sábado, 11 de enero de 2020

Los pasos líquidos

Aquella mañana se produjeron dos sucesos en apariencia inexplicables. Apareció un muerto en Santa Katarina, y yo amanecí en la cama de una mujer con la que jamás hubiera ni siquiera soñado. Lo de Santa Katarina podría haber sido considerado como algo normal teniendo en cuenta que es un cementerio, lo extraño era que el occiso no estaba bajo tierra, sino medio escondido junto a la base de un castaño y con las manos y los pies atados con una gran cinta naranja.
     Más sorprendente me resultaba haber pasado la noche con aquella dama, probando la resistencia de cada palmo de su colchón, que era tan grande como una pista de tenis, en su apartamento, de tamaño proporcional al del colchón. Y no parecía un error o un malentendido, porque se dirigió a mí por mi nombre cuando despertamos, y con su sonrisa más franca, descolgada de los ojos medio pegados por el sueño.
     La había conocido la noche antes, mientras tomaba una copa. Ella, porque yo era el camarero. Todo era especial; hasta lo que bebía, un cóctel cuya elaboración tuve que consultar porque nadie me había pedido nunca. Pero lo más llamativo era que cuando se movía parecía desplazarse sin pisar el suelo, flotando, como si fuera incorpórea. Y no lo era, eso lo pude corroborar después. Me dijo que se encaprichó de mi mirada, y que sus impulsos solían conducirla en la dirección adecuada, y yo bendije en mi interior los ojos que mi madre me legó. Al día siguiente regresó al bar, hacia las 6 de la tarde, pero en lugar de pedirme el cóctel me dijo que me esperaba a las 9 y me dio un papel. Lo desdoblé mientras la veía marcharse con ese andar casi líquido. La nota contenía una dirección. Estuve un rato sirviendo copas algo aturdido, pues no tenía claro qué querría de mí aquella mujer que irradiaba tal esplendor. Al cabo de una hora hablé con el encargado del bar y le dije que necesitaba irme porque tenía una emergencia familiar. Tuve que aguantar una reprimenda, comprensible, porque le dejaba el local bajo mínimos de personal, pero se tragó el embuste. Cuando me vi en la calle el frío me golpeó el rostro, y entonces comencé a preguntarme qué estaba haciendo. Aunque ya era abril, la temperatura en Estocolmo aún era baja, pero a pesar de ello decidí caminar. La dirección que la misteriosa desconocida me había dejado estaba a una hora a pie de mi bar, en la isla de Södermalm. Conocía el barrio porque tenía mucha vida nocturna, y tiempo atrás había trabajado por allí en un par de establecimientos.
     Llegué un cuarto de hora antes de lo que me había dicho, y aunque no estaba seguro de a lo que iba, llamé a la puerta, sin obtener contestación. Estuve a punto de largarme, pensando que todo había sido una broma o una ilusión, pero cuando faltaban 5 minutos para las 9 apareció por la esquina. Abrió el portal y subimos al segundo piso. Lo que pasó después ya lo he resumido, pero podría estar relatándolo toda una vida. La delicadeza que empleaba en sus movimientos comunes se transformó en una descarga de energía casi violenta en la cama. Y yo, una vez vencida la sorpresa, respondí a su iniciativa como la ocasión requería.
     Se llamaba Lisa, y me contó que era directora de una empresa de cazatalentos que tenía clientes por toda Suecia. Yo no le pregunté por qué me había elegido para pasar la noche, me conformé con la excusa de la mirada, y mi vanidad quiso creerse que aquello era suficiente. Fue ella la que me explicó que había sufrido la traición de un hombre al que amaba y en quien confiaba; el daño había sido muy intenso, y necesitaba entregarse a alguien sin ningún compromiso, de forma primaria. Y yo había sido el agraciado, pensé.
     No me importó saberme un instrumento de consuelo, aunque hubiera sido casi por casualidad. Aún me costaba creerlo, pero iba a disfrutar todo lo que diese de sí. Después de ducharme me arrastró de nuevo a la cama y volvimos a emplearnos a fondo en no dejar ni un centímetro de piel sin recorrer. Quedamos exhaustos sobre las sábanas de seda, y el sueño que sigue a la descarga del placer me capturó.
     Al despertar no la encontré a mi lado, y tampoco en ningún lugar del apartamento. Supuse que habría bajado a por algo para desayunar, pues en la cocina no había nada, y volví a la ducha. Mientras me secaba puse la radio, y escuché la noticia del asesinato en Santa Katarina, que estaba a apenas 200 metros de allí. La policía sospechaba que se trataba de un crimen pasional, probablemente de un hombre celoso al que ya se estaba buscando. Entonces escuché el timbre. Fui con la toalla puesta a abrir la puerta a Lisa, pero en lugar de ella encontré frente a mí a cuatro agentes.
     Todo lo que siguió lo viví como una ensoñación más, pero volvía a ser real. Habían recibido una llamada anónima que decía que en esa dirección se encontraba quien podía ser el asesino de Santa Katarina. De nada sirvió que les hablase de Lisa, que no volvió a aparecer y a quien nadie conocía. El piso estaba alquilado a nombre del muerto, el crimen se había cometido la tarde anterior, hacia las 8, y en mi bar corroboraron que me había marchado de allí un rato antes. Justo cuando me estaban esposando, uno de los policías encontró en un armario un rollo de cinta naranja, la misma con la que habían atado al hombre asesinado.

