendo la carretera llegamos al embalse de Arenoso, de gran tamaño, rodeado de altos roquedos. Cerca de la presa hay un cartel explicativo de cómo era la zona antes de construirse el embalse, haciendo referencia a los pueblos que quedaron anegados, a sus gentes, sus costumbres y sus fiestas.

     Continuamos bordeando el embalse hasta llegar al cruce en el que sale a mano izquierda la carretera CV-207, que va en dirección a los pueblos de Los Calpes y Fuente la Reina, y acabará en Barracas. Son unos 20 kilómettros de mucha curva, pero que atraviesan una bellísima zona de montaña y pinares, y que nos sirve para pasar del valle del río Mijares al del Palancia.

     Una vez en Barracas, tomamos la autovía que viene de Teruel en dirección a Sagunto, hasta llegar a Viver, siguiente parada en nuestra ruta. Además de darnos una vuelta por el pueblo, conviene hacer un paseíto bajando hacia el río Palancia para ver las Cuevas de Gallen y las preciosas pozas que sirven de piscina natural.

     Desde Viver cogemos la carretera que nos conduce a Bejís, precioso pueblo en un bellísimo entorno de montaña, que nos ofrece la posibilidad de hacer distintas rutas de senderismo, entre ellas la del nacimiento del río Palancia.
    
    Volviendo a Viver, nos acercamos al colindante pueblo de Jérica. La parte alta es muy bonita, con casas blancas y calles estrechas, algunas llenas de tiestos, tomando un cierto aire andaluz. Subiendo, iremos a parar a la Torre de la Alcudia, impresionante torreón mudéjar fortificado, construido sobre lo que fue una antigua mezquita. Y subiendo un poco más, llegamos a un pinar en cuesta atravesado por una escalera de madera, al final de la cual estaremos junto a un torreón, vestigio del castillo que aquí hubo. Desde este lugar las vistas son magníficias: por un lado, todo el pueblo de Jérica y otros de alrededor; y por otro, el extraordinario cañón que forma el río Palancia, con paredones casi verticales de más de 200 metros de altura.
   
     Siguiendo hacia Sagunto el siguiente pueblo es Navajas, donde haremos parada para bajar al río Palancia y contemplar la hermosa "Cascada de los Enamorados" que, aún con poco caudal, se descuelga en caida libre sobre unas bonitas pozas donde la gente se baña, y que sirve de punto de partida de una bonita ruta de senderismo por el precioso cañón rocoso que aquí se forma.

    
     Al llegar a la localidad de Altura, tomaremos la carretera que nos lleva al Santuario de Nuestra Señora de la Cueva Santa, de gran devoción en la comarca. Se trata de una cueva de grandes dimensiones que alberga una tabla de piedra con un relieve de la Virgen. Junto al Santuario hay una especie de Vía Crucis con distintas estaciones formadas por columnas, murales policromados y pequeña techumbre de teja, que representan distintos momentos de la vida de Cristo. Muy bonito y poco común.
   
     Llegamos ahora a Segorbe, el pueblo más grande de la zona. Dando un paseo por el centro veremos su bonito ayuntamiento y su catedral. Cuenta también con un bien conservado acueducto medieval con arcos apuntados, y una magnífica muralla, al pie de la que subiremos, adentrándonos en el pinar hasta llegar a la cima del cerro en el que se encuentran los restos del castillo. Desde aquí tenemos extraordinarias panorámicas de Segorbe y de toda la comarca.

     Continuamos ahora hasta Sagunto, ya en la provincia de Valencia, ciudad dividida en dos:  Puerto de Sagunto, en la costa, donde está el puerto y toda la actividad comercial que conlleva; y el propio pueblo de Sagunto, unos 4 kilómetros tierra adentro, que es en el que nos centramos.

     En primer lugar debemos darnos una vuelta por el barrio judío, con su típico trazado medieval. Subiendo hacia el castillo llegamos al monumento que más fama da a Sagunto: el Teatro Romano. Aunque muy retocado, bien merece una visita, por su grandísimo graderío y su espectacular escenario, además de poder recorrer sus entrañas por los túneles que dan acceso a los vomitorios.