miércoles, 8 de enero de 2020

Una conversación descarnada. Infortunios de ayer y hoy, que condenan al mañana a más infortunios. Repertorios de injurias y retahílas de abandonos. Lamentos y aflicciones. Y promesas de no sufrir más, suscripciones en oferta a pensamientos positivos y tratados enteros sobre el renacimiento y la paz espiritual.

Pero el periplo, la odisea sin Ítaca al final, es el viaje a través de tu miradas. Las palabras convertidas en silencios, acalladas por fuerte que se pronuncien, porque tus ojos arden, se congelan, dudan, se llenan de lágrimas saladas o se vacían de contenido. Se visten de gala o se muestran harapientos. Desafían para implorar un instante después. Silencian las bocas, anudan las manos. Acometen y huyen, bailan, se quedan inmóviles en su agitación.
Y yo sólo escucho a tus ojos. Que fascinan, que aturden, que asustan, que deprimen, que entusiasman.

No dejes de mirarme.

domingo, 5 de enero de 2020

Sata...qué?

Otra noche más bailando con el diablo a luz de la luna. Y el muy cabrón pretende darme consejos. Me ha salido otra vez con eso de que no soy lo suficientemente fuerte para resistir la tormenta. Le he mirado a los ojos y le he sonreído con mi boca rota. Se ha sonrojado. Y se ha justificado dicendo que olvidaba que la tormenta era yo.

Le he cogido por las solapas. Puedo perdonar la maldad, pero la estupidez no. Le he acercado mi fea cara a su fea cara y le he susurrado:
- Tú serás el Príncipe de la Tinieblas y el Señor del Mal. Pero te falta valor para enfrentarte al demonio que habita en mí. Y si derroto cada día a ese diablo oscuro y profundo...tú me pareces una virgen vestal. Quires bailar una balada conmigo?

Se ha ido con el rabo entre los cuernos, sin atreverse a mirar atrás.

Y yo he bailado con mi maldad, pisándole los pies adrede.

sábado, 28 de diciembre de 2019


Navidad en Madrid.

La gente camina igual que conduce. Con impaciencia y sin respeto. Entorpecen a media humanidad para hacerse un selfie. Gritan como piratas abordando un galeón. Utilizan como arietes los carros de los niños, con niño dentro en muchas ocasiones, y con gran pericia las bolsas de El Corte Inglés, a manera de mazas de guerra, castigando las piernas de los otros transeutes sin piedad.

Se esmeran por colarse en la primera fila que ven, hasta sin saber que hay al final de la cola. Si el tramo de acera en que se encuentran está atestado, con sutil perfidia se marcan un don Tancredo, convirtiéndose en un obstáculo insalvable, mientras disimulan escribiendo un mensaje en el móvil.

Te atropellan para llamar a un taxi y, en los lugares más visitados, metamorfosean en un híbrido de rebaño de ovejas modorras, una estampida de búfalos o una manifestación de estibadores portuarios, con sentada reivindicativa incluida.