     Subiendo un poco más llegamos a la fortaleza, impresionante recinto fortificado de un kilómetro de largo, que ocupa toda la cima de la meseta. Hay tramos de muralla que se pueden recorrer por el adarve, y también veremos los tres castillos que hay en su interior, uno en cada extremo y otro más en el centro, además de un pequeño museo arqueológico.
    
     Ni que decir tiene que las vistas desde aquí son extraordinarias. Hacia poniente, las sierras del interior de Castellón, de las que veníamos; debajo nuestro, el Teatro Romano y todo Sagunto; y hacia el Este, el Puerto de Sagunto y el Mediterráneo, y la inmensidad del litoral hacia el norte, prácticamente hasta Castellón, y hacia el sur, prácticamente hasta Valencia, ciudades equidistantes desde aquí.

     Y qué mejor manera de terminar nuestra ruta que dando un paseo junto al mar, por las inmediaciones de la desembocadura del río Palancia, que nos abrá acompañado de esta manera desde su nacimiento hasta su confluencia con el Mediterráneo.

    Saludos.

                                                                       EL RURAL

viernes, 14 de febrero de 2014

La fiesta arterial

Francisco estaba tomando la penúltima copa de vino tinto y aunque el borgoña y su sangre eran viejos conocidos, decidieron ese día hacer una gran fiesta; los glóbulos rojos recibieron alborozados la noticia y comenzaron a cantar. El jefe de todos ellos dirigía la batuta y trataba en vano que las voces afinasen a coro, el más chiquito, bastante inexperto en el arte de empinar el codo, alzaba su voz desafinada a niveles insospechados.
Uno de los glóbulos rojos con una copa de vino en la mano y sin derramar una sola gota, bailaba moviendo sus pies lustrando el piso de la arteria; los más flacos ensayaban alocadas piruetas arrancando el aplauso de la nutrida concurrencia. Mientras esto ocurría, los glóbulos blancos muy preocupados vigilaban atentos el lugar, advirtiendo sobre las terribles consecuencias que podrían suceder.
El sueño jugueteaba en sus pupilas y cansado por el devenir de las copas, Francisco detuvo la ingesta vinícola para dar paso a un humeante café doble que irrumpió altanero en el torrente sanguíneo, dejando perplejos a los glóbulos rojos y por demás satisfechos a los glóbulos blancos.
La negra infusión clausuró la fiesta y como por arte de magia las copas desaparecieron, los pocillos comenzaron a reinar con hirvientes carcajadas y los bailarines enmudecieron sus pasos, al compás de la semi amarga bebida. La mezcla etílica con café llegó a los riñones y de ahí su ruta fue inexorable. Francisco salió del maloliente baño sin saber que salía y llegó a destino, sin saber dónde estaba ni que había sido de él, en los últimos sin cuenta años.