Si utilizan un transporte colectivo, decapitan a cualquiera que les dispute el sitio y se colocan estratégicamente de forma que impidan a otros usuarios subir o bajar.

No me extiendo más, que soy un plomo. Un par de cositas más, por rematar: esta especie se dirige necesariamente a la extinción y me cago en el espíritu navideño.

Feliz Navidad...mis cojones treinta y tres!!!

viernes, 27 de diciembre de 2019

Lo que queda

Siempre que recorro el viaducto me viene a la memoria la historia que cuenta mi madre del panadero al que un suicida dio matarile al arrojarse al vacío, con la buena suerte para el insensato de caer sobre la cesta de la hogazas y la mala suerte para el tahonero de ser el soporte de la banasta. La vida es tener suerte, unas veces buena y otras mala, me parece.

Vengo de cenar con mis amigos. Mis amigos de siempre, los que llevan siendo mis amigos casi desde que tengo memoria. Gente de bien, con la excepción del que suscribe. Amigos de tasca, amigos de fútbol, amigos de novias, amigos de hospital y cruzando las líneas del tiempo, hasta de tanatorio. Que uno sabe como empiezan las amistades, pero las amistades se emperejilan en sobrevivir a la risa y en hacer madre con el dolor.

Cruzo la Plaza de Oriente. Territorio conocido. Muchas tardes de plantón y un buen puñado de atardeceres con la mirada perdida en la Casa de Campo. Una pareja de novios se besa frente al Palacio, que custodia una pareja de Guardias Civiles con cara de sueño y pocas ganas de beso. El Teatro Real en silencio, con el fantasma de Rossini encaramado a la cubierta del Teatro. La estatua de Fruela, rey, y estirpe de mi padre, mira con desdén el ridículo árbol anglosajón de alambres y borra que hace de la Navidad otro esperpento. La campana de la Almudena me da la una, y me recuerda que el tiempo pasa, tempus fugit, y es prudencia recogerse.

Y me bailan en la cabeza unas palabras sobre como ni la vejez ni el deterioro te pueden arrancar los momentos vividos con tus compañeros, los hetairoi de Alejandro, aquellos con los que has conquistado los instantes hasta que no quedan minutos que conquistar. Y no lloro por ello como el macedonio
. Me sonrío. Sé que la única manera de vencer al tiempo es vivir. Y vivo con ellos.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Tercer Premio del VI Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo”


EL ASUNTO SE COMPLICA

Abro los ojos. Durante un tiempo no reconozco dónde me encuentro. Me duele la cabeza, siento nauseas, intento incorporarme y estoy a punto de vomitar.
Bebí demasiado ayer, cierro de nuevo los ojos y todo empieza a girar; me levanto apresuradamente, a punto de echar la pota y salgo corriendo buscando un baño; por el pasillo recuerdo dónde estoy, es la casa de Tomás. “¿Qué hago yo aquí?”, no recuerdo nada. Llego a la taza del váter, me arrodillo ante ella, me meto los dedos y comienzo a echar un montón de porquería con olor a alcohol y a comida fermentada, me produce tanto asco que sigo vomitando hasta que no me queda nada más que el aumento insoportable de mi dolor de cabeza; me golpean los pulsos en las sienes, estoy a punto de reventar.
Como puedo me acerco de nuevo a la habitación de la que salí, al entrar veo a Tomás, desnudo en la cama, justo al lado del hueco que he ocupado yo. Es su dormitorio.
Sólo entonces soy consciente de que yo también estoy desnudo. Me quedo aturdido y confuso, y ese es el momento que eligen mis recuerdos para empezar a asomarse atropelladamente, mezclándose, surgiendo y huyendo antes de que los pueda digerir.
Veo su cuerpo, mi cuerpo, rozándonos, revolcándonos, siento olores, tactos, alientos, besos, caricias y me entra una angustia tan grande que echo a correr nuevamente al baño, me meto en la ducha y le doy con fuerza al mando del agua fría.
Estoy a punto de gritar al sentir el chorro helado en mi piel pero, primero con pequeños estremecimientos y luego con fuerza, comienzo a llorar. Me siento derrumbado en el suelo de la bañera “¿qué he hecho?, ¿qué ha pasado?”. El agua sigue cayendo sobre mí, helándome, pero yo solo pienso en Rosalía, recuerdo su piel tibia, dulce, como de seda, su cara mirándome con amor, sus labios húmedos, rosados y suaves besándome “¿qué he hecho? Solo eres tú a quien amo, solo te amo a ti, lo juro, solo te amo a ti”, me repito una y otra vez entre susurros mientras mis lágrimas, calientes, saladas, se mezclan con los gélidos alfileres de la lluvia que cae sobre mí, y yo recibo ese helado castigo como una expiación merecida, como una condena por mi engaño, por mi cobardía, por mi traición.
Me doy asco, me avergüenzo, ya no sé ni quien, ni cómo soy.
Hoy es la mañana de mi boda, apenas me quedan tres horas para arreglarme y partir al ayuntamiento, allí me esperan mis padres, mis futuros suegros, mis amigos, me esperará Tomás, me esperará Rosalía, y, sobre todo, en el altar, me esperará Sara.
Sí, hoy me caso con ella.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Segundo Premio del VI Concurso de relatos hiperbreves ma non troppo “La siguiente la pago yo”