Alberto Chara

jueves, 13 de febrero de 2014

El andamio

Sólo una vez  he  transgredido  la norma que yo misma me impuse ¿Sólo esa vez?
Cuando Luis se fue no me permití ninguna debilidad. Nada de tristezas. Sólo el rencor tuvo cabida en mi mente. Ocupé todas mis horas con las actividades más variadas. Llegaba a casa  rendida y me dormía de inmediato, sin pensar. Cuidaba mi aspecto con empeño. Si alguien me decía – chica, estás cada día más guapa, te ha sentado bien la separación- yo sonreía encantada y contestaba que sí, que estaba muy bien así. La gente me encuentra mejor, me decía, porque estoy mejor ¡Qué bien se vive sin esperar nada de nadie!, sola.  Y sin embargo hoy…
Salgo de la ducha y voy al dormitorio envuelta en la toalla, la dejo caer  y me observo en el espejo; detrás de mí, la ventana llena de sol. Debería sentirme satisfecha, mi cuerpo aguanta muy bien, la gimnasia ha logrado endurecer, alisar y mantener. Sin embargo estoy triste, mis defensas se derrumban, hago caso omiso al férreo plan –nunca desfallecer- y doy en pensar que es una pena que nadie vea ni disfrute este cuerpo casi perfecto.  -¿Es que lo domas y lo esculpes sólo para ti?- Estoy pillada, no doy con argumentos que rebatan esta maliciosa pregunta. Debe ser la primavera, razono angustiad. Pero algo irrumpe en el espejo, son las piernas de un hombre que no sé de dónde salen. Me vuelvo asustada y  trato de taparme con la toalla. Es una plataforma que baja de los pisos altos. Ahora ya no son unas piernas sino un hombre entero que, detenido frente al cristal de mi ventana  hace algo en la fachada. Voy a bajar la  persiana y…lo pienso mejor. -¿No te quejabas de que nadie podía ver lo rotundo de tus caderas, la delicada línea de la cintura? , pues no seas mojigata, ahí tienes un albañil bajado del cielo, es como una respuesta a tu queja,  tonta serás si lo desaprovechas-  Ha sido suficiente ese instante de vacilación para que el oportuno visitante cese en su actividad manual y se dedique, ojos y boca bien abiertos, a observarme con avaricia. Así que abandono la toalla y pregunto al muchacho que qué mira
–Perdone, contesta el chico confuso.
–Qué pasa, ¿es que no te gusto?
–¡Caray, señorita, está usted buenísima!
–Pues entonces pasa, que entra frío.
El chico vacila, quizás piensa que le tomo el pelo.
–Venga, no pierdas tiempo.
 Y  pasó. Bueno… ¿Quién no se ha saltado la norma alguna vez?


Max

Desahogo compartido

Se conocieron por casualidad en un bar de copas de esos donde todos los gatos son pardos y las chicas princesas. Les presentó un amigo común. Él supo que habían conectado en cuanto dijo una tontería, la típica broma neutral, y ella mostró un coro de dientes perfectos con carcajada en do menor.
Los granos apenas habían desaparecido de sus caras, aunque ya tenían carné de conducir y tarjeta con números rojos a fin de mes.
Unas cervezas ablandaron las palabras, los gestos perdieron la vergüenza y las manos buscando caricias encontraron besos con lengua.
El pensó que sus labios eran carnosos y comestibles, olía a champú de cielo abierto, y una peca solitaria flotaba como una isla con tesoro en su cara de nácar… Ella no pensó nada y se dejó llevar.
Resbalar por su orilla y alcanzar su ladera. Ansia incontenida. La copa a medias y veinte minutos después de la media noche un taxi en la puerta para llegar a un hotel de esos que viven de espaldas a la ciudad y no hacen preguntas. Subir a empujones por una escalera con el eco de risas vacías de contenido. La llave que cae, el pomo que tiembla. Traspasar el umbral y barra libre de salivas antes de arrancarse la ropa interior. Valles y mesetas en perfecta armonía, un borrón de alientos y gemidos sobre una cama extraña. Respiraciones agitadas, prisas por llegar al fondo, deseos desatados, espasmos febriles, fusión nuclear y un destelló de luz celestial como el de una bengala que se va consumiendo mientras cae al suelo con un cartel de “The End”.
Olor a pólvora quemada y de nuevo vuelven a ser dos desconocidos.
Función sin aplausos, ni bravos, ni champán con el que brindar. Una ducha y dormir junto aun trozo de carne del que no recuerdas ni el nombre, caliente por fuera y frío por dentro como un filete congelado a medio freír.
Y a la mañana siguiente se abrazan a ese cuerpo y vuelven a recorrer sus lindes a millones de kilómetros, más por las formas que por las ganas. Recogen la ropa diseminada por la pasión pretérita y con una mueca forzada esbozan un adiós de plástico.
Sólo queda hacer una muesca más en la culata del revólver y contar la hazaña en twitter.


José Luis García Solana

miércoles, 12 de febrero de 2014

Espera

Lo primero en marcharse fue tu nombre, el par de aros que te compré en la feria, el pelo rojizo que no te atabas ni te peinabas. El verano acabó y como a una señal acordada a mis espaldas todo lo demás, todo aquello entre lo que yo te buscaba, empezó a despedirse.
Se fueron los turistas, llevándose sus souvenirs. Se fueron los rayos del sol y le dejaron lugar a las nubes. Se fueron los niños con sus madres.
Discurrí en silencio por el hotel y presencié como los empleados cerraban un ala entera para no tener que limpiarla, corrían las cortinas, cubrían los muebles, luego se marcharon. Se fueron también las gaviotas a otras playas, se fueron los días urgidos por las noches, las luciérnagas se apagaron.
Esperando que vuelvas veo lo demás irse. Cuando lo hagas, cuando regreses, no te será difícil encontrarme. Estaré en medio del espacio que abandona todo lo demás.
Se fueron las canciones que ya nadie cantaba, se fue el olor a eucalipto pero no se adónde.
Me siento en la puerta del hotel a ver la procesión de cosas que se van por el camino. Sale el conserje y me mira satisfecho, soy su único pasajero. Los demás se han ido.
 – ¿Qué va a hacer ahora que el pueblo se clausura y todo se detiene?- me pregunta y sus palabras se elevan en el aire antes de ser succionadas hacia el lugar donde todo se va.
-Qué voy a hacer... nada.
Me sonríe amable antes de irse él también.
-No haga nada, pues.
Se fue la luna blanca a inspirar mareas lejanas, se fue hasta el último perro, el único que se despidió cortes al pasar frente a mí.
Ya no espero, empacaron los verbos también. Soy una palabra solitaria en un renglón vacío.
Espera.
Se va el mar, se lleva tus huellas en la arena.


Diego Marcalain  

martes, 11 de febrero de 2014

Alerta roja

Mientras el señor F observaba la palanca empotrada en la pared, roja y tentadora, del sistema de alarma contra incendio que instruía a los usuarios de la biblioteca, en alemán y mandarín, sobre cómo operarla en caso de emergencia, pensó –ahora tenía la palanca en la mano- que si en ese instante sufría el infarto cuya inminencia venía previendo de unos días hacia acá, lo más seguro era que caería con la palanca en la mano, apretada en el último estertor, con el último aliento, lo cual desataría un operativo descomunal tendiente a proteger los cientos de miles de volúmenes de la biblioteca. Algunos de los usuarios presentes morirían víctimas del operativo, lo cual carecía de importancia frente a la posibilidad de algún libro quemado.
Entonces decidió masticar la pastilla que su cardiólogo le había recetado.
Tan pronto terminó de deglutir el medicamento, miró en derredor y esperó el momento en que alguno de los presentes se le acercara para agradecer su gesto bondadoso, pero nadie se fijó en él: las lecturas, los lectores, los libros, las revistas, los pasos tímidos sobre el mármol de la sabiduría, siguieron su curso indiferente. Nada.
En la normalidad siguiente se ve al señor F dirigirse a los sanitarios dispuesto a vomitar la pastilla.


Amílcar Bernal Calderón 

Sin título

Ha sido ahora, al poder imprimir los recuerdos, cuando por fin se ha podido conocer la realidad verdadera. Antes de los recuerdos ya podían materializarse en papel las imágenes que aparecían en los sueños aunque, sabiéndose el carácter usualmente fantástico y descontrolado de estos, las imágenes resultaban menos interesantes, ya que soñarse podía soñarse cualquier cosa, incluso sin querer, aunque la invención también depediera de nosotras mismas las personas, pero los recuerdos, verlos sí que era maravilloso, eran tan diferentes de lo que se había visto que por fin se pudo saber cómo el mundo era.
Por cierto que existe el recuerdo del mundo en su conjunto. Tiene forma de coma.


Condesmesura
Licencia Creative Commons
La siguiente la pago yo por Rick, Diógenes de Sinope y Albert se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.