PROMESA CUMPLIDA

Un oscuro callejón con olor a meado y a vómito de borracho me llevó hasta un destartalado portal. Llamé a gritos, no había timbre. Al rato, una mujer se asomó por entre los barrotes de una vieja escalera.
    —¡Buenos días, señora, busco a doña Francisca Sánchez! —le grité.
—No hace falta que chille, leche, que no estoy sorda. ¿Y para qué coña me busca usted?
Me presenté. Andrés, voluntario en una ONG que asiste a enfermos terminales, y que antes de morir victima del sida, le prometió a su hija Ana Mari, que cumpliría su último deseo: procurarle un poco de paz a su madre los últimos años de su mísera vida.
     —Pobrecilla, que disgusto —dijo sin ningún sentimiento.
    —Su hija me dijo que lo que usted más necesita es vivir tranquila, sola —le dije.
    —Y que lo diga usted, joven, que el Pepe, el padre de la Ana Mari, me viene borracho todas las noches. ¡Y la que lía! Y mi hijo, el Rafita, vaya alhaja, madre mía, entrando y saliendo del psiquiátrico con la misma frecuencia que entra y sale su padre del bar, que los médicos no hacen más que atiborrarle a pastillas, para nada, porque cada dos por tres le da el siroco y arrasa con todo —. Y cambiando de tema me dijo—, pero suba usted y pase para dentro, que me he dejado las lentejas en la lumbre y se me van a quemar.
El piso olía a meado, a vómito y a lentejas socarradas. Desde la cocina escuché al tal Rafa vociferando obscenidades y al padre, con voz estropajosa, insultándole y mandándole callar.
Convencí a doña Paca para dar un paseo. Caminamos por callejuelas sucias y oscuras. La mujer se encontró con algunas vecinas y yo, con la excusa de ir a comprar tabaco, volví al piso. La puerta estaba abierta y habían cesado los gritos. Saqué una navaja. Sobre una cama revuelta, el Pepe roncaba como un gorrino. Le apuñalé en pleno corazón. El Rafita ni siquiera me oyó entrar en su habitación. Le clave la navaja en el pecho. Alcé los cuerpos, los arrastré hasta la ventana y los empujé sobre el montón de basura que se acumulaba en el descampado detrás del bloque. Jamás he visto ratas como las que allí se revolcaban.
    —Ay, doña Paquita, no se lo va a creer —le dije más tarde, ya de vuelta a casa—. Antes, me encontré con los del psiquiátrico, que se han llevado al Rafita, que van a probar un nuevo tratamiento en una clínica del extranjero y que me han dicho que mejor que no se comunique con él en un tiempo, unos dos o tres años. ¡Ah! Y de paso se han llevado a Pepe, que también tienen cura para alcohólicos…
— ¡Que cosa tan rara…!, y luego dicen que la Sanidad va mal en este país. 
— Y ahora se echa usted un rato, que, mientras, yo le pongo en lejía las sábanas, que están ya muy rozadas.

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